La criatura de Bowles

11 / 09 / 2013 13:14 Vicente Molina Foix
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Mohamed Chukri tuvo que arrastrar la carga gloriosa de ser el mayor novelista contemporáneo de Marruecos.

Mohamed Chukri sufrió destinos contradictorios; primero fue la sospechosa criatura literaria de Paul Bowles, y luego tuvo que arrastrar la abrumadora carga gloriosa de ser el mayor novelista contemporáneo de Marruecos, donde sus libros estaban prohibidos (en otros países islámicos su reputación era peor: el Irán de Jomeini, por ejemplo, le condenó a muerte in absentia).

Este año se celebran los cuarenta años de la publicación de su libro de referencia internacional, Le pain nu (El pan desnudo), que la editorial Cabaret Voltaire ha reditado dándole un nuevo título más fiel, sugerido por Juan Goytisolo, El pan a secas. Y en su propio país, donde pasó de ser un marginado a una gloria nacional, el décimo aniversario de su muerte está siendo conmemorado con rediciones y largas páginas de evocación y estudio, como las que le dedica en su último número la excelente revista de información general Tel Quel.

Chukri nació como un escritor sin lengua. Cuando en 1973 apareció su primera obra, El pan a secas, lo hizo en inglés (For Bread Alone), traducida o tal vez recreada por Paul Bowles a partir de los relatos orales que Chukri le iba haciendo en castellano en los cafetines de Tánger. La gran repercusión de este extraordinario relato de iniciación y mala vida se alcanzó sin embargo con su edición francesa, de nuevo un proceso de colaboración y reescritura llevado a cabo por su compatriota y segundo mentor Tajar Ben Jelloun, que traducía las cuatro o cinco páginas que Chukri, transformando el inglés de Bowles en árabe clásico. Escribía a diario, siempre por la mañana; “por la noche estaba borracho”. 

Chukri fue autor de más de una docena de libros (entre ellos el excelente Tiempo de errores, que aquí publicó Debate), y en la mayoría refleja con perfiles autobiográficos un difícil itinerario vital, lleno de excesos alcohólicos y promiscuidad sexual. Tremendista y, cuando quiere serlo, delicadamente lírico, el mundo que late en sus páginas es, claro está, el que los guardianes de la moral y la hipocresía política menos quieren ver reflejado. Pese a las prohibiciones de su obra, cuando el escritor, originario del Rif pero tangerino de vocación, enfermó gravemente, sus gastos hospitalarios fueron costeados por el nuevo rey Mohamed VI, y su funeral, en noviembre de 2003, adquirió el rango de un duelo oficial.

La misma editorial que reeditó El pan a secas, Cabaret Voltaire, ha sacado en los últimos meses dos libros suyos muy recomendables y complementarios a la lectura de su narrativa. Se trata de Jean Genet en Tánger y el que para mí tiene más interés, Paul Bowles, el recluso de Tánger, un ajuste de cuentas con su descubridor, a quien pinta, admirándole artísticamente, como un tacaño que se aprovechaba de sus propias ganancias y como alguien que, pese a su amor por Marruecos, nunca comprendió ni tuvo la menor sintonía con los habitantes del país en el que pasó la mayor parte de su vida. Aparte del propio Bowles y su mujer Jane, el libro de Chukri, desordenado como a veces es su escritura, incluye retratos estupendos de otros personajes conocidos, destacando el de William Burroughs, que “vivía en Tánger como uno de esos personajes de western que llega a una ciudad en la que es forastero”.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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