La herencia de Fraga

20 / 01 / 2012 9:41 Gregorio Peces-Barba
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En la larga vida política de Manuel Fraga en su primera etapa podemos identificarle como franquista reformista con respuestas ambiguas en la buena dirección –autorización para Cuadernos para el Diálogo– y en la mala justificando el confinamiento de profesores progresistas con motivo de la muerte –hoy asesinato- de Enrique Ruano, de acuerdo con el Tribunal Supremo.

En este caso, refiriéndose entre otros a mí, justificó la sanción, muy onerosa, a profesores, entre ellos la mía, por “haber colaborado de alguna manera con la subversión estudiantil”.

Su capacidad reformista se consolidó tras la muerte de Franco y a esos objetivos dedicó toda su vida hasta su enfermedad que le hizo dimitir del Senado en las últimas elecciones. Tuvo un papel decisivo y único para atraer el mundo democrático y constitucional a sectores amplios e importantes de la derecha. Muchos de ellos eran franquistas que consideraban que el régimen se podía suceder a sí mismo. Frente a otros miembros de su grupo que no votaron la Constitución, luchó con lealtad para que saliera adelante, aunque no participaba de la bondad de todos sus preceptos, especialmente los del Título VIII sobre las autonomías, aunque cuando le tocó aplicarlo lo hizo con toda lealtad y con toda exigencia. En algunos aspectos su aportación fue decisiva como, por ejemplo, en el tema del Defensor del Pueblo. El desarrollo de ese tema en el artículo 54 de la Constitución se hizo a partir de una proposición de Ley del grupo socialista, porque UCD en el Gobierno nunca quiso hacerlo. El grupo de Fraga colaboró muy a fondo  e incluso la denominación viene de una propuesta personal de Fraga. A lo largo del desarrollo de la institución Fraga siguió muy de cerca la evolución y cuidó del buen fin de la misma.

Durante mi presidencia del Congreso de los Diputados colaboró desde el principio, al votarme su grupo, con lo que fui el presidente más votado de la democracia con 331 votos de 350. Durante aquella legislatura colaboró en la gobernabilidad del país facilitando mi propuesta de reuniones periódicas entre el presidente González y el Jefe de la Oposición Manuel Fraga. Fueron muy útiles y ayudaron a resolver muchos temas políticos y a impulsar muchos acuerdos. En este detalle aparece el carácter constructivo y colaborador de Fraga a diferencia de sus sucesores, Aznar y Rajoy que nunca, ni en los temas más generales, ayudaron al Gobierno. Con él eran fáciles el diálogo y los acuerdos. Por eso en mi etapa de presidente creamos la figura de Jefe de la Oposición poniendo a su disposición medios económicos, materiales y personales para realizar su función. Algún medio de comunicación atribuye esta organización al Gobierno y a su presidente. Así se escribe la Historia, porque en Moncloa no sentían gran entusiasmo por la idea y lo hice sin su parecer, como decisión propia y muy justificada del presidente del Congreso.

Creo que Fraga merece un puesto de honor en la historia de España. Si ser consecuente es a mi juicio una virtud, también lo es tener el valor de rectificar para seguir el buen camino.

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