Artistas al borde de la demencia

17 / 10 / 2017 Ignacio Vidal-Folch
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Un artista es ante todo una personalidad. Ante todo una exageración. Alguien que se sale del sentido común. 

Brossa

Un artista es ante todo una personalidad. Ante todo una exageración. Alguien que se sale del sentido común. Es una idea de desmesura lo que da un aura atractiva a su obra, a sus ideas, que pueden luego concitar nuestro interés durante toda la vida o solo durante la temporada otoño-invierno. Ahora pueden verse en Barcelona dos estupendas exposiciones retrospectivas y en cierto sentido complementarias, y hay también una tercera exposición que solo puede verse con la imaginación y que para mí es la que les da un segundo secreto sentido a las otras dos.

En la Pedrera puede verse la obra de Joan Ponç, pintor vidente en las fronteras de la demencia, retratista de elfos, monstruos, arlequines, brujos, magos y animales más o menos monstruosos moviéndose con pasos rígidos por espacios caóticos iluminados por la erupción de volcanes, espacios en los que el infierno, el subsuelo, la superficie del planeta y el cielo se siguen sin diferenciarse. Son paisajes pavorosos y a la vez oblicuamente exaltantes. Se los suele definir como infiernos medievales o visiones del mundo despojado de la pátina consoladora de la cultura, pero yo los considero más bien como representaciones del aspecto que tendrá la Tierra dentro de cincuenta años. Ya he dicho que Ponç era un vidente. 

Y en el MACBA, la retrospectiva Brossa. Si Joan Ponç era un visionario torturado, Brossa era un disidente en zapatillas al que el ayuntamiento llegó a financiar su modesta vida a cambio de que en su testamento le legase a la ciudad su obra, sus archivos, creo recordar. Poeta surreal y artista de objetos-ideas, o de objetos-ocurrencia, a veces geniales, y que él no se ocupaba de crear: él daba la idea y algún ayudante la realizaba en el mundo físico. La exposición es muy completa y documenta su afición a los espectáculos de magia e ilusionismo, su idea de que el mago y el poeta son una misma cosa, y también algunas performances que fueron históricas. 

Brossa y Ponç fueron compañeros en el grupo Dau al Set (Dado en el siete) que recuperó el gusto por las vanguardias en 1948, en el erial del convencionalismo de la época. En aquel grupo seminal se incrustó el poeta y crítico Juan Eduardo Cirlot, de quien el año pasado celebramos el centenario –aquí mismo le dedicamos algún recuerdo–. Fue Cirlot el que de regreso de un viaje a París informó a los artistas de Dau al Set de por dónde soplaban en Europa los vientos de modernidad, que no eran los del postsurrealismo sino los del informalismo y la abstracción. Era Cirlot el artista más logrado de todo el grupo, el más raro y el más loco de España. El recuerdo de sus versos y de las exposiciones que se le tributaron, hace años, en el IVAM y más recientemente en el Santa Mónica, conforma esa tercera exposición fascinante que completa las otras dos y que ahora puede verse solo con los ojos cerrados.

Joan-Ponç-01

Joan Ponç

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