“Rocío sigue en Houston”

10 / 04 / 2006 0:00 Jesús Mariñas
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¡Gracias!

Su hermano Amador contesta con palabras más o menos tranquilizadoras a las preguntas sobre su estado de salud. Los rumores crecen por la falta de claridad.

Parece la ceremonia de la confusión. No hay un portavoz oficial, de ahí los infundios: su familia se contradice y hasta genera caos informativo. Cada uno habla y cuenta lo primero que le viene en gana: Amador Mohedano evitó hablar de intervención, Rocío Carrasco aseguró lo contrario, la hermana Gloria pone tranquilidad y sus dos hijas, todo lo contrario. Los rumores han crecido las últimas horas asegurando que Rocío Jurado vive sus postreros momentos en la clínica de Houston, donde un par de veces también coincidió con Laura Valenzuela y su hija Lara, madre e hija también sufrieron parecido trance. El caos es creciente y despista según quién tenga la palabra. Desde el optimismo del primer momento asegurando que “Rocío ha sido dada de alta”, a lo último, afirmando que tiene las horas contadas, o casi, Dios no lo quiera. Hay representantes de las cinco agencias de prensa que montan guardia a pie de centro especializado afirmando que “le han puesto un catéter del cuello al hígado porque existe metástasis” y versiones tranquilizadoras que razonan sin dislates, desmadre ni especulación pura y simple. Amador habla claro desde su afianzamiento madrileño mientras su sobrina y su esposa Rosa Benito están al pie del cañón. Prestan apoyo, dando ánimos y sacrifican su bienestar doméstico por acompañar a la sufriente.

–Ella va apoyándose de pared en pared –me confiesa su único hermano varón, que no está en la sombra como es habitual. Sabe y es consciente de que Rocío precisa una tranquilidad aumentada por la reconfortadora presencia de sus seres queridos y el apoyo de un Ortega Cano que no se aparta de su lado.

–Pero mira que dicen y dicen, Amador: que si el catéter, que si la metástasis, que si le han aconsejado no moverse de Miami como lanzasteis tras la intervención. Uno ya no sabe a qué carta o con qué pronóstico quedarse.

–Mira, lo de Rocío “está ahí”, no hay duda. Pero tenemos esperanza...

–Ya, pero ha sido internada en vez de recibir el alta tras la extracción del líquido en el bajo vientre o una vena obstruida, que son las versiones más creíbles de cuanto se viene diciendo. ¿Puedes aclarármelo?

–Rocío optó por no moverse de la clínica, y eso puede confirmarlo el doctor Brown, para no estar entrando y saliendo con el agobio de la prensa captando todos sus gestos. “Prefiero instalarme aquí, no moverme hasta que usted lo crea conveniente”, planteó al médico. De ahí que esté internada en el centro. Es por esa y no por otra razón, te lo aseguro.

–Te creo. ¿Qué futuro ves?

–Está por ver, pero no se está muriendo como afirman algunos ni tampoco es que se haya restablecido. Todo está en manos de Dios. Insisto en que eso está ahí. Rocío no entiende qué pasa en España con su salud. “Pero, ¿por qué dicen tantas tonterías como me comentan?”, me preguntó en nuestra última charla.

Ortega Cano calla y sufre, la cuñada es indispensable para tenerla bien atendida y su hija Rocío no se ha movido aunque en principio proyectaban estar tan sólo tres días. Pero ya llevan quince, señal de que el tema no es tan suave como pretenden. Cuando del programa de María Teresa Campos la telefonearon al conocerse su divorcio ya oficial de Antonio David Flores, Rociíto simuló no oír bien. Un chasco decepcionante, ella que durante años cobró de María Teresa por estar en casa. Nadie esperaba tal reacción, tiene madera de actriz:

–¿Cómo, quién llama? No oigo nada –fingió al otro lado del hilo telefónico porque el programa la contactó tras así indicarlo Fidel Albiach, ése que está haciendo bueno al padre de sus hijos. Insistieron con el mismo descorazonador resultado. Al hacerlo, otro chasco: había desconectado el móvil acaso para no explayarse en el estado de su madre o precisar si, como Antonio David asegura, aún hay 40 millones de bienes gananciales por repartir. –Rocío se los ha fundido. Pero conservo los recibos y el dato de lo que había en las cuentas corrientes –me descubre su ex, aquel del que se prendó cuando todavía era menor de edad. Caprichosa y obsesionada, la niña puso a sus padres contra la pared: “O me dejáis quererlo, o al momento de cumplir 18 me lío con él”, amenazó bajando la guardia. Hicieron lo que querían y aquello acabó como el Rosario de la Aurora: desde hace tres años, por mandato judicial, los dos niños están quince días con cada padre y un mes durante las vacaciones. “¿Ahora mamá podrá volver a casarse?”, parece que demandó la niña a su padre al saber el divorcio por informaciones televisivas. La presunta y no desmentida gravedad de la Jurado, tampoco confirmada con certificados médicos orientadores, propala miedos, recelos y despiste igual que en los primeros días de su mal, aquel verano de 2004, cuando todo era una cortina de humo. Ojalá quede en eso y “la más grande” vuelva a ser la de siempre y hasta promocione el disco que con desvergüenza TVE ha lanzado al mercado sacándole partido al mal terrible. Que hay mucho cuerpo o buitres alimentándose de la carnaza gemidora. Menudo oportunismo más indeseable.

Reafirmación monárquica. Parecía un acto de reafirmación monárquica acaso preciso con lo que está cayendo. Oportunismo no puede negársele: de archiduquesa a archiduquesa, de primo a prima. De Luis Alfonso de Borbón a Catalina de Habsburgo, esa que pudo llegar a reina de España en un tiempo en que coincidieron en Madrid, juntas y casi revueltas, ella, Tatiana de Liechtenstein y Carolina de Walburg. Entonces se pensó en una operación casamentera para el Príncipe Felipe acaso propiciada desde altas instancias que ahora fallaron, salvo en el caso de Leandro de Borbón, en lanzamiento tan reivindicativo. Parece que no gustó que Luis Alfonso, duque de Anjou y heredero de la corona francesa, fuera anunciado como Alteza Real. Y que no dejaran de repetirlo en cada presentación. Morbo por ver cómo su descendiente Catalina rehabilita, trata o entiende a la última reina de Francia o de qué manera la interpreta el duque de Anjou.

Aunque había más curiosidad por ese bautismo de fuego, pieles y buen perfume que reunió un refinamiento ya casi inexistente en los madriles: de la elegancia italianizante de Piru Urquijo al señorío de Orieta Gerardini. De la marquesa de Tamarit ya sin alivio y vistiendo granate a Miriam Ungría pegada a un bolsón. Del Leandro de Borbón que esperaba inútilmente ser sentado por alguien de protocolo –no lo hicieron y acabaron cediéndole un asiento de penúltima fila– a la eternamente joven duquesa de Franco, a quien su nieto preferido cada día se le parece más. La misma mirada profunda, inquieta, curiosa y vivaz. De tal palo tal astilla. Más delgado “o mejor redistribuido” según propia confesión, el duque impactó con el tono mesurado, tranquilo y sin atropellos de su voz al hablar de “nuestra común antepasada”. María Antonieta fue archiduquesa de Austria, lo mismo que Catalina. En primera fila, su padre el archiduque Rudolf de Austria con su segunda esposa, Gabriela de Wreve, que, entusiasmada, utilizó su camarita digital para captar la casi persecución de los fotógrafos. La duquesa de Fernandina puso exquisitez genética y Tomy Osinaga, en tweed ribeteado de terciopelo granate, su cariño por Luis Alfonso al que tutela desde hace años. Osinaga triunfa y abarrota su teatro madrileño formando irresistible dúo con Kremel en Esa extraña pareja. La calidad siempre funciona, como en el caso de esta biografía “escrita desde la piedad” que Catalina de Habsburgo hace de María Antonieta. Pausada, lánguida, muy principesca y con dejo romántico, leyó el último capítulo del libro y casi arrancó emocionadas lágrimas. Evocó con tal sentimiento que parecía vívida recreación cinematográfica, como la que Sofia Coppola acaba de filmar en los escenarios naturales y donde mi amiga Paz Blázquez, RR PP del Gran Hotel parisiense de la rue la Paix, santanderina y ángel de la guarda de cuantos caen por el alojamiento inaugurado por la Emperatriz Eugenia, hace un pequeño papel. Gracias a ella conocí lo ahorrador que es Spielberg.

Bodas y peleas. Ritual y casi ceremonial palaciego, nada que ver con lo que ahora practica Trini Jiménez casando. Por eso la rebautizaron como la obispa y vi su buena mano emocionadora, casi con el sentir de la archiduquesa recordando a su antepasada, al unir a Víctor Sandoval y Nacho Polo tras once años de relación casi permanente. Vestidos por Gucci y Dolce&Gabbana, fueron amadrinados conjuntamente por Alaska y Patricia Pérez, que compartió con Víctor aquel rompedor, divertido y añorado ¡Mamma mia! Hubo mariachis, rancheras de “no Señor, yo no me casaré...” y felicitaciones de íntimos como Massiel, Francine Gal o la imponente María Casal, que triunfa haciendo de enfermera cinco estrellas. En semejante eventualidad no se verá Sara Montiel, o mucho cambia Giancarlo Viola. Firme en su postura de macho a la antigua usanza, no la vio ni la llamó. Y ella pagó con la misma moneda ignoradora. No parecen modales, formas ni reacciones de setentones, más bien pataleta de quinceañeros antojadizos. Pero Viola no está dispuesto a renunciar, lo dejó claro:

–Sólo volveré si Antonia me pide en matrimonio. Quiero mandar. Ser el hombre de la casa. Llevar los pantalones–. Silenció lo de si también pretenderá administrarla. Porque yo recuerdo, años 70 en Barcelona, cuando la Montiel, entonces en su momento, hacía teatro y prohibió que los porteros dejasen entrar al entonces enamorado quizá algo aprovechado. Fui testigo de más de una intentona fallida de Giancarlo que tras la muerte de Elpidia, anticipó su regreso a Roma cabreado. Aunque ella lo justificó con un “fui yo quien le dije que marchara para atender a su hijo. Gianca se mantiene en sus trece:

–Me da lo mismo, caso de que haya boda, instalarme en España y sacar adelante un proyecto televisivo que ideé para los dos–. Olvida que siempre fue sombra de la cantante, que lo imponía como galán de sus filmes, cuatro o cinco de pareja. Y no los mejores, donde Sara encantó enlazada a Raff Vallone, Maurice Ronet, Jorge Mistral o Antonio Cifariello, galanes rompedores de la época. Lo mismo que Antonio Banderas lo es ahora. Sus cuarenta y cinco cuajaron, saltó a la vista viéndole reaparecer la gélida noche de los Premios Goya.

Elegancia primaveral. Aunque más que bajo un Madrid nevado, nuestras caras fílmicas parecían anuncio de El Corte Inglés como anticipo de “la primavera ha llegado”. Como la mayoría iba de prestado y habían saldado ya la colección otoño-invierno, debieron recurrir a lo porvenir. De ahí el aire aterido, encogido y friolero de la mayoría: Silvia Abascal batió récords con la espalda al aire de su traje Valentino color malva, mientras Chenoa se arrebujaba aparentemente feliz remarcando pandero, o más bien trasero, bajo un raso traicionero. Modelo nada favorecedor bien opuesto a lo exhibido por una mayoría que, gracias a esa generosidad cededora de las marcas, apenas recurrieron a la tan llevada línea Imperio, como no fuera el caso de Elsa Pataky, con su gran delantera en una especie de huevera amarilla sobre cuerpo de gasas drapeada firmado Nina Ricci. Hasta el alto peinado con guedejas laterales la convertía en nueva Paulina Bonaparte. Pero fue excepción-bellezón también por hacer tándem con Michael Youn, ese novio de ida y vuelta, galán realmen te jardeliano. “¿Y eso qué es?”, demandará el francés –muy famoso en su país pero prácticamente desconocido entre nosotros.

Noche de más pretendido que real glamour con excepción hecha de una Goya Toledo como salida de La Cenicienta a la hora de ir al baile, se confundió de escenario. Lo suyo era un desenfoque tan apabullante como el gazar chocolate formando godets avolantados de Fiorella Faltoyano. Le faltó actuar de anfitriona al ser la pareja real, contundente y hasta maciza de Méndez-Leite; que lo diga sino su reenfajamiento en La calumnia, versión escénica que hace con Cristina Higueras, buen mano a mano donde el receñido salta a la vista con escasa estética. Como para el agosto ibicenco concurrió la siempre tiesa Belén Rueda, con cursilón traje de CH, su floreado cinturón rosa era una poema. Miriam Díaz Aroca vistió como recién salida de Mira quién baila, cual Ginger Rogers envuelta en capas de tul amortiguadas por un renard argenté grisáceo con más calvas que servidor, su pelaje totalmente apagado. En el lado opuesto pudieron verse, más que admirarse, a la doblemente premiada Isabel Coixet con un Stella McCartney versión popular, las rotundidades cárnicas envueltas en raso oliva y brocado bordado de Ana Arrieta, directora de la Academia de Cine, junto a una Carmen Caffarel como émula de Jane Fonda en alguna de sus películas de cine negro. Impactó el collar en corales sin tallar de la señora Almodóvar. Porque aunque Pedro se dio de baja en la Academia, su hermano Agustín permanece afiliado como productor.

Rockera. Aitana Sánchez Gijón rejuveneció con cancanes de rockera como para hacer Los años jóvenes de Cliff Richard, mientras Carmen Maura realzó calidad enfundada en un Lorenzo Caprile bordado en paillet negro sobre el que sobresalió un blusón de seda rojo tomate. Candela Peña mostró un Cavalli un tanto achaparrador que no mermó su calidad artística, mientras Micaela Nevárez parecía luminaria hollywoodiense al estilo sirena inmortalizado por Esther Williams, y Carmen Alborch evocó a los Reyes Magos retrasados bajo abrigo fucsia acolchado, buen contraste al platinado de sus extensiones laterales. Se le pasó el furor por los multiplisados Miyake mientras la físicamente transformada Pilar López de Ayala recordó a Grace Kelly en alguna película principesca, tan pacato era el modelo gris perla pese a ser palabra de honor. En lo que a exhibicionismo pectoral ser refiere, Ariadna Gil desbancó al resto con una idea de David Delfín bastante clásica de línea imperio venida a más.

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