Dóciles y productivos

22 / 02 / 2012 Nativel Preciado
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Quienes puedan trabajar lo harán más horas y de manera inestable, para ganar menos y jubilarse más viejos.

los sindicatos afirman que la contundente reforma laboral es injusta para los trabajadores, ineficaz para la economía e inútil para el empleo. Insisten en que el epicentro de toda la reforma es el despido y se deja, además, en manos de los empresarios el problema de los parados. El Gobierno, por el contrario, está convencido de que las nuevas medidas modernizarán el mercado de trabajo y aumentarán la competitividad. Aunque el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, ha tenido el detalle de admitir, en contra de apreciaciones más triunfalistas de los dirigentes de la patronal, que la reforma no creará empleo por sí misma; se necesita que fluya el crédito, que las empresas vendan más y se recupere el mercado interno.

Mientras tanto, los parados esperan tener una oportunidad en el mercado laboral, ya que muchos empresarios, gracias al abaratamiento del despido, cambiarán a los trabajadores menos rentables y más conflictivos por una mano de obra precaria y barata. Las nuevas relaciones laborales consisten, realmente, en limitar los derechos adquiridos de los trabajadores o incluso dejarlos indefensos, para que sean dóciles y productivos. Los empresarios exigen, a cambio de correr riesgos y vivir en la incertidumbre, que sus empleados asuman la flexibilidad y la temporalidad. Tendrán las mismas facilidades para contratar que para despedir, de manera que cada vez habrá menos estabilidad en el empleo. Es lo que algunos consideran un mercado laboral dinámico, flexible y competitivo,

Los tecnócratas italianos, que han tomado las riendas de la política, se mofan de los que sueñan con un trabajo para toda la vida. ¡Qué monótono!, dijo el jefe de Gobierno, Mario Monti; ¡Qué aburridos esos jóvenes que se aferran a un trabajo fijo en la misma ciudad cerca de papá y mama!, reiteró su ministra del Interior, Anna Maria Cancellieri. Tal indignación provocaron sus frívolas declaraciones, que ambos se vieron obligados a retractarse, eso sí, diciendo que sus palabras habían sido malinterpretadas y sacadas de contexto. A pesar de las disculpas, insistieron en ensalzar las ventajas del nomadismo laboral. Es cierto que no hay mayor impedimento para prosperar que negarse a cambiar de ciudad, de país o de continente, pero, disculpen la obviedad, no es lo mismo que a un ejecutivo le ofrezcan un trabajo fuera de su residencia habitual y se convierta en un desplazado de lujo, que un trabajador se vea forzado a emigrar para sobrevivir. Sin entrar en consideraciones de mayor calado, como el desastre de la fuga de cerebros; la pérdida de capital humano que supone la salida de jóvenes con talento y buena formación, difícilmente recuperables. Aún queda la esperanza de que regresen boyantes a su país y encuentren soluciones a los problemas que nosotros no hemos sabido resolver.

Disculpen que me repita. La conclusión es que, a partir de ahora, quienes tengan la inmensa suerte de trabajar lo harán de manera inestable, durante más horas, para ganar menos, jubilarse más viejos y cobrar una pensión menor. ¿No les parece una regresión lamentable?

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