Nostromo

04 / 10 / 2011 13:56 Ignacio Vidal- Folch
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¡Gracias!

Recomendaría a todo el mundo que, por lo menos una vez en la vida, conduzca un programa de televisión.

me ha gustado mucho... No, mucho no: bastante. Me ha gustado bastante pilotar el programa de Televisión Española dedicado a los libros y a sus autores Nostromo. Hemos grabado cerca de cuarenta emisiones, he tenido ocasión de charlar en antena con un centenar de ensayistas, novelistas, poetas, filólogos y editores, y dentro de nuestras modestas posibilidades, y considerando mi nula experiencia en la televisión, creo que hemos ofrecido a los espectadores españoles un programa literario no completamente indecoroso. Por lo menos yo no me avergüenzo, y eso ya es decir mucho.

Yo recomendaría a todo el mundo que, por lo menos una vez en la vida, conduzca un programa de televisión. Para mí, que durante muchos años desprecié este medio e incluso me jactaba de ello, trabajar en la tele y hablar allí de libros ha sido una experiencia curiosa y una fuente de sorpresas. Para empezar, me ha hecho salir de casa, a lo que normalmente soy tan remiso. Eso ya es mucho. Luego, la vivencia de extrañamiento existencial que depara maquillarse, disfrazarse con la ropa que me proporcionaba una estilista, ropa que algunas veces era la misma que usaba el presentador de Saber y ganar (parece que nuestras osamentas miden aproximadamente lo mismo), y andar así enmascarado por pasillos desiertos, en naves de hormigón como búnkeres enterrados, camino al plató, y luego, deslumbrado por los potentes focos, mirar y sonreír al ojo ciego de la cámara, ha sido enriquecedora: una representación elusiva y fugaz y artificial dentro de la misma representación fugaz de la artificiosa vida.

Luego, la televisión me ha permitido observar el desempeño de curiosos y especializados empleos, de oficios extraños como el muy estresante de “realizador” (teníamos una realizadora muy eficiente, llamada Ester, ignoro el apellido, es inteligente y tiene nervios de acero); también gracias a Nostromo he podido ver desde dentro cuán difícil es realizar algo –un programa de televisión- que el espectador da ya por garantizado cuando aprieta un botón en el mando a distancia; y por fin todo esto me ha hecho releer, y en algunos casos descubrir, a muchos autores contemporáneos españoles, y a alguno suramericano como Fogwill, no nos dio tiempo a invitar a muchos más. Ha sido enriquecedor encontrar, incluso en aquellos autores cuya estética o cuyas ideas están en las antípodas de las mías (procuré mantener la neutralidad o el equilibrio y no seleccionar a los invitados por criterios de afinidades personales o ideológicas, sino de calidad), valores, talentos, recursos estilísticos parciales; autores, o libros, de los que te gusta todo hay muy pocos. Ni Flaubert, ni siquiera Tolstoi, están sin tacha. Yo no adoro ni a Borges. Dice Bernhard en Maestros antiguos que no hemos venido aquí a admirar sino a comprender; y tenía toda la razón. La perfección no es de este mundo, eso ya lo sabemos; lo curioso ha sido también descubrir qué estimulantes imperfecciones y qué diversas autorías se ofrecen a la curiosidad intelectual del lector español de principios del siglo XXI. En fin, muchos beneficios para una cosa tan simple como un programa de tele.

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