Los libros peregrinos

21 / 08 / 2006 0:00 Fernando Savater
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Paseando por la calle mayor de Hayon- Wye, me puse a pensar en el extraño destino vagabundo de los libros.

20/06/06

Fata sunt libelli, dijeron –si me torpe latín no vuelve a fallarme– los clásicos que precedieron a nuestra lengua: los libros pequeños y también los grandes tienen cada cual su propio destino, su idiosincrásico ir y venir escrito en el parpadear fatal de ciertas estrellas. Ellas determinan (sigo hablando en metáfora) los sentidos propios o colaterales que recibirán esas páginas, su marginación o su éxito –a veces ambos– y también el enjambre de sus interpretaciones. O el olvido, piadoso y atroz.

Festival literario.

Hay-on-Wye es una pequeña población en el Herefordshire inglés, el borde verde y ondulado que linda con Gales. Una comuna que no tiene ni 1.500 habitantes y que cuenta con la asombrosa provisión de casi cincuenta librerías, prácticamente todas dedicadas al libro antiguo o usado. No es un cementerio de elefantes literarios, porque los libros bien tratados no mueren aunque sean manoseados por muchos sino que se enriquecen y ensanchan: como las amantes y los amantes que amaron demasiado... Desde hace más de una década, en Hay se celebra un festival literario en el que los escritores charlan con sus lectores, los poetas declaman y los científicos explican sus teorías, se ve a premios Nobel junto a políticos o autores de best sellers y el libro, la herramienta más poderosa y avanzada inventada por el hombre, es celebrado de todas las maneras posibles. ¡Que son muchas, tantas como temas puede haber sobre los que escribir algo! Porque una librería (o una biblioteca) es como una farmacia: en ella hay remedios legibles para todos los males humanos, desde la ignorancia a la melancolía, y también pociones mágicas que proporcionan saber, regocijo o acicate erótico. Eso sí, no faltan tampoco los venenos...

Paseaba yo por la calle mayor de Hay esa mañana soleada y tibia de junio, pensando en libros que corren, viajan, vuelan y cruzan los mares. Y recordé mi anterior festival, el mes de enero pasado, celebrado en Cartagena de Indias. Ahora el evento literario de Hay tiene sucursales en otras ciudades, como en esa villa colombiana o próximamente en Segovia, España. Durante el festival de Cartagena no sólo disfruté de los célebres atractivos turísticos del lugar sino que también fui a visitar una escuela situada en la colonia Nelson Mandela, un barrio muy pobre que los visitantes en busca de ocio playero y bellezas coloniales tendrán poco interés en frecuentar. El calor era agobiante pero no había agua corriente: sólo dos o tres veces a la semana les visitaba el camión cisterna. Quienes me acompañaron me mostraban las chabolas en que allí se vivía, fabricadas con elementos azarosos e inverosímiles, comentando: “Ya ve, son casas de paroy...”. Como no identificaba a qué material de construcción se referían, aclararon: “Las llamamos así porque son para hoy, mañana quién sabe si aún duren...”. No había calzadas, ni aceras: a la escuela se llegaba como se podía. Las maestras y maestros del centro llevaban más de medio año sin cobrar pero rebosaban entusiasmo: me hicieron acordarme de aquellos monjes medievales que, en territorios saqueados por los bárbaros, copiaban y guardaban los manuscritos en que se cifraba una cultura arrasada, pero que algún día volvería a despuntar.

Gloria.

Y allí estaban las niñas y niños: oscuros de piel y clarísimos, deslumbrantes de alegría, desparpajo y curiosidad. Me preguntaban sobre todo, con risa y sin tregua: de dónde venía, a qué hora solía escribir, cómo se me ocurrían las ideas y si tenía novia. Luego me hicieron un baile para demostrarme lo contentos que estaban de tenerme allí. Yo apenas podía balbucear palabra porque me ahorcaba la emoción y la admiración también. ¡Cuánta jubilosa energía, capaz de derribar murallas de egoísmo y ceguera! Lo necesitaban casi todo pero se merecían aún mucho más... Entonces vi que en los pupitres había unos ejemplares de mis libros, castigados por el uso y también ascendidos a una inmerecida gloria por la bendición de tantas manitas morenas. Me sentí ridículamente orgulloso. Me pareció que no todo era vanidad o rutina, que yo había sido capaz de dar algo, de prestar servicio donde hacía falta. Una sensación que tuve también en Guatemala, al visitar un pequeño autobús que era además biblioteca rodante y hallar en él uno de mis libros. O cuando un colega de universidad me enseñó la fotografía de la modestísima casa de un estudiante guineano en la que se había alojado una noche: pude identificar en una repisa el lomo de otra obra mía... Lanzados al océano de la incertidumbre, todos esos libros cuyas limitaciones conozco demasiado bien –gavillas de perplejidades, ideas y sueños– habían llegado por fin a buen puerto. Que a vosotros, hermanos lectores, y también a mí se nos depare el último día un hueco no menos acogedor y útil en la gran biblioteca del universo.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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