El día que Rajoy cambió la historia

17 / 02 / 2012 Jesús Rivasés
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Habrá un antes y un después de la reforma laboral de Rajoy en la moderna historia social de España. Ocurra lo que ocurra, tenga éxito o fracase, nada volverá a ser igual y el Gobierno juega a todo o nada.

Estaba y está escrito. Mariano Rajoy presume de previsible. Es tan previsible que, al final, tanto para sus partidarios como para sus detractores, resulta imprevisible. Lo demuestra su programa acelerado de reformas. Y la laboral, impulsada y desarrollada por la ministra de Empleo, Fátima Báñez, es la prueba del nueve. Ha desconcertado a millones de sus votantes asalariados, ha desorientado a la oposición que intenta encauzar Alfredo Pérez Rubalcaba y casi ha desarbolado a los sindicatos que lideran Cándido Méndez y José Ignacio Fernández Toxo. Los empresarios están más contentos, pero todavía tienen la mosca detrás de la oreja. Estaba escrito, sí, con letra y música del PP, y todo estaba depositado en el registro del Congreso de los Diputados desde la primavera/verano de 2010. Nadie se fijó y nadie tuvo la paciencia de leer nada. Eran las 72 enmiendas que el PP presentó a la reforma laboral del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Aquella reforma, por otra parte, fue la que destapó la caja de Pandora de los despidos objetivos generalizados con 20 días de indemnización. Ahora se certifica su fracaso con la existencia de 5,3 millones de parados, 700.000 más de los que había en junio de 2010, cuando Zapatero envió a Celestino Corbacho a defender en el Parlamento una reforma que no se atrevió a rematar, pero que también es el origen cercano de la actual.

Las 72 enmiendas del PP de 2010, defendidas entonces por la ahora vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, han sido la base fundamental de la reforma laboral del Gobierno de Mariano Rajoy, una reforma con “medidas incisivas”, según el real decreto, “agresiva” como adelantó Luis de Guindos, y que provocará, antes o después, una huelga general, como también profetizó en Bruselas el propio inquilino de La Moncloa. Casi todo estaba allí, en aquellas enmiendas, pero nadie reparó en ello, y si alguien lo hizo pensó que era papel mojado, papel de oposición. Falta en la reforma el contrato único que reclaman muchos economistas teóricos, liberales y menos liberales. Sin embargo, el contrato único no lo querían en ningún caso ni empresarios ni sindicatos, y el Gobierno tampoco era un forofo de la medida.

Estaba y sigue escrito que la reforma laboral del PP es, quizá, la mayor revolución social que se produce en España desde el principio de la democracia. Rajoy, de la mano de Fátima Báñez, ha enviado el espíritu del Fuero del Trabajo franquista -que existía- al desván de la historia para siempre. El precio inicial, está escrito, puede ser otro aumento del paro y la hipótesis de seis millones de parados este mismo año hace tiempo que dejó de ser un disparate o un mal sueño. También es más que probable que genere una bajada general de salarios, la tan cacareada devaluación interna. Queda en el alero empresarial y de ellos depende que los mileuristas no se conviertan en seteciento-euristas. Rajoy, Báñez, Montoro, De Guindos lo saben. Y también Rubalcaba y los sindicalistas Méndez y Toxo. El presidente lo ha dicho en el Congreso: “No creo que [la reforma laboral] produzca efectos en el corto plazo”, mientras añade con lógica que “la situación anterior no nos llevaba a ninguna parte”. Rajoy y su Gobierno, conscientes de los meses difíciles que tienen por delante, no son masoquistas al diseñar e impulsar su reforma laboral. Tampoco perversos, pero solo el tiempo, más de un año, dirá si tenían razón o si estaban equivocados, aunque el precio inmediato sea alto. También por eso, porque se juega mucho -todo su futuro político- Rajoy ha dudado. Sin embargo, la presión de Bruselas y que las cifras de paro se dispararan en el último trimestre han sido decisivas, y Rajoy optó por lanzar su gran órdago. Es la apuesta de un político, con fama de amarrón, que sorprende y juega al todo o nada, en la estela de Hölderling, “allí donde anida el peligro, crece también la salvación”.

La reforma laboral obliga a Rajoy y su equipo a aguantar el tirón muchos meses, con la única ventaja de la debilidad de los sindicatos, que convocan movilizaciones pero descartan por ahora una huelga general porque no están seguros de sus propias fuerzas, según confiesan en privado. El Gobierno no espera una recuperación del empleo hasta bien entrado 2013, y eso si el petróleo no sube de forma inesperada, porque la crisis irano-israelí es otro factor de riesgo. Si a partir de esa fecha el empleo se recupera de forma constante y con cierta rapidez, Rajoy habrá tenido éxito y muchos olvidarán los peores momentos. Si, por el contrario, no hay recuperación, el PP y su líder tendrán problemas para concluir la legislatura en paz y para revalidar su última victoria en las urnas. Eso sí, en la historia laboral y social española habrá un antes y un después de la reforma laboral del 10 de febrero de 2012. Además, ese día -no es un asunto menor- también marca el final de una etapa para el sindicalismo español surgido de la Transición, dominado por los sindicatos UGT y CCOO. Méndez y Toxo son conscientes de que están acorralados por muchas partes -incluidos los trabajadores y amplios sectores de la sociedad- por su papel a lo largo de toda la crisis económica, e intentan salvar los muebles.

La reforma laboral, y es una carga de profundidad, establece los mecanismos para que cambie de forma radical la financiación de sindicatos y patronales, que pierden la bicoca -dicen que hasta 700 millones anuales- de organizar y repartir el pastel de los cursos de formación, ahora abiertos a la competencia. Todavía confían, a pesar de todo, en el desarrollo de las normas como decía Romanones: “Haga usted la ley y déjeme a mi el reglamento”. Pero ocurra lo que ocurra, Rajoy ya ha cambiado la historia social española. ¡Ojalá tenga razón! Pero nadie lo garantiza.

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