Filosofía para la felicidad

28 / 11 / 2013 10:35 Ricardo Menéndez Salmón
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En un tiempo en que la felicidad se ha convertido en una palabra sospechosa (re)leer a Epicuro es iluminador.

En el 323 antes de nuestra era un joven de dieciocho años llegaba a Atenas para cumplir con ciertos requisitos legales y ser inscrito como ciudadano de pleno derecho de la polis. Lo hacía en un momento histórico excepcional: Alejandro moría en Babilonia por las mismas fechas; muy poco después su maestro y mentor, Aristóteles, lo hacía en su exilio de Calcis; apenas unos meses más tarde, Demóstenes, el mayor orador de la historia de la democracia, se suicidaba en Calauria. Aquel muchacho llegado a Atenas, que procedía de una pequeña isla del Egeo de nombre Samos, se llamaba Epicuro, y estaba destinado a protagonizar una de las más decisivas revoluciones de la historia del pensamiento.

Venido a un mundo en plena descomposición, en el cual los anhelos de los precedentes sistemas filosóficos ya no hallaban encarnadura, Epicuro vivió, pues, y filosofó en y para un mundo en crisis. El sueño de la república ideal platónica había sucumbido doblemente, primero en carne ajena, con la muerte de Sócrates, y luego en carne propia, con la decepción sufrida por el gran filósofo en su cautiverio siciliano. El empeño de su discípulo más importante, Aristóteles, tampoco había logrado los frutos anhelados: su principal pupilo, el Magno, en cierta medida se había guiado por afanes completamente opuestos a los que su maestro le había inculcado desde la prudencia y el dominio de sí.

Fenecido, en consecuencia, el sueño de una Grecia de ciudadanos, Epicuro se veía impelido a elaborar una filosofía destinada a los individuos. El desplazamiento de la polis a la intimidad no resultaba baladí, y entre el radicalismo de los cínicos y el rigorismo de los estoicos, la vía intermedia de los epicúreos proponía un programa volcado a la satisfacción de una vida alejada de los afanes de la política y el mérito. Las decepciones habían sido muchas; la sangre vertida en toda la Hélade, infinita.

Han pasado más de veintitrés siglos desde el empeño de Epicuro y su Jardín, pero aún hoy hay filósofos que se siguen interrogando sobre el valor de su pensamiento como regla de conducta y doctrina existencial. Así, Filosofía para la felicidad nace como el empeño de una editorial, Errata Naturae, para que tres maestros de vida, obra y pensamiento (Carlos García Gual, Emilio Lledó y el recientemente desaparecido Pierre Hadot) reflexionen, siguiendo los textos de Epicuro y su escuela, a propósito de lo que de válido puede hallar el sujeto contemporáneo, también él habitante de una profunda crisis, en ese legado.

En un tiempo en que la felicidad se ha convertido en una palabra sospechosa, que parece referirse antes a un deber que a un derecho, (re)leer a Epicuro y seguir la estela de su aventura posee mucho de iluminador. Porque contra la tentación aglutinadora del capitalismo por un lado y las falacias edulcoradas de la prosa de autoayuda por otro, en los trabajos del maestro de Samos hay motivos para la dignidad, la alegría y, por descontado, el gozo pleno y consciente de vivir.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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