Viajeros comprimidos

31 / 10 / 2017 Vicente Molina Foix
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Este libro de Martín Casariego podría ser de Borges, entre otras razones por lo comprimido de sus semblanzas. 

Martín Casariego. Foto: Getty

Con las suelas al viento (La línea del horizonte, 2017), que lleva un subtítulo también tangencialmente borgiano, Viajeros, eruditos y aventureros, se compone de cincuenta textos breves que, como explica el autor en su introducción, fueron publicándose mensualmente entre 2004 y 2007 en la revista de una compañía aérea española; el título evoca al “hombre de las suelas de viento”, que es como Verlaine se refirió a Rimbaud, su joven y borrascoso amante antes de dejarle para hacerse viajero y traficante, pero no erudito. 

El libro de Casariego es una delicia, como toda caja de sorpresas literarias. El segundo perfil ya nos atrapa por su rareza: Egeria, una española, galaico-leonesa, del siglo IV, que no solo viajó por Oriente y los Santos Lugares sino que escribió su Peregrinación o itinerario. Ávida de descubrimientos y escéptica, Egeria cuenta que un guía la llevó a un lugar donde, aseguraba el hombre, aún permanecía transformada en sal la curiosa mujer de Lot, y esto es lo que dice: “Cuando inspeccionamos el paraje, no vimos la estatua de sal por ninguna parte, para qué vamos a engañarnos”. Es enigmático el capítulo sobre uno de los fundadores de la orden franciscana, famoso por la cepa que llevó de regalo a un emperador mongol y al cabo de los siglos dio su nombre, Fra Giovanni, a un vino italiano. Y muy divertidas las peripecias de Ibn Battuta de Tánger, “viajero del Islam” no siempre piadoso; el autor saca de la memoria biográfica de Battuta un episodio en las Maldivas, renombradas por el “vigor sexual” de sus habitantes, atribuido a su dieta de miel, pescado y leche de coco, que el tangerino debió de comer sin parar, pues durante su estancia tuvo seis esposas “a las que satisfacía por turno”. 

Algo muy llamativo en Con las suelas al viento es la relativa abundancia de mujeres viajeras, a veces solitarias, en tiempos en que hacerlo era arriesgado hasta para los varones más hirsutos. Casariego traza impresiones muy vivas de siete de ellas, entre las que destaca la de Lady Mary Montagu, que en el siglo XVIII se escapó de su padre, el duque de Kingston, y casó con un diplomático británico, embajador en el imperio otomano. Ese país sedujo a Lady Mary, quien, en los descansos de su labor filantrópica combatiendo la viruela, visitó todo lo visitable y más, dejando testimonio en unas cartas que son obra maestra del género epistolar y de costumbres, y de las que hay edición reciente, Cartas desde Estambul, en La línea del horizonte. 

No sabemos si Casariego ha estado en los lugares, a veces muy remotos, que figuran en sus páginas, o pertenece a otra noble tradición literaria, la del viajero en casa. El novelista que es acierta a plasmar y sintetizar, por ejemplo, la vida del geógrafo victoriano John Speke, controvertido descubridor de las fuentes del Nilo a quien otro descollante viajero del libro, Sir Richard Burton, negó y desafió, llevándole a la muerte en circunstancias de rivalidad y terror que tienen el aroma de las ficciones borgianas.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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