Las líneas rojas de Puigdemont: revolución y teoría del caos

02 / 10 / 2017 Jesús Rivasés
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Puigdemont quiere ser el héroe y el mártir de la independencia catalana, pero puede ser un moderno Kerensky que abra la puerta a esa revolución que persigue la CUP.

Josep Pla, sin duda el mejor cronista parlamentario de la República, escribía en Madrid en marzo de 1932 que “la política catalana tiene desde hace años un aspecto caótico e interesante. Fuera del ámbito catalán esta política difícilmente se comprende. Su complejidad se debe más que a nada a la acumulación de problemas”. El párrafo sería válido para un cronista de 2017 y, sobre todo, para un corresponsal extranjero, de esos que asisten atónitos a lo que ocurre en Cataluña, con Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y Anna Gabriel, entre otros, de protagonistas estelares. Pla también enumeraba una serie de realidades, puerilidades y sueños de cosmopolitismo en Cataluña que hacen que “la política catalana sea de una enorme confusión”.

La confusión, 85 años después, goza de una salud excelente en Cataluña y, en algunos aspectos políticos, se acerca al caos. Un caos que da la razón a Jean François Revel, el intelectual francés que ya explicó que “la primera de todas las fuerzas que mueven el mundo es la mentira”. La Generalitat de Cataluña está presidida por Carles Puigdemont, miembro del PDeCAT, un partido político de centro derecha –y en algunos asuntos manifiestamente conservador– aliado a un partido republicano de izquierdas, ERC, el de Junqueras, y que gobierna gracias a los votos y al dictado de un grupo de anarquistas antisistema, liderados por Gabriel como cabeza más visible, y agrupados bajo las siglas de la CUP. El catalán Pla, desde luego,ahora hubiera ido bastante más allá de “enorme confusión”.

Carles Puigdemont quiere pasar a la historia como mártir de la causa catalana y, por eso, como han detectado tanto los Mossos d’Esquadra, la Policía y el CNI –los servicios de inteligencia–, encadena una provocación tras otra para forzar, al menos, su detención, cuando no su entrada en prisión, por unos días claro, aunque mantiene la ambigüedad sobre quién debería declarar la independencia, su Gobierno o el Parlamento que preside Carme Forcadell. Puigdemont, en su huida hacia delante, empujado por la CUP, que es quien de verdad le ha sostenido en el Gobierno catalán y quien le ha fijado la hoja de ruta, puede ser recordado como el político independentista-conservador que abrió las puertas a una revolución de extrema izquierda. Lo cuentan los más moderados y preocupados del PDeCAT que, sin embargo, existir, existen: el objetivo de la CUP no es la independencia sino acabar con el régimen del 78 y más aún, erradicar la propiedad privada, entre otras cosas. Una línea roja que aterroriza a muchos de sus compañeros de partido, pero que Puigdemont, en aras del soñado paraíso independentista, está a punto de traspasar. Y poco importa que, en unas elecciones, su propio partido –el heredero de la CiU de las mayorías absolutas– se quedaría en apenas 14 diputados, según una encuesta que manejan empresarios de esos que no son independentistas, pero que tampoco se atreven a oponerse al procés. “Nuestro negocio está aquí y tendremos que adaptarnos a lo que ocurra”, apunta un notable catalán, blasonado por más señas, algo que indigna a la mayoría de sus colegas empresariales del resto de España.

Las líneas rojas que está a punto de cruzar Puigdemont han revuelto las entrañas del PDeCAT y también a sus históricos votantes, aglutinados alrededor de lo que durante años se llamó la “burguesía catalana”, que ahora teme ser atropellada por los revolucionarios de la CUP. Puigdemont, entonces, habría sido, no un héroe y un mártir de la independencia, sino un Kerensky catalán, arrinconado por la revolución a la que abrió la puerta a un oscuro rincón de la historia. Pasado el 1-O, en cualquier momento saldrá la sentencia del caso Palau –corrupción de Convergència–, que será todo un torpedo de flotación para Artur Mas, el hombre que no se atrevió a repetir elecciones y se echó en manos de la CUP, que impusieron a Puigdemont de presidente, conscientes de que atendería sus exigencias.

El día después del 1-O, más allá de la previsible declaración de independencia, Cataluña, como dijo en su día Winston Churchill de Rusia, “es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”. Muchos reclamarán más diálogo, con el PSOE de Pedro Sánchez a la cabeza, e incluso el Gobierno de Mariano Rajoy, acusado incluso por muchos de los suyos de haber practicado el “tancredismo” durante años, podría ofrecer favorables acuerdos económicos, que es lo que anhelan esos empresarios que, como tantos otros, están ahora de perfil. Pablo Iglesias, por su parte, acuciado por sus propias prisas, puede cometer más de un error y perderse en la pasión revolucionaria de sus huestes, algo que da mucho más que oxígeno a Sánchez y al PSOE. Y todos hablarán de resolver un problema político, sin que, como explica Alfonso Guerra en estas mismas páginas, nadie quiera “reconocer que el problema político de Cataluña es el nacionalismo, y que son los nacionalistas en su insaciable afán del control del poder quienes vienen haciendo trampas desde hace muchos años”.

La “enorme confusión” de la política catalana, descrita por Josep Pla, avanza hacia el caos, aunque quizá sea el primer paso para la solución del conflicto. Ahí está la interpretación argentina, del psicólogo social Pablo Cazau, de la teoría del caos, que  afirma que “en la realidad hay desórdenes e inestabilidades momentáneas, pero todo luego retorna a su cauce”.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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