Zapatero gastó 1.800 euros diarios en sus vacaciones marroquíes

12 / 01 / 2012 Jesús Mariñas
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José Luis Rodríguez Zapatero ha disfrutado en Tánger de sus primeras vacaciones como expresidente del Gobierno junto a su mujer y a sus hijas.

Zapatero pasó sus primeras vacaciones de ex a 14 kilómetros de Tarifa, en Tánger. Le acompañaron Sonsoles, sus hijas y la reprobada fidelidad de Trini Jiménez y su técnico enamorado. En el hotel Le Mirage tan grato a Carmen Ordóñez, próximo a la Casa García donde Eduardo Serra se atiborra de marisco. Habitaron suites de 1.800 euros al día, parecidas a la que suele usar un Felipe González que allí ideó las joyas de ámbar luego alzaprimadas por Elena Benarroch. El ex andaluz vacacionó en Punta Cana con Mar y la hospitalidad de los Rainieri, grandes urbanizadores de la mejor zona. Fueron con los cuñados Begoña y Pedro Trapote, el empresario de la noche madrileña, siempre con la cartera dispuesta ante el escasamente gastador expresi. Cayetano y Eva González descansaron en un Nueva York donde no coincidimos ni bajo el casi cálido clima de unos 10 grados. Nati Abascal paseó con pamelón en Punta del Este y no cayó muy bien por la super vip playa uruguaya que es feudo de Neneta Varela, exmarquesa de Varela de San Fernando. Las dos coincidieron en Las Huellas restaurante y no se saludaron, evidente forma de evitar compromisos y mal rato igual que Cayetana hizo ignorando a Cary Lapique al quedar frente a frente tras la corrida de Cayetano. Nunca el desprecio ducal pareció más olímpico.

Y ha sido este buen principio de año con estreno hollywoodiense y homenaje a la diva lírica más importante del pasado siglo: Montserrat Caballé cierra, remata y es broche a un ciclo irrepetible con personalidades como Callas y Sutherland; nuestra cantante cierra triángulo de oro y brillantes. Daniel Craig, quizá porque malpiensen que Millenium no logra en cine lo que supuso como best-seller, realzó la première madrileña casi se podría decir que provocando infartos por su masculinidad de aire Connery. Y ofreció inesperado regalo de Reyes posando en su primera foto oficial con Rachel Weisz, que desde el mes de junio último se ha convertido en su casi anónima esposa. Craig alejó su fama de duro oficial como nuevo agente 007 con acaso continuación, como el entusiasmo popular arropando al rey Juan Carlos.

Un año complicado para el Rey.

Un fervor que volvió a repetirse en una Pascua Militar estrenando ministros y añorando relativamente a las infantas Elena y Cristina. Mientras colea el escándalo de Iñaki Urdangarin y su exnovia Carmen Camí, casi abandonada a pie de altar, habló por primera vez desde su retiro catalán de Puigcerdá.

Su majestad entró en año con buen pie. Completamente repuesto de lo que para ellos fue año horribilis con la operación de pecho, el jorobante tendón de Aquiles y este grotesco remate final protagonizado por el todavía duque de Palma que no está en paradero desconocido. Iñaki se desplazó desde Washington con viaje relámpago que la Casa Real calificó de “fantasmal”, razones no le faltan. En Washington tiene a pie de casoplón el sitio acosador de cuatro agencias de prensa españolas prontas a recoger cualquier gesto, salida o brusquedad del matrimonio. Como el viaje casi provocador a la estación invernal de Aspen, donde se concentra el pijerío norteamericano. Iñaki sufrió lógica persecución parcialmente aplacada por los seis guardaespaldas que le custodian, que bien pertenecen al Ministerio del Interior, bien están pagados por una Telefónica con peliaguda cuestión que resolver. Mientras el pueblo clama que deben cesarlo como delegado para Asuntos Hispanoamericanos, cargo que el duque comodón ejerce desde la capital federal tras haber rechazado instalarse en Río de Janeiro o Buenos Aires como le ofrecieron, lo designaron casi por real decreto y a dedo dada su inexperiencia en el campo. ¿Qué medida adoptarán? ¿Gestionará el Rey, mediará quizá pensando en el futuro de su segunda hija y el de los cuatro nietos que no tienen culpa alguna pero llevan un apellido ya ensuciado por el egoísmo paterno? Difícil papeleta a resolver.

Esperemos acontecimientos como el del enfrentamiento de dos agencias de prensa que se unieron para vender pool de las casi 30 fotografías de Urdangarin viajando de América a España con escala en Londres. Una forma de despistar. Los colegas gráficos pactaron negociar para sacarle el máximo dinero al testimonio gráfico de un desplazamiento motivado ante el agravamiento de Urdangarin padre, en estado casi crítico al que ha contribuido decisivamente la imputación de su hijo. Una agencia se adelantó, rompió el acuerdo y negoció el material tasado en 6.000 euros cuando un billete aéreo cuesta 2.500. Malvendieron para el especial televisivo sobre el caso, tarifaron y riñeron. Llevaron el material a ¡Hola! por ver si así daba un respiro al otro tema que son las triquiñuelas trincadoras de Kiko Rivera y Jessica, un amor degradante con idas y vueltas y remolinos enriquecedores. Lo están exprimiendo y a la guapa sevillana le atribuyen desde ansias escaladoras a necesidad de tratamiento psicológico.

Y mientras, se celebró la soleada Pascua Militar donde ya no destaca la indumentaria rompedora de Carme Chacón que ahora actúa con súbito andalucismo oportunista tras su acérrimo catalanismo. Es una peleona protestona, algo que siempre evitan doña Sofía y la princesa Letizia, fieles a la formalidad que impone tal conmemorativa ceremonia exaltadora de méritos castrenses. El Rey exultaba con uniforme de capitán general cuyo fajín con borlas doradas acentuaba un cierto adelgazamiento. Sus mejillas ya sin señales del inoportuno y duradero trompazo zarzuelero y un caminar marcial sin cojera evidente. Gesto distendido y risueño al saludar a Mariano Rajoy, Jorge Fernández Díaz y a Pedro Morenés. Sofía y Letizia casi coincidieron en tonos, no era momento de excederse con todas las miradas revisando o repasando. Resultó impecable el azul Francia que lucía su majestad resguardado con un casi bolero en raso de color negro con solapas aparatosas realzadas por las flores que conformaban el modelo. La Princesa, por su parte, optó por un terciopelo negro quizá excesivamente solemne para una jornada matinal. Lo complementó con un ancho cinturón faja y una chaqueta bajo cintura en raso duquesa azul noche.

En cuanto a Don Felipe, vistió uniforme de la Armada y sorprendió el sonoro y marcial taconazo con que representantes de los tres ejércitos se cuadraron ante la afabilidad de don Juan Carlos.

De ese júbilo hubo mucho en el Liceo barcelonés exaltando el medio siglo de fidelidad de Montserrat Caballé con “su casa operística”. Actuó casi 250 noches en 120 personajes y ofreció los estrenos que luego paseó por el mundo. Óperas conocidas como Madame Buterfly, para la que su médico de cabecera, Alfredo Rocha, le regaló un kimono como el que en tiempos y para idéntico personaje obsequió a Victoria de los Ángeles; la recuperada Medea; la en ella insólita y apenas vista Tristán e Isolda y tantos otros de un repertorio infinito tocando todos los géneros, como La fiamma previa al incendio liceísta donde Montserrat Caballé echó alma y lágrimas, corazón y vida recaudando para su reconstrucción.

Una gala operística.

Momentos que la gala, realzada por el president Artur Mas y el alcalde Xavier Trías, sirvieron para reavivar como esas enormes funciones de proyección internacional. Las recuerda, documenta y actualiza una exposición con más de 1.000 fotos que mantendrán varios meses como reflejo de que fue la diva preferida por el público catalán. No solo cantó, también ayudó y descubrió valores como Josep Carreras, Juan Pons o una María Gallego que casi amadrinó y hoy es feliz como esposa de José Bros, nuestro más firme valor lírico con inmediata cita sevillana para Luisa Fernanda. Por ella reapareció Carlos Álvarez en plenitud de facultades evidenciadas en una aria de Il puritani. Provocó tanta sensación como Joan Pons acogiéndolo bajo su tutela. Todos consideraban exaltadores ese lado menos conocido de la estrella que, además de cantar fue presentadora del acto. Prodigó donosura en su mejor estilo enfundada en un traje rojo de Tot-Hom mientras su hija Montserrat Martí enardeció con otro de color más rosado dándole a lo más difícil de El fantasma de la ópera. Carreras interpretó T’estimo que es, o tal dijeron aunque cuesta creerlo, “la canción preferida de Montserrat”. Fragmentos de Tosca, La forza y Norma fueron cantados como en otra glorificación de los grandes roles que Montserrat deja para la historia.

Lo significaba Carmen Mateu, creadora del festival de Perelada ya en bodas de plata, al lado de Arturo Suqué un tanto ojipláticos ambos ante el alarde exhibicionista de Lamia Khashoggi. Y aunque el gran teatro está curado de espantos y resplandores desde los tiempos en que Amanda Lear no pudo entrar con Dalí porque lucía cuello cisne, concurrir era pretexto para exhibir las últimas creaciones de Dior o Balenciaga, parecieron excesivos los anchos pulserones diamantíferos de Lamia. Los alternó con turquesas igualmente recamadas en brillantes, buen contraste a su traje negro hasta los pies repleto de volantes. Una aparatosa cola de caballo por remate a una admiración que no dejaba de comunicar: “Montserrat Caballé colabora con nosotros en Children for Peace, la institución que animo desde Roma. Actuó para nosotros en varios conciertos en la Ciudad Condal”, dijo. La evocaban mientras Simón Orfila hablaba con una Renata, librera anticuaria milanesa que rescató para Caballé arias traspapeladas en los archivos, mientras Joan Pons componía cuadro familiar con dos de sus tres hijos.

Repaso fotográfico.

Montsita Martí acunaba en su camerino a Daniela, casi recién nacida y su hermano Bernabé Jr, el chico, para la diva que lo trajo al mundo, sobresalió en medio de ambiente chispeante donde repasar fotográficamente los grandes momentos únicos de sus mejores actuaciones. Allí figuran tres fotografía por mí realizadas en mi seguir, o más bien perseguirla en los escenarios mundiales; una recoge cariñoso abrazo con Frank Sinatra cuando la Voz organizó en el Radio City neoyorquino una gala benéfica montada por su esposa Bárbara. Él formó dúo con la entonces triunfadora Diana Ross -que acabó llorando tras un ensayo recriminada por Sinatra-, Pavarotti y Montserrat en insuperable Me chiamano Mimi de La Bohême que recordó Manuel Bertrán Verges, factotum liceísta, a Juan Francisco Marco, Luis Andreu y Nuria Fontcuberta, que no dejó de admirar las doradas cibelinas de la señora de Perelada. José Collado dirigió y aglutinó estilos y fue casi una mágica noche con reparto irrepetible para este testimonio de la fidelidad liceísta de Montserrat, siempre correspondida por el público devoto, adicto y entregado a lo que la crítica mundial definió como “voz d’argente”. De lo que ya no queda, con ella se va una época “porque las cantantes actuales no saben muy bien para dónde tirar”. Así opinó un sesudo cronista reflejando un sentir operístico donde los directores de orquesta o escena ya son más divos, o tal se creen, que los cantantes. Incluso ya ni los anuncian como reclamo utilizando el único gancho del “conductor” cuando la ópera es voz por encima de todo. De ahí que con Caballé se cierre un tiempo glorioso para el bel canto, ¡ay!

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