Podrías ganar mucho dinero

25 / 01 / 2018 Nativel Preciado
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A los 18 años fui víctima de acoso sexual en una redacción, algo imposible de denunciar en aquellos tiempos.

Este año que termina, en el que miles de mujeres se han animado a publicar en la Red episodios de violencia de los que fueron víctimas, la revista Time ha elegido Persona del año 2017 a todas las que han denunciado el acoso sexual. Coincide con varios casos similares en España, donde los jueces, tras la acusación de las damnificadas, han decretado prisión incondicional para los depredadores de La Manada y los futbolistas que presuntamente violaron a una menor. Amigas feministas me piden apoyo para el movimiento de denuncia #MeToo (#YoTambién), surgido en EEUU ha raíz del caso Harvey Weinstein, el poderoso productor de Hollywood que lleva décadas abusando de las actrices que ahora le denuncian públicamente. Fui de las primeras en difundir la protesta contra este individuo que las obligaba a tener relaciones sexuales a cambio de contratos. Muchos preguntan maliciosamente por qué callaron en su momento y, ahora, al cabo de los años, se apuntan a esta cacería del hombre.

Lo he explicado en reiteradas ocasiones, la más reciente en uno de mis libros, Hagamos memoria, donde cuento que a los 18 años, la única mujer en la redacción, fui víctima de acoso sexual y laboral que en aquellos tiempos era imposible denunciar. Lo pasé mal porque la sede del periódico estaba en las afueras de Madrid y cuando salía, ya anochecido, algunos compañeros se ofrecían a llevarme en su coche hasta el centro de la ciudad. Ingenua de mí, acepté la invitación un par de veces y tuve que enfrentarme a aquellos cerdos que me llevaron a un descampado y se me echaron encima. Se lo conté a uno de los periodistas que me resultaba más fiable y, después de echarme una bronca por mi torpeza, me aconsejó que no aceptase la oferta de ningún “compañero” y que volviera a mi casa de día. Gracias a este hombre salí indemne de los acosadores, pero pronto abandoné el trabajo, porque la situación era insostenible. Hechos similares se repitieron más veces a lo largo de mi carrera. Uno de los más grotescos me sucedió cuando me quedé en paro tras el cierre del diario donde trabajaba y tuve que buscarme la vida. Lo único que me ofrecieron fue colaborar en una agencia de noticias que me pagaba una miseria por cada pieza que entregaba al jefe, que resultó ser otro acosador. Un día llegué a la agencia para entregar mi reportaje y el tipo cerró la puerta del despacho y me agarró por un brazo mientras me decía: “Si tú quisieras, podías ganar mucho dinero”. Logré escapar, y tras salir de allí, di por finalizada mi colaboración y me quedé sin trabajo otra vez.

Estos hechos, que vuelvo a contar para que no se olviden, los han padecido, en mayor o menor grado, la mayoría de mis compañeras. Algunas guardaron silencio, como las actrices, por miedo a quedarse en paro o a ser difamadas. La palabra de una mujer frente a la de un hombre influyente no valía nada. Ahora parece que se ha revalorizado gracias al aluvión de denuncias colectivas. Muchos creen que estamos ante el principio del fin de los acosadores impunes. No quiero ser agorera, pero no se avanzará hasta que las denuncias sean incesantes. Ojalá el #MeToo no sea un espejismo.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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