No educar: peligro de muerte

03 / 06 / 2011 Fernando Savater
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El asesinato en Afganistán de un director de escuela por admitir niñas en sus aulas confirma que el camino para cualquier revolución pacífica, no sectaria ni partidista, es una educación de calidad sin exclusiones.

03/06/11

LA NOTICIA HA SALIDO EN POCOS periódicos y en páginas interiores, su nombre no ha sido repetido por los telediarios, estoy casi seguro de que no tenía perfil en Facebook ni cuenta abierta en Twitter. De modo que seguramente ustedes no le conocerán ni tampoco sabrán de su gesta: ya está a punto de tragarle el olvido que no merece. Porque fue un héroe, pero uno de verdad. No un héroe de los que saben triunfalmente por qué matar sino uno de los más raros y preciosos: de los que saben humildemente por qué merece la pena morir. Es decir, no fue un héroe de la conquista y la imposición, sino un héroe de la verdad y por tanto de la libertad. Me gustaría celebrarle con unas modestas líneas por última vez, antes que definitivamente ustedes (y yo también, ay) le borremos de nuestra ajetreada memoria.

Se llamaba Jan Mohammad y era director de la escuela de Porak, un pueblo en la provincia afgana de Logar, a menos de un centenar de kilómetros de la capital, Kabul. ¿Su delito? Contra el dogmatismo integrista de los talibanes, que lo prohíben como el peor de los pecados, se empeñó en admitir niñas en sus aulas para que fuesen educadas como el resto de los infantes de su edad. Grave osadía, que si fuera imitada por otros valientes acabaría con la discriminación de las niñas en ese país (de más de seis millones solo van a la escuela dos millones y medio, pero menos del 20% con regularidad). Siguiendo ese camino se corre el peligro de conseguir que aprendan a leer y escribir algo más del exiguo 12% de mujeres afganas que hoy son capaces de hacerlo. ¡Intolerable! De modo que Jan Mohammad fue tiroteado a sangre fría por los talibanes a la puerta de su casa y murió ante los ojos de uno de sus hijos, también herido en el ataque.

Es un suceso entre tantos otros, un muerto más en la lista de las víctimas de la violencia, una tragedia individual que se difuminará entre tantas tragedias colectivas de nuestra actualidad, fraguada con masacres y tsunamis o terremotos. Merecerá poca reflexión por parte de tantos expertos occidentales dedicados a contarnos los peligros del terrorismo islamista para nuestras democracias pero que rara vez se ocupan de quienes en los países musulmanes se arriesgan a enfrentarse sobre el terreno al fanatismo: no por darnos gusto a nosotros, sino por defender los valores de una dignidad que no conoce razas ni fronteras. Y una vez más se confirma una de las pocas convicciones progresistas que hoy no admiten duda: el camino para cualquier revolución pacífica, no sectaria ni partidista, es una educación de calidad sin exclusiones. Así deben sentarse las bases de cualquier otro tipo de liberación a que legítimamente pueda aspirarse, en la política, en las relaciones sociales, en la autonomía de costumbres de las personas.

La educación es la liberación no sangrienta –salvo la sangre de sus mártires, claro está- para que el pasado no condicione el futuro y lo aprisione en dogmas

por siempre jamás.

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