Las luces y las sombras de la boda de Guillermo y Catalina

06 / 05 / 2011 Jesús Mariñas
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La pareja ha dado el paso para convertirse en marido y mujer. Este enlace es la culminación de una relación de ocho años de duración, con paradas, idas y venidas.

Todo resultó victoriano y barroco, se imponían Haendel y Porcel con fanfarrias de la London Chamber Orchestra dirigida por Christopher Warren-Green. Tocados espectaculares que ya solo usan en Gran Bretaña y de las que el madrileñizado Michel Meyer toma buena nota mientras el colocado Philip Treacy firmaba la pamela en pajilla clara de Camila Parker que lució como pocas veces bajo abrigo combinando, que no contrastando, azul con tableada falda rosa viejo.

Era el mismo modelo usado por Maribel Yébenes cuando hace dos años casó a su hija y heredera Miriam. Mil euros de pamelón sencillo y caído sobre la derecha, es una constante en cuantas acudieron al principesco enlace de Westminster. Plumeros, copas descomunales ya tan representativos de aquella society que pierde los estribos con una copa de jerez, y hasta aires retro muy belle époque en una Letizia tal salida del Orient Express.

Omnipresente recuerdo de Diana.

Todo era rememoración, evocaciones y hasta recuperación de espectros, Lady Di parecía la atemorizadora o irreal sombra de Rebeca y también el fantasma de Hamlet. Sobrevoló en todo momento y fue imposible no tenerla presente, sobre todo por el parecido físico casi clónico de su hijo, el contrayente príncipe Guillermo, futuro heredero de lo que queda del imperio inglés. La misma mirada cabizbaja, esa sonrisa tímida que cautivó cuando Diana irrumpió, cautela de movimientos y siempre como pidiendo perdón. Diana omnipresente. Todavía la veneran y su antigua residencia de Kensington Gardens estos días se llenó de flores y velas depositadas por manos anónimas. Inglaterra honra a sus muertos incluso caídos en una batalla más sucia y cortesana que la disputada bajo una trinchera.

Todos razonan que ella sabía dónde se metía porque nadie en la Corte intrigadora ignoraba cómo el príncipe Carlos mantenía relación extramatrimonial con Camila. La suya parece, o así lo creo, la mejor historia de amor del pasado siglo, superadora en mucho a la también hoy recordada de los duques de Windsor, el un día fugaz rey todavía hoy cuestionado en su sexualidad

–homosexualidad, según contó el bailarín Antonio- al atribuirle a Wallis idénticas habilidades cameras que a Gala, Dalí.

Tuve perspectiva única desde una de las cuatro gradas montadas a la prensa en distintos puntos del itinerario, más bien cortejo procesional. Me colocaron justo enfrente de la abadía donde el deán de Westminster ofició bajo capa pluvial de un lamé dorado que compitió con el amarillo canario en una lanilla fría usada para el conjunto de Isabel II.

Destacó por encima de todos en un prodigio de sencillez bajo tocado con cierto aire cordobés también de similar amarillo huevo.

Uniformes rutilantes, guerreras como de otro tiempo, rojos, dorados y azules rememoraron glorias pretéritas. Un alarde militar de lo más reluciente, impecables dorados y botas altas. Todo lo vi, capté y recogí desde mi panorámico sitial, a diez metros de la entrada principal, tan solo nos separaba una calle, la del desfile, porque a primera hora habían levantado el campamento improvisado por entusiastas que llevaban tres días durmiendo en carpas y tiendas. Era la mejor manera de asegurarse visualizaciones y lugar privilegiados.

Semejó un medieval campo realzado por banderas coloristas, atuendos increíbles y mucha jarana. Osciló entre los caballeros del rey Arturo y Camelot con algo de Robin Hood. Compartí estrado con lo más significado de los medios, allí estaban apretujados desde Mari Ángeles Alcázar, incluso con traspiés y caída que le propició dos escayolas a Pepe Jiménez, que posee la mejor colección de retratos de la princesa de Asturias.

En primera persona.

Era curioso descubrir el entramado, retransmitir el ir y venir o tráfico de informadores en un plató improvisado en la terraza del andamio metálico, donde lo mismo cruzabas a colegas bajo estricto chaqué de los que promocionan el Scalpers de Rafael Medina, estilo donde destacó la apostura ya caballeresca de David Beckham. Eclipsó el entorno bajo chaqué de un gris casi negro sobre pantalón mini rayado, una enorme condecoración de Caballero con sobresaliente cinta roja no sobre el corazón, que es lo estipulado, realzó su solapa derecha, menos apropiada. Por esto lo criticaron aunque ni un pero provocó la siempre polémica –y embarazadísima de cinco meses- Victoria bajo diseño suyo: un abrigo blusón con falda dégradée alargada detrás, disimuladora de su gravidez y el anular brillantazo de ocho quilates. Era traje azul petróleo un tanto opaco pero se significó por un tocado de lo más complicado –aunque no como la especie de lira de la mayor de Sara Ferguson, de tal palo tal astilla- que le caía a media frente igual que el chapeau modernista en rosa tierra de nuestra Princesa de Asturias. Completaba así un Felipe Varela que no acierta cuando toca revestirla para ceremonia. Lo suyo es más deportivo y de calle. Nadie atina como Lorenzo Caprile ideándole trajes de gala o fiesta.

Ni como Margarita Nuez, con doña Sofía: era perfecto el dos piezas en raso morado con ocho botones lazo combinando la gama de rosas y malvas. Fue de sus grandes apariciones y la sobriedad indumentaria casi se opuso al recargamiento rebordado de Letizia que, como remate, ocupó su mano izquierda intentando contener un imponente chal en la misma gama cromática. La reina odia ir cubierta y se puso ligero tul moteado en morado firmado Mascaró.

Orden y desconcierto, que de todo hubo en tan variopinta grey con Alberto de Mónaco, ya en capilla, casi indumentariamente empastelado en gris perla con su prometida Charlene, al lado de los grandes duques de Luxemburgo, la cubana María Teresa con bastantes kilos más. Harold y Sonia de Noruega mantienen tipo, lo mismo que nuestra Sofía, protagonista de cábalas de todo tipo al alojarse en el clasicismo del céntrico Hotel Claridge’s, el de toda su vida en el exilio, mientras Felipe y Letizia prefirieron el más moderno y menos a mano Hilton. La lista se completó con Margarita de Dinamarca o la seriedad de la marroquí Lalla Salma, esposa del monarca que promete cambios que nunca llegan. De ahí las renovadas protestas actuales.

Desfile de elegancia.

Constantino de Grecia, Simeón de Bulgaria, Miguel de Rumania y Alejandro de Yugoslavia fueron sentados en tercera fila porque ya solo son historia de países y monarquías extintas. Margarita Gómez-Acebo, españolísima madre de los búlgaros, se hizo notar bajo un rígido casquete de paja negro y el conde Spencer, trincón hermano de Lady Diana, por su más que incipiente obesidad.

¿Trajes destacados? El de Zara Phillips, hija de la princesa Ana, única hija de Isabel II. También el de la exSpice Girl y lo acertado del conjunto armonioso de Camila, antaño tan degradada y hoy objeto casi de veneración y respeto. Las sobrinas de Diana, Amelia, Eliza y Kitty, parecían actualizada versión de las trillizas de oro.

Y es que el tiempo siempre pone a cada uno en su sitio. Cuestión de paciencia y espera, qué no sabrá Camila Parker en tiempos tan denostada, o qué no cavilaría la soberana británica al ver llegar a una plebeya –aunque de familia buena, pero sin títulos, eso sí- rompiendo tradiciones seculares en la dinastía que primero fue Tudor y hoy reina como Windsor. O el desgraciado amor de la hermana de Isabel II, la princesa Margarita con Twonsend, desechado porque no era noble, ella se dio a beber con penas de las que no mata el licor.

Las gélidas y góticas paredes del templo fueron animadas con varios árboles muy verdes y naturales que el príncipe Carlos indicó como decoración “para darle humanidad al granito”. Lo consiguió mientras los tres coches de caballos llegaban a la puerta con alfombra roja guiados por palafreneros, engalanados guías de los pajes, el cortejo nupcial lo formaban: Lady Lousie Windsor, Eliza Lopes, William Lowther-Pinkerton, Grace von Cutsem y Margarita Armstrong-Jones. Iban al mando de Philippa Middleton, la sexy y parecidísima hermana de Catalina –antes Kate- muy rompedora de tradiciones y saltándose el siempre rígido protocolo. La pusieron a caldo y algo más al acentuar figurón bajo un receñido traje sirena color marfil, algo así como un blanco deslavado y sucio, de generoso escote casi maternal y espalda cerrada por sesenta y ocho botones forrados en gazaro. Cautivó por fina estampa, atención a los pajes llenos de plisados, y parece que encandiló al divertido príncipe Enrique, hermano y padrino.

El esperado vestido de la novia.

Tal especulaban esa mañana que el hombre del tiempo pronosticó lluviosa y desapacible cuando resultó nebulosa y luego alegrada por un sol muy de agradecer por el casi millón de ciudadanos que colapsó todo el entorno que va del Parlamento a Picadilly Circus, una valla metálica circundaba lo que se conoce como mall con un perímetro de casi 15 kilómetros. Sus accesos se encontraban cortados, al igual que las estaciones de metro, que cuesta nada menos que ¡cuatro libras! por trayecto, casi seis euros. Un disparate. Salir de semejante entorno casamentero me costó dos horas justas hasta que se reanudó el servicio del suburbano.

Catalina llevaba cuerpo de encaje, recordaba insinuando cuello princesa el de Grace Kelly cuando se transformó, más por dinero que por amor, en princesa de Mónaco. Manga larga, talle receñido dando pie a una falda lacia, vencida por el peso del raso brocado con motivos florales y apenas cola, insinuando polisón, ideada por Sara Burton, la continuadora de Alexander McQueen, suicidado en febrero de 2010, deprimido por la muerte de su madre. Traje decepcionante y poco acorde con el majestuoso marco catedralicio. Un sencillo ramo de apenas 40 centímetros era complemento al también sencillo velo de tul con simple cenefa bordada. No llegaba a la cintura y quedó muy pobre incluso bajo la diadema –que no tiara, conjunto de tres coronas como la papal, conviene precisarlo porque induce a errores- Cartier formando ramas onduladas semejando alas en diamantes.

No es de los grandes trabajos de la firma y la reina se la prestó ocasionalmente a su nueva nieta política. Parece que a Catalina le costó aceptarla y lo hizo obligada por el entorno. Le puede lo aparatoso.

Fue gran protagonista de esta unión que remata ocho años de relación con parada, idas y venidas y hasta desesperación -de ahí que la rebautizasen como la Paciente Kate, igual que al príncipe Carlos también le llaman el Paciente heredero, ante la solemne longevidad de su madre y soberana–. Puestos a tildar y remarcar, el tono zafiro que hizo famosa a Diana y que Catalina usa hasta en el anillo orlado de brillante –su versión barata la vendían a 14 euros- se conoce ya como azul Kate, otra manera de significar esta boda, récord televisivo con 2.000 millones de seguidores.

Siete mil periodistas acreditados en una magnífica organización de la BBC donde cada uno abonó casi 1.000 euros por recibir carné y ubicación y donde los informadores gráficos frente a Westminster protestaron porque los autobuses de la realeza bajada de sus Rolls y Bentleys ocultaba prácticamente el descenso hasta la alfombra roja que medía 75 metros en su recorrido hasta el altar. Aseguran que todo costó 23 millones y que el turismo habrá dejado 600 millones en gastos extras. Porque se vendía de todo. Era el paraíso del cutre souvenir coronado, desde paraguas con la doble efigie nupcial hasta preservativos reproduciendo las risueñas caras de Guillermo y Catalina.

Mario Testino, el fotógrafo peruano tan amigo de Lady Di, a la que retrató antes de morir, vecino de un añorante Elton John de chaleco crema bajo plastrón morado, lució corbata purísima y suya es la foto oficial de los nuevos duques de Cambridge, título que la reina adjudicó al recién formado matrimonio y que proyecta -y así lo solicitó a the Queen, su abuela- no tener mucha representación los dos próximos años para que el matrimonio se consolide y el príncipe acabe su formación militar en Escocia. Aunque algunas encuestas le dan como próximo rey por encima de su padre, el Paciente Carlos, la mayoría prefiere mantener el orden dinástico porque romperlo resultaría desestabilizador en pueblo tan tradicional.

Y vamos con ellas, hojeo y ojeo, incluso con tiro al blanco: quizá la mayor pifia fueron los chafarriones de Alicia y Amalia, robustas hijas de Sara Ferguson, lozanas como una manzana reineta. Abundantes tocados de Philip Treacy y altos tacones Louboutin, los de Victoria Beckham producían efectos contrarios, empequeñecían en vez de alargar a la menuda preñada de gesto siempre tenso. Medían 15 centímetros.

Salmón y azules pastel como colorido predominante por encima del tieso y elegante raso acerado de Zara Phillips. Muy floreado combinador de verdes y lilas en la princesa Ana, la futura condesa Spencer optó por un rosa fuerte mientras la consorte marroquí alardeó folclóricamente con caftán salmón y dorado. En Máxima de Holanda destacó la gargantilla muy pegada al cuello, por sus enormes brillantes del tesoro real, la joya más destacada sobre su encaje crema firmado por Valentino en un traje de chaqueta realzador mientras Marie Chantal Miller optó por un gris azulón salpicado de ramaje plata conformando lavanda. Lo firmaba Chanel, que era gusto de sus caras preferencias ante la retirada de Valentino.

El príncipe Pablo de Grecia adelgazó mucho y su cuñada Tatiana también impactó bajo azules. Es bellísima.

Morales reúne a su familia.

Y de una isla a otra, cambiamos de boda, Carmen Morales eligió Ibiza para dar el sí a Luis Guerra otro tan paciente como Catalina -antes Kate-. Ciento cincuenta invitados, ausencia de exclusiva –insólito en estos tiempos- y posado tras una ceremonia civil oficiada por el alcalde de San Miguel, Martí Martí en la Hacienda Nasimena.

Cuatro días de festejo, solaz y relax bajo un sol que apenas brilló, la contrayente realzada por un vestido de Rosa Clará sin velo: era un tul de seda natural con escote palabra de honor y tenía la cintura con bordado corselete muy vintage, vaporoso y de línea romántica. Junior ni habla con Antonio, su único hijo varón, ante la desesperación de una Shaila más robusta de lo habitual que aprovechó el viaje al festín para hacer nuevo anuncio de perfume Escada. Allí vistió cual princesa hindú tal alguno de los colonizados todavía por Isabel II que pusieron exotismo y color en la cita londinense.

Luis Guerra, propietario de los Holliday Gym, optó por un sencillo traje que ya tenía. No hay viaje nupcial y en eso sigue lo de Guillermo y Catalina, exKate, porque ella tiene compromisos teatrales ya que se transformó en óptima actriz además de tener una de las bellezas más dulces de España. Su carácter sin embargo es otra cosa y en ocasiones saca un genio que nadie supone.

Más pompa y circunstancias, esta a ritmo de chotis y zarzuela. Esperanza Aguirre y su Comunidad festejaron a los mejores con medallas de oro como la cultural otorgada a la baronesa Thyssen. Tita adelgazó y bailaban en sus finos tobillos las tres trabillas de los Chanel bicolor. Los llevaba bajo un traje abrigo de rígido lino blanco porque la mañana pegaba con temperaturas tan altas como el bullicio callejero. Estrella Morente, que con su madre recogió medalla al desaparecido Enrique, iba blanquinegra entonando con el ya característico y siempre oscuro Javier Conde, tan luminoso ante los toros como es José María Manzanares, que rindió a la Maestranza sevillana en tarde tan memorable como aquel 17 de abril de Curro Romero en sus póstuma faena ferial.

Massiel se echó perlones encima, Mari Luz Barranco optó por tonalidad coral mientras Paloma O’Shea recurrió a lo marfileño, Ana Rosa Quintana vistió pata de gallo muy british igual que la presidenta Aguirre, a quien Tomás Gómez arrinconó para arrancarle debate televisivo cara al 22-M.

“Lo haremos cuando quieras. Pero en Telemadrid, no en TVE, que no me fío”, le hizo quite, aplaudido por Ana Botella que hablaba de Bin Laden con cierta pena “porque nadie, ni él merece morir así”, con Cristina Alberdi sobre abollonada falda acero con plata, mientras Rodrigo Rato era admirado por la ternura que despliega Alicia Fernández. Se deja querer y se nota, iba muy ancha como Pepe Sancho revestido de indiano en blanco, Raúl Sender sin ansias televisivas y Paco Valladares con un moreno tan de bote como el de Zapatero.

Sensación televisiva.

María Kosty, combinando lilas como la refinada Ana Samboal, en raso morado bajo rebeca -lo que se estila- al tono. Es sensación de las noches televisivas por bellezón y estilo único. “Desde la Mateo no había salido nada parecido”, magnificaban ante una Petra Mateos en brocado granate casi regio, nada que ver con la sencillez de Almudena de Arteaga, la aparatosidad de Blanca Marsillach, el gesto cáustico de Fermín Lucas o un José María Álvarez del Manzano sin hombro donde apoyarse.

Y dicen y redicen como de la apagada María José Cantudo con falda negra tres cuartos bajo endurecedor moño. Cristina Cifuentes impactó con un abrigo gris azulado con flores bordadas tal salido del enlace inglés y despertó curiosidad a una Paloma Segrelles de blanco anticipador de altas temperaturas. La tuvo, al menos en el cabreado gesto de Tomás Gómez, cercando a Esperanza Aguirre, que no perdió tono, elevó la voz, ni descompuso un pelo de su perfecta melena. Tras vencer el cáncer, no se asusta por nada. Es nuestra Dama de hierro sonriente siempre como no lo hizo la Thatcher, ausente en los fastos de Westminster.

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