La expo de Cirlot

26 / 12 / 2011 13:46 Ignacio Vidal-Folch
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En Barcelona dedican una exposición al poeta, pequeña pero muy recomendable, donde el creador está bien entrevisto.

creo que no he hablado nunca aquí de Juan Eduardo Cirlot, seguramente el poeta más importante, por personalidad y por atrevimiento, o por lo menos el más interesante, de la posguerra española. A mí me resulta por lo menos más atractivo que los, por otra parte, tan interesantes poetas religiosos del círculo de Panero, que los existencialistas como el gran Dámaso Alonso, que los del círculo barcelonés de Gil de Biedma, tan influyentes en cierta escuela de hoy, y que los surrealistas puros y coherentes como el Aleixandre de “espadas como labios”. Y Dios sabe que a todos ellos los he leído con excitación e interés. Me gustan los postistas, claro, como el inolvidable Crespo y como Ory, con el que Cirlot sostuvo una gran amistad.

Pero Cirlot es... ¿cómo decirlo?... Me recuerda aquel diálogo de la tragedia, reinterpretado por Cunqueiro:

“-Ha llegado un hombre que se parece a Orestes.

-A Orestes solo se le parece Orestes.

-Entonces, ha llegado Orestes.”

Hablo ahora de él, de Cirlot quiero decir, porque en Barcelona le dedican una exposición en la que podemos ver alguno de sus fetiches, entre ellos una espada medieval que forma parte del tesoro de la catedral y a la que jamás hubiera prestado yo la mínima atención si no fuese porque él le atribuía un gran valor simbólico y estético, hasta el punto de bromear con su familia sobre la idea de robarla... Dibujos, ediciones, manuscritos. Y entre otros fetiches, los rostros fantasmales, proyectados en la pantalla, de algunas actrices de cine a las que, con aparente arbitrariedad pero con una “lógica interna” extrema el poeta atribuía una belleza sublime, trascendente e inspiradora de una obsesión larga y de poemas y de ciclos enteros de poemas. Es muy curioso que Cirlot se “enganchase” durante años a esas figuras de la pantalla como don Quijote se enganchó, como idea espiritual y motor de su andadura, a la primera labriega que anduviera por los alrededores de su poblacho, y más curioso que no eligiera Cirlot como Dulcineas a las grandes estrellas de la época extremadamente atractivas como por ejemplo Ava Gardner o quizá, unos pocos años antes, Marilyn Monroe, sino a actrices secundarias, sin duda mujeres de gran encanto pero que no alcanzaron a convertirse en iconos populares. Eso sin duda fue adrede. Una de ellas, Rosemary Forsith, la protagonista de El señor de la guerra, se convirtió en tema del ciclo de Bronwyn, que es uno de los experimentos poéticos, musicales, permutatorios y mágicos más fascinantes que pueda imaginarse, afortunadamente bien preservados y editados por un volumen de Siruela. Por cierto que yo me precio de tener un ejemplar en mi biblioteca, y no se lo presto ni a los arcángeles cuando vienen de visita y preguntan: “Oye, qué tienes que podamos leer”...

Hace unos años Bonet, cuando dirigía el IVAM, si no recuerdo mal, le dedicó a este poeta una gran exposición. La de Barcelona es pequeña, pero muy recomendable, porque allí está aquel admirable creador, si no entero, bien entrevisto. Gracias a esa exposición su venerada mónada leibnitciana habrá engordado, sin duda, y sigue creciendo porque yo he escrito este artículo sobre él y porque usted lo ha leído.

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