Muerte digna

05 / 09 / 2008 0:00 Nativel Preciado
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Circulan rumores alarmantes sobre la presunta obsesión que tienen los dirigentes socialistas de `imponer la eutanasia, el aborto libre y proclamar la cultura de la muerte .

Expresado de este modo tan brutal, cualquiera diría que los políticos aludidos representan la “banalidad del mal”. Antes de entrar en cualquier otra consideración hay que afi rmar, de la manera más rotunda, que nadie puede imponer el aborto o la eutanasia a ningún ciudadano en democrática. Hay quien utiliza estas palabras como un arma arrojadiza contra quienes tienen la obligación de encontrar salidas a problemas acuciantes. Mientras permanezca el debate vamos a asistir a toda clase de groseras manipulaciones. Es indecente y malintencionado confundir la eutanasia con la muerte digna, aunque nos remitamos a su etimología ‘eu’ (bien) y ‘thanatos’ (muerte). Los manipuladores argumentarán que hablar de la dignidad de la muerte es sólo un eufemismo para no nombrar directamente la eutanasia, porque resulta una expresión demasiado hiriente. En este caso, no es verdad que se recurra al lenguaje políticamente correcto, siempre más aceptable, para no herir sensibilidades. Lo que pretenden es que la sociedad se radicalice ante una falsa y simplifi cadora disyuntiva: o estás en contra o a favor de la eutanasia. No admiten la posibilidad de matizar, que es mi intención en las siguientes líneas. Escritas antes de que se celebre, este fi n de semana en Madrid, el congreso federal del PSOE, donde se planteará el complejo debate sobre la necesidad de una ley que regule el derecho a morir dignamente.

Cirunstancias

El concepto de eutanasia no recoge todas las circunstancias que existen para afrontar el trance de la muerte. Cabe la posibilidad de que los médicos o las personas cercanas a un enfermo incurable o terminal, con su consentimiento, puedan ocasionar su muerte inmediata con el fi n de evitarle sufrimientos insoportables o la prolongación artifi cial de la vida. Se puede provocar de manera activa o pasiva, directa o indirecta, en caso de emplear o no sustancias mortíferas, supuestamente indoloras, como puede ser una sobredosis de morfi na. Hay médicos que deciden abstenerse de aplicar un tratamiento o, si ya está iniciado, suspenderlo, al considerar que más que mantener la vida sólo sirve para prolongar la muerte. Otros deciden aplicar potentes analgésicos para aliviar el dolor, aun sabiendo que los efectos secundarios provocan pérdida de conciencia y acortan la vida. Todos estos métodos están tan alejados del suicidio asistido como del “encarnizamiento o ensañamiento terapéutico”, que consiste en emplear procedimientos artifi ciales para posponer la muerte a toda costa, por razones ajenas al interés del enfermo. Es imposible describir en este espacio la variedad de matices que existen a la hora de otorgar la mayor dignidad posible al tránsito de la muerte. Existen muchos sanitarios, familiares y personas cercanas a un enfermo incurable o terminal capacitados para proporcionar los cuidados paliativos y el apoyo emocional que necesita. Pero también los hay que carecen de criterio, humanidad, sensibilidad y honestidad. Las prácticas médicas y la legalidad funcionan de manera diferente en cada país. Por eso es imprescindible dotar de un marco jurídico para que se respete la voluntad y la dignidad del paciente y los profesionales sepan de modo preciso cuáles son sus márgenes de actuación para aplicar cuidados paliativos que ayuden a morir dignamente

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