Todos contra el PP y Rajoy después del 1-O

18 / 09 / 2017 Jesús Rivasés
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Cataluña no será independiente y tampoco habrá un referéndum digno de tal nombre, pero el día después es un punto de partida para Junqueras, Colau y, sobre todo, para Pedro Sánchez.

Alfredo Pérez Rubalcaba, siempre perspicaz, fue el primero en darse cuenta. El PP y Mariano Rajoy son más diésel y reaccionaron más tarde. “Cuando te esgrimen el derecho a decidir, tienes un problema”, dijo desde el primer momento Rubalcaba cuando el entonces independentismo más larvado acuñó el eslogan. El que fuera líder del PSOE comprendió al instante que el socialismo catalán, el PSC, tenía un problema y que él mismo no llegaría a La Moncloa. José Luis Rodríguez Zapatero se lo había dejado casi imposible, económica y políticamente, y el “derecho a decidir” –que influyó en el lío interno de los socialistas– lo apuntilló. El mismo tsunami le llegó algo más tarde –le llega ahora con más virulencia– a un PP que, por otra parte, transita con la carencia de un relato subyugante para Cataluña y no solo para Cataluña. Al final, un partido gana si logra imponer su relato, y si ese relato incluye elementos míticos y sentimentales, arrasa.

Mariano Rajoy dominaba el relato de que el PP sacaría al país de la crisis y, aunque fuera sin excesivo entusiasmo, los votantes no solo lo llevaron a La Moncloa sino que le concedieron una holgada mayoría absoluta. El tiempo le ha dado la razón y, aunque fuera a costa de sacrificios importantes, España ha salido de la crisis, lo que no impide que la nómina de damnificados sea importante. En Cataluña, sin embargo, Rajoy y el PP han dejado –o no han sabido evitar– que sus adversarios nacionalistas y no nacionalistas impongan su propio relato, que incluye culpar a los populares de casi todo y agitar el mantra, como hace sobre todo Pablo Iglesias, pero también Pedro Sánchez, de que con Rajoy no hay salida al problema de Cataluña ni a otros muchos, lo que no impide que los socialistas cierren filas con el Gobierno ante el delirio secesionista de Carles Puigdemont y los esperpentos parlamentarios que organiza Carme Forcadell.

Cataluña no será independiente y el 1-O tampoco habrá un referéndum digno de tal nombre. El acatamiento –no podía ser de otra manera– del afamado jefe de los Mossos d’Esquadra, Josep Lluís Trapero, de la orden del fiscal general de Cataluña, José María de Tejada, de impedir que se celebre la consulta, zanja el asunto técnico. No habrá votaciones, pero sí bulla en las calles y espectáculo, mucho espectáculo reivindicativo, impulsado abiertamente por Carles Puigdemont, Oriol Junqueras, la tropa de la CUP y algunos más, mientras otros como Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, se ponen de perfil porque su verdadero objetivo empieza el día después, el 2-O. Para independentistas ingenuos –que los hay– será el día de la frustración. Para Puigdemont, que no parece tener un plan B, será el principio del fin. Para todos los demás, especialmente Junqueras, Colau, Iglesias y, sobre todo, para Pedro Sánchez es un punto de partida. Todo un compromiso para Albert Rivera y un verdadero dolor de cabeza, porque toda la oposición percibe que, ahora sí, puede ser el momento de moverle la silla al inquilino de La Moncloa.

La clave de bóveda del día siguiente al 1-O, ocurra lo que ocurra, es el PNV de Íñigo Urkullu. Si los nacionalistas vascos permiten que el Gobierno saque adelante los Presupuestos Generales, la legislatura continuará. La actuación del Gobierno en el enredo catalán puede ser la excusa del PNV, una vez que ya tiene arreglados sus asuntos de dineros, para desmarcarse del PP, un compañero de viaje que para algunos peneuvistas resulta incómodo. Mientras la atención está centrada en Cataluña, existen conversaciones y también presiones –algunas sutiles, otras incluso burdas– para que Urkullu deje caer a Rajoy, quien, no obstante, tiene el recurso de adelantar las elecciones, aunque las encuestas no le ofrecen grandes garantías. Además, otra victoria del PP que necesitara nuevamente la muleta de Ciudadanos también pondría a Rajoy contra las cuerdas, porque Rivera podría apoyar otra investidura de un presidente del PP, pero siempre que no fuera su actual líder.

Sánchez, el día después del 1-O, seguirá al lado del Gobierno frente a los independentistas, pero arremeterá contra Rajoy con el relato de que el presidente es el problema. Puede esperar, pero ahora –con nuevos asesores conocedores de la cocina del PP–, no despreciará atajos. Por otra parte, Colau, a quien el Gobierno quiere mimar hasta el 1-O, también piensa, junto con su marido y estratega, Adrià Alemany, en el día después. Es el verdadero poder autónomo en la compleja galaxia Podemos y tiene en el horizonte su liderazgo, lo que implica desplazar a Iglesias y, por supuesto, acorralar al PP, que es algo que entre su clientela siempre suma. La presidencia de la Generalitat puede parecer el objetivo más cercano y más a su alcance, antes o después, pero hay quienes piensan que va más allá, a ser uno de los grandes protagonistas de la política española, sin ponerse límites. Ella también ha manejado un relato que, en pocos meses la llevó del activismo antidesahucios a la alcaldía de Barcelona. No, Cataluña no será independiente, pero ahí queda la pregunta que plantea Guy Sorman: “¿La voluntad de independencia de los catalanes existe por sí misma o la han inventado los empresarios de la independencia en busca de beneficios simbólicos, de votos y de poder?”. Y el 2-O, todos contra Rajoy y decide el PNV.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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