La ceremonia de los adioses
Lo más importante no es que la violencia acabe de una vez por todas, sino cómo acaba: porque el terrorismo solo muere cuando abandona sus amenazas y atentados sin haber logrado lo que buscaba.
me tomo la libertad de pedirle prestado a Simone de Beauvoir el título de esta nota sobre el último -¿penúltimo? ¿antepenúltimo?- comunicado de ETA. La retórica, como siempre, es abominable, aunque encierra un esperado mensaje positivo: el anuncio del cese definitivo de la violencia por parte de la organización terrorista. Por supuesto no se trata de una concesión generosa, sino del reconocimiento de su fracaso militar: ETA se ha estrellado contra el Estado de Derecho español, contra las instituciones democráticas, las fuerzas de seguridad y los movimientos cívicos que alzaron a la ciudadanía frente a ella. Sin embargo, ese cese “definitivo” de la actividad criminal (que en otras ocasiones ya fue anunciado como “indefinido”, “permanente”, etc...) se plantea con paradojas: ETA no habla de disolverse ni de entregar las armas (¿para qué las quiere, si ya no va a haber violencia?) y se ofrece como interlocutor directo con los Estados español y francés mientras pide una mesa de partidos para dirimir cuestiones políticas y “superar el conflicto armado” (¿qué conflicto de tal tipo puede haber si ETA, que era su única causante, renuncia definitivamente a la violencia?).
Las cautelas y recelos que suscita este comunicado no tienen por qué ser fruto de la mala voluntad de una derecha que prefiere prolongar el final del terrorismo, puesto que no llega bajo un Gobierno de su signo (tampoco el apresuramiento en proclamar ese final es forzosamente motivado por el deseo de la izquierda de apuntarse el triunfo). Hay razones para alegrarse y motivos para dudar, unos y otros posibles de argumentar fuera del sectarismo. Lo que debe subrayarse es que lo más importante no es que la violencia acabe de una vez por todas (hace décadas podría haber cesado ya, si hubiésemos cedido a las exigencias terroristas), sino cómo acaba: porque el terrorismo solo muere cuando abandona sus amenazas y atentados sin haber logrado lo que buscaba.
De otro modo se enquista, perpetúa y legitima. En el caso vasco, las víctimas de ETA fueron los ciudadanos que apostaron por las instituciones de la España democrática, gracias a las cuales el nacionalismo no violento –incluso el independentista- participaron en el Gobierno de la comunidad autónoma desde comienzos de la democracia. En su comunicado, ETA no solo no muestra el mínimo arrepentimiento humano o al menos político por tal hostigamiento criminal, sino que pretende que el Estado suspenda sus funciones y discuta con ella un nuevo plan de ruta a su gusto y conveniencia. Sería no solo suicida, sino también indecente que una malentendida euforia por el fin de la violencia llevara al Estado a asumir tales exigencias como premio de consolación a quienes la han ejercido y renuncian a seguir haciéndolo. En Euskadi no ha habido ningún “conflicto armado” al modo irlandés o palestino, sino una agresión terrorista contra la ciudadanía democrática; y ahora no hay ningún “conflicto político”, entendido como déficit de representación democrática, sino la lógica pugna entre proyectos diferentes que puede y debe canalizarse en el parlamento constitucional. En cuanto a los presos por delitos de terrorismo –siempre en mejor situación que los por ellos asesinados- solo queda aceptar las sentencias judiciales para quizá más adelante aplicar medidas de aligeramiento de las condenas en ciertos casos individuales.


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