Lampedusa

24 / 10 / 2013 12:51 Ricardo Menéndez Salmón
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Los frutos de El Dorado se transmiten hoy por antenas parabólicas que inundan hasta la más pobre aldea africana.

gijón, donde nací y vivo, es un filo sosegado y un mirador sobre el inmenso Atlántico, recogido aquí en nuestro más humilde y familiar mar Cantábrico. En él, a menudo, se distingue un velero en pugna con el horizonte, como un pañuelo agitado en la distancia, y es fácil, ganado por su pequeñez, pensar en Ulises de regreso a Ítaca. Entonces se desgranan nombres de marinos, míticos unos, reales otros, pura leyenda ya todos: Jasón en pos del Vellocino en la Cólquide; vikingos temerosos de tropezarse con el Finisterre; Colón, Elcano, Magallanes, Vasco de Gama, los grandes navegantes peninsulares buscando nuevas fronteras; Kurtz adentrándose en el río de la locura; Aldo, el narrador de El mar de las Sirtes, obsesionado con la vida en el Farghestán, esa última Thule.

Antes, de El Dorado llegaban noticias de viajeros consumidos por las fiebres, las bestias o la codicia, testimonios escritos y orales, pero en todo caso frágiles, como frágiles son la escritura y la voz; hoy, los frutos de El Dorado se transmiten por antenas parabólicas que inundan hasta la más pobre aldea africana, embarcando a esos nuevos aventureros en sus cáscaras de nuez. Cuando el mar se los traga, todos mueren con una imagen de la CNN o de la MTV en los ojos. Porque quien persigue El Dorado debe estar dispuesto a morir por él. Ese es el primer mandamiento de los hombres y mujeres que ascienden desde Senegal, Gabón o Costa de Marfil, incluso desde las lejanas tierras indostánicas, allá donde Alejandro, aquel otro buscador de El Dorado, levantó sus tiendas hace 2.300 años, cuando la ecúmene cabía en el puño de un guerrero.

Hoy, cuando la ecúmene tiene el tamaño exacto de un smartphone y el trono de Alejandro ha sido usurpado por la indiferencia que regala el dinero, navegantes que solo poseen su muerte para recordarnos que están vivos y son millones, surcan los mares en una epopeya que acaso sus poetas canten algún día, dentro de 1.000 o 2.000 años, cuando el planeta esté en manos de los chinos infinitos o de los industriosos muchachos que trabajan a orillas del Ganges. Desde Marruecos, Túnez, Mauritania y Libia llegan a los puertos de Italia, Albania, Grecia y España en racimos, hacinados, aplastados, a decenas, a centenas, a millares, heridos, muertos, agonizantes, indestructibles, incontenibles, insobornables, vomitados por las mareas, abrasados por el sol, ganados por la sed, hambrientos de todo, consumidos por un sueño, creyendo que en Europa encontrarán respeto, trabajo, dignidad, tesoros por los que han sido capaces de abandonar patria, amor y cobijo.

Pero el segundo mandamiento de El Dorado es que muchos serán los llamados y pocos los elegidos: las tablas de la ley del emigrante son ásperas. Así, el velero que conduce a cierta ensoñación viajera ya no parece tan inocente visto bajo esta nueva óptica. En el mismo instante en que lo contemplamos, en algún lugar hacia el sur de los mapas, a muchas millas de donde se remansa el Atlántico, un barco fúnebre asciende sin brújula.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

  • Por: javier orozco peñaranda 27/10/2013 22:19

    Ricardo, en la búsqueda de El Dorado murieron aventureros patrocinados por reyes. No huían de guerras, ni los mataba el hambre. Los movía la codicia. No puedes siendo justo o un poco riguroso decir lo mismo de las centenares de pesonas, incluidos niños, que siguen muriendo ahogados en el Meditarráneo, huyendo de hambres, violencias y satrapías, mientras la vieja Europa -que sigue saqueando pueblos- se mira el hombligo y cierra la puerta. Me gusta como escribes, pero aceptarás que este artículo es desenfocado e injusto, deja un regusto de justificación a estas muertes que me dolió y seguramente a otros lectores. Quedas en deuda con esos seres anónimos que podrían explicarte un par de cosas.

  • Por: javier orozco peñaranda 27/10/2013 22:18

    Ricardo, en la búsqueda de El Dorado murieron aventureros patrocinados por reyes. No huían de guerras, ni los mataba el hambre. Los movía la codicia. No puedes siendo justo o un poco riguroso decir lo mismo de las centenares de pesonas, incluidos niños, que siguen muriendo ahogados en el Meditarráneo, huyendo de hambres, violencias y satrapías, mientras la vieja Europa -que sigue saqueando pueblos- se mira el hombligo y cierra la puerta. Me gusta como escribes, pero aceptarás que este artículo es desenfocado e injusto, deja un regusto de justificación a estas muertes que me dolió y seguramente a otros lectores. Quedas en deuda con esos seres anónimos que podrían explicarte un par de cosas.

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