Las diversas versiones de Ruiz-Gallardón

14 / 02 / 2012 Gregorio Peces- Barba
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La nueva faz del exalcalde de Madrid se ha revelado en rasgos de devoción y de adhesión inquebrantable a Mariano Rajoy, que le ha hecho ministro.

Durante su mandato como presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón trató con respeto y consideración a las universidades madrileñas, incluida la Carlos III, a conciencia de que había sido una creación del Gobierno socialista. Siempre encontré como rector su apoyo y su ayuda económica, como la tuve antes con el Gobierno del Estado y con Joaquín Leguina, primer presidente autonómico. Alberto, siempre que pedíamos su colaboración para la Carlos III la encontramos con generosidad. Yo valoraba esa actitud porque era un hombre culto que reconocía el valor del esfuerzo, de la inteligencia y de las cosas bien hechas.

El primer síntoma de que tenía otra versión distinta de su personalidad pude percibirla en la última y ajustada victoria socialista en los años noventa, cuando durante mucho tiempo tuvieron la impresión, que parecía justificada, de que ya ganaban entonces. Todavía tuvieron que esperar una legislatura. Atizó algunas intervenciones triunfalistas que luego no tuvieron buen fin. Reconozco que me sorprendió ese cambio de figura y esa pérdida de compostura que entonces se esbozó. No se repitió con tanta claridad la imagen cuando ganó en dos legislaturas Aznar, no sé si porque él siguió en el ayuntamiento, o porque su entusiasmo era menor con Aznar. La realidad es que la nueva faz ha resucitado en rasgos de devoción y de adhesión inquebrantable a Mariano Rajoy, que le ha hecho ministro. Lo peligroso de la nueva faz es que es competente sobre materias muy serias en el ámbito del Derecho y de la Administración de Justicia que comprometen la organización del Estado, los procedimientos y las libertades y los derechos ciudadanos. De su gestión dependen muchas claves para el equilibrio de los poderes y de las funciones. Por lo que hemos podido saber de sus propias palabras, mala tempora currunt en ámbitos sociales de la convivencia. Sus ideas nos hacen retroceder en algunos casos hasta los orígenes de la Transición, y en otros hasta el siglo XIX.

De todas formas, más que eso preocupan sus concepciones del Derecho y de la Justicia, que son ligeras, superficiales y que demuestran, una vez más, que ganar unas oposiciones de juez o de fiscal solo garantiza conocerse los temas con los que aprobar, pero no lo que el Derecho supone en profundidad. Sostener que el gobierno de los jueces debe ser administrado por los propios jueces es un error de bulto, porque estamos ante un poder del Estado que no se puede dejar en manos de sus usuarios principales ¿Qué diríamos si los funcionarios reclamasen el gobierno y la autoridad máxima del Poder Ejecutivo? Todo el mundo pensaría que estaban locos y que habían perdido el sentido común y el buen juicio. Los jueces tienen que ser autónomos en el ejercicio de la administración de Justicia, cuando resuelvan un caso concreto que tienen que juzgar. Nadie puede interferir en las resoluciones que dicten en el ámbito de su competencia de acuerdo con las leyes y los procedimientos. La extensión de esa autonomía al ámbito gubernativo y de dirección de un poder del Estado es un signo de ignorancia y de necedad que ningún jurista puede cometer sin desdoro para su buen juicio. Creo que ese peligro que encierra la propuesta de Gallardón será lo que impida su realización y su puesta en marcha. Otras propuestas, como la cadena perpetua revisable, son retóricas y carecen de contenido y solo pueden impresionar a personas sencillas que hacen que eso añada algo a un sistema de penas que es de los más duros de Europa. Tampoco ha dicho nada sensato sobre el Tribunal Constitucional, donde lo único razonable debe ser que los magistrados, al acabar su mandato, tengan que ser sustituidos en el plazo máximo de treinta días.

Hay otras ocurrencias que denotan imaginación y también ignorancia. El Derecho no es expresión de voluntarismo, ni de sometimiento al poder. Supone respeto a la razón y a las reglas del sentido común. Nuestro ministro tiene que mejorar en esas virtudes.

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