Los emigrados

16 / 05 / 2013 10:58 Ricardo Menéndez Salmón
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Perderse en la Tierra es desasosegante, pero vagar en el espacio sin posibilidad de regreso es una pesadilla insuperable.

Nací en 1971, el año en que Bowie se preguntaba con ironía si había vida en Marte, y como muchos niños de aquella España de la Transición no crecí ajeno a las viejas películas americanas de serie B que alimentaron otra época, la de mis padres, pero que la televisión pública reponía en mi infancia a todas horas, y en las que cuanto venía del planeta rojo poseía un cariz monstruoso. Tampoco la película futurista más decisiva para mi generación, Blade Runner, estrenada en 1982, escapó al hechizo del dios de la guerra. Aunque desde una óptica distinta. Philip K. Dick, el padre literario de Deckard, soñó un futuro en el que Marte sería una colonia humana a la cual habrían huido los privilegiados. En un mundo devastado por la contaminación, Marte, que había significado hasta entonces lo raro, lo temible, lo letal, se convertía en manos del maestro de la paranoia moderna en un destino apetecible.

Se introducía así un matiz en el imaginario terrícola, pues aunque Marte sigue siendo en nuestro ánimo un lugar ominoso, a la vez ha mantenido indemne esa condición de frontera inmediata, a la que no resulta ajena el hecho de que, considerado con detenimiento, es el planeta más parecido a la Tierra dentro del Sistema Solar. Así que el embrujo de Marte siempre ha estado ahí, como un Jano bifronte: aterrador por un lado, seductor por otro. Por eso la idea de la empresa holandesa Mars One, que propone crear la primera colonia humana en el planeta en el año 2023, financiada en su mayor parte a través de un reality show que podría convertirse “en el mayor evento mediático a escala global”, estaba sin duda en el horizonte de lo plausible hacía tiempo. Quizá el hecho que provoca sorpresa y cierto escalofrío es la cláusula irrevocable que aparece en el contrato que deben firmar los aspirantes a colonizar el planeta. Los candidatos elegidos para el viaje nunca regresarán a la Tierra. El billete es solo de ida.

De todas las imágenes que la ciencia ficción ha venido generando, ninguna tan desasosegante como la del viajero perdido en la inmensidad estelar. Hay en esa desolación una diferencia de grado respecto a cualquier otra orfandad. Porque perderse en la Tierra es desasosegante, cierto, pero humano al fin y al cabo, mientras que quedar solo en el espacio, vagar en él sin posibilidad de regreso, se antoja una pesadilla insuperable. Esa posibilidad no parece arredrar sin embargo a los candidatos a convertirse en los primeros colonos extraterrestres. Bien mirado, quizá los pioneros del Mayflower, los conquistadores españoles que partieron hacia el Perú y los primeros holandeses que se instalaron en Batavia sintieron un vértigo semejante. Han cambiado las escalas, cierto, pero con ellas también la sensación de lejanía. O quizás, como me sugería al hilo de la noticia un amigo cercano, es que, en el mundo actual, y con el panorama que nos rodea, emigrar a las estrellas, lejos del futuro que se le plantea a la Tierra, no parece después de todo una idea tan descabellada.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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