Tras casarse con Guti, Romina no dejará la tele

20 / 01 / 2012 Jesús Mariñas
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La periodista argentina proyecta seguir trabajando después de su boda con el exfutbolista merengue. La ceremonia está prevista para junio en Formentera.

Parece como de película antigua, algo de fábula con aparente irrealidad: aunque al principio todos cuestionamos con escepticismo tal flechazo, hay que rendirse a la evidencia. Resulta cuento similar a los que la princesa Letizia hojeó en su visita a un salón infantil promocionador de lecturas. Se la vio departir como rejuvenecida, prodigando entrevistas como no suele hacerlo en situaciones de mayor fuste institucional. Auténticamente relajada compartió lecturas y se sentó en el suelo con los pequeños.

Supo adecuarse a unas circunstancias que le caían tan simpáticas como este amor exprés y alocado entre Guti y la argentina que le robó el corazón: han bastado dos meses para flipar al ex merengue que a las dos semanas le declaró su amor y la Nochevieja pasada la sorprendió con el anillo de pedida tras viajar con ella a Tucumán, Argentina, donde Romina fue elegida miss con solo 19 años, hace ya 12. El título marcó su destino, que en junio la convertirá en segunda esposa de Guti tras la azarosa relación, con Arancha de Benito, madre de sus dos hijos. “Todo está siendo muy bonito pese a la rapidez”, me cuenta Romina, que ha buscado ya traje nupcial. Las preferencias se las lleva Rosa Clará, especializada en las novias más significativas del país, aunque no le disgustaría Elie Saab a quien Nati Abascal sigue promocionando. Es una publicidad andante mientras su hijo Luis enfadó a los del siempre generoso ¡Hola!, publicación a la que el pequeño Medina acaba de descalificar quizá por que ya no le financian su inexistente pero productiva relación con Amanda Hearts. Le cerraron el grifo y se venga arremetiendo contra lo que supuso su modus vivendi, los hay desagradecidos.

La chispa del amor.

De película y cuento, insisto. Prodigan la chispa de la vida y el amor. Lanzan fulgores como el brillante de dos quilates con que Romina adorna su anular izquierdo. “Lo diseñó José”, dice. Tiene luminosidad y causó pasmo en Susanna Griso su rebrillo y destellos que auguran diáfana felicidad. “Yo no le regalé nada porque en mi país no hay esa costumbre. Tendré que pensar en algo, acaso una pulsera bonita. No sé, o una cadena para el cuello, aunque ya tiene varias”. En junio, parece que en Formentera, sería la boda. La fecha coincide con el final de su contrato con Espejo público, de Antena-3. “¿Proyectas dejarlo todo –le pregunto– y dedicarte al hogar y tu marido?”. “Ni soñarlo: soy periodista por encima de todo. Intentaré compaginarlo como hacen otras muchas”. “Y pensar, querida, lo mucho que cuestionamos vuestra historia creyendo que solo pretendías trepar”, le digo entonando un casi mea culpa que podrían compartir conmigo otros reticentes a tomar en serio tal enamoramiento, algo impensable con los tiempos que corren: “Pues ya ves, así son las cosas”, comenta ilusionada, especialmente porque tiene muy buen rollo con Zaíra, de 13 años, y Aitor de 10, los hijos del futbolista que todavía no ha resuelto su futuro profesional. “¿Sigue adelante lo de fichar por un equipo chino?”. “José no lo tiene claro. Se encuentra bien en Madrid, y tampoco es cuestión de exponerse: aquí ha recuperado la vida familiar hasta el punto de que pasamos la Nochevieja con su familia. José es muy sentido en todo lo del cariño”, descubre manteniendo su intención de realizar la boda en zona playera cuando el verano empiece. Quieren organizar algo sencillo, poco tumultuoso “y sin exclusiva por medio”, asegura. Suelen escaparse a Ibiza cada fin de semana, “esos días nos sirven para ahuyentar el bullicio y retomar fuerzas. Volvemos con las pilas cargadas”.

Así prodigan la chispa de la vida, igual que el parcialmente recuperado Carlos Larrañaga, que ha pasado el peor trance de su vida, siempre apoyado por su primera ex, María Luisa Merlo, y la cuarta y hasta ahora última, Ana Escribano. Ana Escribano no deja de suspirar por el al actor ahora encamado, que viene a ser lo suyo de casi siempre. Es otro que rompe clichés aferrado a un comportamiento de los que ya no se estilan. De ahí que las cautive y haya ido de flor en flor desde su primera boda madrileña con María Luisa Merlo hace medio siglo a la posterior con la madura Ana Diosdado, una autora desperdiciada, la enfollonada y equívoca con la irascible y siempre alegre María Teresa Ortiz y finalmente la última con esta actriz 30 años más joven que le dio el quinto de sus hijos. Carlos fue trasladado a Benalmádena para ser intervenido por el doctor Sanz, un íntimo de sus hijos Pedro, Luis y Amparo. Es un urólogo de enorme prestigio, aunque muchos no entendieron que Carlos internase en esa clínica malagueña propiedad de Rafael Gómez, Sandokan, un joyero cordobés con múltiples ramificaciones también vinculado a la operación Malaya. Fueron cinco horas de operación con resultado muy optimista. Se hizo justo un mes antes de lo previsto para reaparecer encabezando compañía con la Merlo en un estreno donde Gijón le servía como pista y escenario proyectados de una gira española. La rentrée había puesto el “no hay billetes”, se esperaba un boom de emparejamiento, los matrimonios llevados al tablado siempre funcionaron.

El debut con esta obra se aplaza en principio hasta junio, depende de cómo se recupere Carlos de la operación. Sus hijos estuvieron al pie del lecho, al punto de que lo intervinieron un lunes, día en que los cómicos descansan. Como Luis Merlo anda de gira incesante escogieron las jornadas de reposo para no separarse del padre, que ya tiene 75 que no aparenta. La Merlo cuidó en Madrid a sus nietos pequeños y Ángel, pareja de Amparo y especialista cinematográfico, permaneció sin moverse de la Costa del Sol. Hay optimismo evidenciando cómo Larrañaga tiene un público adicto y encariñado, hijos apiñados en su entorno y exesposas respaldadoras donde la amistad sobrevive al amor.

Historia viva del cine y el teatro.

Un prototipo de figuras con linaje encabezado por su madre, María Fernanda Ladrón De Guevara, y su hermana Amparo Rivelles, luego emparentaron con Ismael Merlo, algo más que modelo magistral de galanura fuera de la escena. Historia viva del cine y teatro nacionales con un catálogo de nunca acabar y romances impactantes. Su imagen pública, a veces frívola, en poco se parece a la real de un ser entregado al trabajo, continuador de un estilo interpretativo con aire de otro tiempo.

Convalecencia estimuladora del reinicio social paralizado por las fiestas navideñas. Unos han vuelto morenos, como Felipe González y Mar tras varios días en la casa dominicana de los Rainieri, socios de Julio Iglesias y Óscar de la Renta, en la súperlujosa urbanización donde hace poco residieron desde Mar Flores a Gonzalo de la Cierva y Patricia Olmedilla. Clinton y Kissinger son habituales y hace dos nocheviejas coincidieron, tomando las uvas o lo que allí ingieran, con Naty Abascal y Cari. Usaron teléfonos móviles para recoger fotográficamente tal momento irrepetible. Clinton posó con Hillary sin suponer el destino final de tales fotos, instantes luego reflejados -y vendidos- al mejor postor. Cari echó mano de tan sensacional y publicitario material como base de un reportaje anunciador para la agencia viajera donde ejerce de relaciones públicas. Lo nunca visto, casi gitanería explotadora de la buena fe de los confiados Rainieri, fue en su hogar donde se desarrolló tal despedida de año recalcado ahora con fines comerciales. Si en su día, o más bien noche, chocó y produjo envidia verlos juntos, hoy provoca críticas y risas incluso enarcamiento de cejas tal oportunismo utilizador de lo que fue siempre encuentro propiciado por la confianza de tan significados personajes mundiales, y es que gracias a los multiplicados portátiles y camaritas uno ya no puede fiarse ni de su sombra, todo por la pasta.

Los descalificaban en cita benéfica que Isabel Gemio celebró promocionando un pase de trajes con destino a su fundación, donde no falló la delgadísima Norma Duval, revestida en negro ya muy admirado. Tampoco los niños Thyssen, finalmente en la Villa y Corte con piso alquilado en La Finca, que supone casi repetitivo catálogo arquitectónico del avispado Joaquín Torres. Desplazó a La Moraleja como objetivo expositor de poderío social y económico. Ofrece más famoseo por metro cuadrado que cualquier otro sitio de España o la apabullante Sevilla de Curro Tello y los Alba incluidos. El alcalde bético debería subvencionarlos como pregoneros de la excelencia ciudadana ya que componen un enlace constante promocionando la bella ciudad andaluza.

Por otra parte, el último estreno de Álex de la Iglesia fue ocasión para consagrar a José Mota como actor tragicómico. Emparejado a una Salma Hayek que riñó con el rijoso Juan Luis Galiardo, parece que siempre conflictivo porque no entienden sus cachondeos, fue acontecimiento casi bienvenida al curso recién iniciado. Debutó el nuevo ministro de Cultura, esperaban a González Sinde pero evitó confrontaciones avergonzadoras. Alfombra roja con nueva hornada de caras conocidas y nombres por adivinar. Diana Navarro se mostró feliz de haber cambiado temporalmente la copla que canta como nadie -tan solo equiparables al ya excelso Miguel Poveda- por el flamenco jondo. Jesús Olmedo realzaba galanura combinando morado y gris, mientras Mónica Hoyos anunció: “Hago en Perú una nueva versión de Betty la fea”. Paco León no parecía satisfecho del cabaré que produjo y protagonizó y Cristina Rodríguez contó: “Salma Hayek me pidió un diseño de un vestuario barato, algo que no te exige ninguna estrella. Confieso que me costó hacerlo”, confesaba ante una Nuria Roca siempre risueña, y eso que su falda larga floreada no era excepcional ni vistosa.

 

Los kilos perdidos de Mota.  

La chispa de la vida es patética, un alegato contra la explotación que hacemos del corazón y su comercialización televisiva. Mota lo refleja sin perder la sonrisa. “Perdí tres kilos con el personaje”, descubrió ante un Andrés Vicente Gómez emocionado por la ovación que generó la aparición fugaz de Concha García Campoy alimentando la desenfadada tragedia que, para colmo, tiene por marco el Teatro Romano de Cartagena, uno de los mejores conservados de España tras el destrozo hecho en Sagunto en tiempos de Marsillach como director general del teatro. Laura Dibildos llegó con Luis Motola, su próximo galán en la película chilena Alaska.

Natalia Figueroa estaba impactante con abrigo blanco y añoró Ibiza cogida de su consuegro José Bono. “No quiero saber nada de la política, empiezo el año o década sabática”, me dijo atenuado con chaqueta de terciopelo verde oliva. Otro que soltó peso igual que Juan Muñoz aunque se le nota menos: “Pero corro cada mañana, y así compenso el despendole nocturno”, aseguró a una Mónica Hoyos, indumentariamente más ligera que Lucía Ramos con bufandón. También estaban Juan Diego Botto, bajo abrigo como Rafael Medina, Silvia Alonso y una Angie en loor de multitud bajo su minifalda combinando rosa y encaje negro y sobre altísimas plataformas forradas semejantes al short de Norma Ruiz, de un blanco omo, mientras Vanesa Romero mostró satisfacción ante Elena Ballestero por la nueva tanda de La que se avecina, siempre apoyada en Alberto Caballero, su guionista y en ocasiones director.

 

Première optimista rematada con una de las ovaciones más largas que he oído tras un estreno. Es película que engancha, inquieta, entretiene, documenta nuestra cotizada realidad y te pone el alma en un puño. Es de los grandes títulos del cine patrio que seguramente abarrotará y se llevara varios Goyas. Igual que Inma Cuesta o un José Mota que rio mucho con Carolina Bang, novia de Álex de la Iglesia, estremecedora en su entrevista casi póstuma con el aprovechado protagonista creado por Mota. Cualquier parecido con nuestra realidad no es pura coincidencia.

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