El talento del señor Aira

28 / 01 / 2011 0:00 Ignacio Vidal-Folch
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Este excéntrico autor argentino publica cada año cuatro o cinco libros, casi todos delgados y siempre interesantes.

28/01/11

EN LAS PASADAS FIESTAS de Navidad y año nuevo leí cinco o seis novelas de César Aira: El divorcio, El error, Los dos payasos, Las noches de Flores, La confesión. Puede sonar un poco excesivo, pero la verdad es que este excéntrico autor argentino, al que todos los críticos sitúan entre los más destacados de la literatura iberoamericana actual, suele publicar novelas cortas, o relatos largos, de manera que leer seis títulos en 15 días no es una performance extraordinaria.

¿Por qué tantos libros del mismo autor, y seguidos? Aira no es sólo un creador que rompe moldes y abre espacios nuevos, sino también una especie de fenómeno humano intrigante, aunque no habla de sí mismo en sus libros, y lleva, me parece, una vida típica de escritor, una vida sin aventura ni otro interés especial que el de sus especulaciones y juegos mentales. Intriga por lo que calla.

Sucede con él como con, por ejemplo, Josep Pla, el célebre periodista que para muchos catalanes es el no va más de la escritura del siglo XX: nos asombra, en primer lugar, su tremenda productividad y desenvoltura; en segundo lugar, su talento específico como escritor, o sea, la innovación que aporta al género que cultiva; en tercero, el hecho de su irregularidad, de sus defectos, de sus insuficiencias, que acaban constituyéndose en un atractivo más. Son escritores que conforman un mundo mental especial, y que suelen arrastrar adhesiones fanáticas.

Aira publica cada año tres, cuatro o cinco libros, casi todos delgados y siempre o casi siempre interesantes. Suele pasar cuando uno se topa con una personalidad fuerte que de entrada le provoque rechazo. A mí me pasó con su Aniversario, me pareció desaseado, improvisado. Pero inducido por un amigo cuyo criterio respeto, insistí con la fabulita perversa de Los dos payasos y comprendí que asiste a este narrador una inteligencia grande, juguetona y triste, de una tristeza quizá impostada pero efectiva, y un uso magistral de los recursos narrativos que arma y desarma a su gusto, como se arma en la pista la jaula de los leones mientras los dos payasos representan sus trillados sketches.

Dicen que el contenido de los relatos de Aira no es otro que su propio alarde técnico en el arte de narrar, pero que lo hace tan bien, cuenta tan bien, que el resultado justifica ese meollo vacío; y dicen también, por el contrario, que en todos sus relatos parece haber una metáfora, un mensaje que se intuye entre líneas y que se nos escapa. Ambas cosas son ciertas. Un episodio en la vida del pintor viajero, a propósito de un accidente que sufrió Rugendas, el pintor naturalista alemán del XIX, cuando cruzaba a caballo la pampa argentina, es asombroso por muchos motivos pero aquí sólo apuntaré las soberbias descripciones de paisajes y de fenómenos físicos, como si el narrador quisiera empatarse con el pintor al que ha elegido como protagonista. De todo lo que he leído de Aira quizá este libro sea el más perfecto y el más turbador. También el menos abundante en quiebros narrativos espectaculares: marcas de fábrica de Aira son comenzar un relato y abandonarlo por otro que surge al paso (El error), que las digresiones acaben convertidas en el cuerpo del relato, que el título aluda sólo a las primeras frases del libro (El divorcio) o a una trama secundaria (La confesión).

Para el lector cansado de las novelas tradicionales y de las formas previsibles, todo esto resulta muy excitante y constituye una bendición.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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