Mis ahorros

29 / 11 / 2017 Nativel Preciado
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Me pregunto quién se solidarizará conmigo cuando no pueda vivir con mi indigna pensión.

Cuando deje de trabajar seré una pensionista pobre, a pesar de que, excepto durante un breve periodo de tiempo, he cotizado al máximo a la Seguridad Social. Lo lógico sería que se computase toda mi vida laboral para calcular la base reguladora y, sin embargo, por culpa de los arbitrarios cambios legislativos, voy a cobrar solo en función de lo que he aportado los últimos 15 años. Ya sé que en España las pensiones se basan en un sistema de reparto, más solidario que el de capitalización, pero me pregunto quién se solidarizará conmigo cuando no pueda vivir con mi indigna pensión. Me dirán que debería haber sido previsora y ahorrar más, pero la cultura de mi generación era la de vivir el momento sin planificar financieramente el futuro. Confiábamos, además, en la solvencia del sistema público y el Estado del bienestar. Así nos va. No obstante, a pesar de mi decepción y aunque para mí llegue tarde, me gusta que, al fin, el Gobierno haya decidido modificar la situación de los que invierten en fondos individuales de pensiones. En unos meses, cuando lo apruebe el Consejo de Ministros, se podrá rescatar la totalidad del capital invertido al cabo de los diez años. Hasta ahora, solo se podía recuperar con la jubilación, enfermedad grave, paro de larga duración o desahucio de vivienda habitual. También se reducirán al límite las comisiones de gestión que hasta ahora eran, doy fe, abusivas.

Los que defendíamos a ultranza el sistema público de pensiones, creíamos que todos los fondos privados eran un engaño, dicho con trazo grueso, una estafa financiera más. Algunos lo fueron, pero, ahora que sufro las consecuencias de mi imprevisión, me rindo a la evidencia. En los países nórdicos, los que funcionan mejor en este aspecto, las pensiones se sostienen en tres pilares: uno público que procede fundamentalmente de la Seguridad Social, otro complementario que proviene del acuerdo tras la negociación colectiva entre empresarios y trabajadores y, por último, el individual, fruto de las posibilidades de ahorro de cada uno de nosotros. En España vamos hacia ese modelo, aunque es preocupante que el actual Gobierno, por razones electoralistas, haya echado mano del Fondo de Reserva, una garantía de nuestro sistema público, hasta dejarlo tiritando y ahora se vea obligado, por su mala cabeza, a prestar, por medio de un crédito del Tesoro, más de 10.000 millones de euros a la Seguridad Social para afrontar este año el abono de las pagas extras de los pensionistas. Respecto a los otros dos pilares, que los nórdicos tienen muy desarrollados, el complementario acordado a través de la negociación colectiva solo alcanza, hoy en nuestro país, al 0,4% de las empresas y, por último, el problema para invertir en planes privados es que los españoles tienen poca o nula capacidad de ahorro por la caída de los salarios a raíz de la crisis. Recuerdo, una vez más, que el 13% de los trabajadores en activo son calificados como pobres.

Por eso no me parecen mal las medidas que propone el Gobierno para fomentar los planes individuales. Me preocupa, eso sí, que suceda lo mismo que en el Reino Unido, cuando permitieron que los mayores de 55 años retiraran todo su capital de un fondo, un 71% no lo destinó a complementar su pensión, sino a remodelar sus casas. ¡Qué mal precedente!

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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