Cosas

23 / 01 / 2012 Ricardo Menéndez Salmón
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La mayoría, nacidas de la manipulación y el afán humanos, nos sobrevivirán cuando el Holoceno se disuelva.

La literatura es una forma de contemplación. Para escribir, hay que mirar. Para escribir bien, hay que saber mirar. Uno de los escritores más escrupulosos de todos los tiempos, el maestro de maestros Flaubert, elevó esta intuición a la categoría de axioma al afirmar: “Basta con observar una cosa durante el tiempo suficiente para que se vuelva interesante”. Tiempo después, uno de sus más conspicuos discípulos, el no menos escrupuloso Borges, anunció que el tema a debate, el objeto de atención, el asunto contemplado, era la premisa menor, que lo que importaba era la mirada, el estilo, el contemplador: “La historia de un piojo puede resultar tan fascinante como la de Alejandro”.

De esta tensión dialéctica entre lo mirado y quien lo mira se alimenta la vieja fábula de la literatura, el empeño por aprehender el mundo mediante el expediente de nombrarlo. Siempre me han obsesionado las cosas, su perturbadora inmanencia, su desasosegante trascendencia. Inmanentes porque están ahí, esperando a ser escrutadas, sin levantar la voz, pura materialidad, pura presencia, puro enigma que aspira a ser arrancado de su mudez totémica, devuelto al orden inteligible que aspiramos a promover; trascendentes porque la mayoría de ellas, nacidas de la manipulación y el afán humanos, nos sobrevivirán cuando el Holoceno se disuelva en la siguiente glaciación, triunfarán indemnes a la extinción de nuestra especie. Imaginemos un mundo vacío de presencia humana pero poblado de ventiladores, cuadros de Caravaggio, latas de conservas, vinilos de 180 gramos, botellas de vidrio, ficus de plástico, estetoscopios, estatuas de dioses, chatarra espacial.

Qué enigma asombroso, el de una Tierra ausente de latidos pero repleta de poliuretano, cartón, papel biblia, circuitos eléctricos, prótesis sin miembros que las llenen; un paisaje inquietante como las grabaciones de las naves Voyager, que en el espacio sin fronteras repiten el aria de las Variaciones Goldberg de Bach interpretado por Glenn Gould. Pocos paisajes tan repletos de cosas como el posnavideño. La cosa es la reina del fin de año. La cosa es la emperatriz del año entrante. El año que acaba y el año que empieza nos recuerdan nuestra esclavitud hacia la cosa. La cosa nos desvela. La cosa nos revela. Mujeres y hombres lucen ropas nuevas, conducen nuevos coches, almacenan nuevos libros en nuevos soportes, depositan nuevas fragancias en nuevos baños, muestran con regocijo nuevos relojes, nuevos encendedores, nuevos portátiles. Nuestros hijos se convierten ellos mismos en una cosa más entre las cosas que disciplinan su ocio: muñecas en figura de sirena, abecedarios electrónicos, legos gigantescos, máquinas abracadabrantes, convoyes con música country pregrabada. Y en la calle, tras el tráfago del consumo, apenas quedan bolsas logotipadas, vasos rotos, máscaras de rey mago, exhaustas tarjetas de crédito, bisutería del alma y el cuerpo. Quizá un día, al contar las cosas que poseemos, nos incluyamos sin excesivo escrúpulo en el cómputo.

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