Estética darwinista

27 / 08 / 2010 0:00 Ricardo Menéndez Salmón
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La obra de Darwin puede ser considerada el más importante texto por su capacidad para explicar el mundo.

02/07/10

LA EFEMÉRIDE, el pasado año, del 150 aniversario de la aparición de El origen de las especies, ha servido para constatar que la obra de Darwin puede ser considerada, sin asomo de duda, el más importante texto, por su capacidad para explicar y transformar el mundo, que se ha publicado desde la Revolución Industrial hasta nuestros días. La avalancha bibliográfica de estudios que, directa o indirectamente, se han acercado al trabajo seminal del naturalista inglés para discutir su actualidad y poner en valor los logros del viajero del Beagle, ejemplifica el impacto que todavía hoy, en los vertiginosos tiempos de Craig Venter y Celera Corporation, sigue conservando el hallazgo del mecanismo de la selección natural como responsable de la aparición de variables fenotípicas y, por extensión, de nuevas especies. Ningún otro texto científico o filosófico ha generado semejante alud de literatura desde los orígenes del pensamiento racional, ni siquiera los Diálogos de Platón o los Principia de Newton.

Una de las razones por las que Darwin puede reclamarse como pieza angular del pensamiento en nuestra edad contemporánea radica en el hecho de que los resultados de su investigación han merecido atención de campos tan dispares como la economía, la psicología social, la morfología, la lingüística, la filosofía moral, la medicina, la paleografía o la teoría del Estado. Dentro de este magma investigador, El instinto del arte, obra de Denis Dutton publicada por Paidós, abre una nueva dirección a las plausibles aplicaciones de la ciencia evolutiva. En efecto, Dutton ha trasladado las conclusiones de Darwin a un terreno sobre el papel insólito, como es el de la estética, proponiendo que los gustos y preferencias del Homo sapiens en el terreno artístico son rasgos que no proceden de convenciones culturales, sino que se han ido conformando, desde el Pleistoceno, por selección natural.

Aunque discutible por su feroz determinismo (el autor es incapaz, por ejemplo, de ofrecer un argumento convincente a la ausencia de una tradición artística plenamente desarrollada que tenga como colofón un arte del olfato, sentido adaptativo por excelencia, por oposición a un arte del oído que, entendido como sensibilidad hacia los sonidos melódicos, no ha poseído un valor específico de supervivencia en nuestro pasado evolutivo), el trabajo de Dutton posee una innegable capacidad seductora, en especial cuando contempla ciertos asuntos -la valoración del arte primitivo, la discusión teórica acerca de qué es o no bello, las concomitancias entre la selección sexual y las competencias lingüísticas en el apareamiento selectivo- desde el paradigma darwinista, destacando, en este aspecto, el capítulo dedicado a los usos de la ficción.

¿Es Guerra y paz fruto de la cultura generada en Europa por las campañas napoleónicas o responde a una necesidad instintiva de contar historias acerca de los rasgos fundamentales del padecimiento humano? La respuesta está en El instinto del arte.

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