Generosidad selectiva
Aunque se desaprueban los métodos criminales e intimidatorios, se está dispuesto a lanzar un manto protector y benevolente sobre aquellos cuyos argumentos nos suenan más próximos al ideario propio.
Hay cosas a las que nunca logro acostumbrarme del todo. Por ejemplo, el distinto rasero que intelectuales y periodistas a los que tengo por razonablemente progresistas (que son mi familia y por eso me preocupan) aplican a la hora de valorar los atropellos antidemocráticos cometidos por extremistas de izquierdas y de derechas. A estas alturas, supongo que todos admitimos ya que la barbarie que asesina, coacciona o al menos intimida pretende legitimarse con una gran variedad de soportes ideológicos, unas veces políticos, otras religiosos e incluso éticos (como los de quienes atentan contra las clínicas abortistas o los laboratorios que llevan a cabo experimentos con animales). Lo adecuado, creo yo, es calibrar la reacción socialmente pertinente ante cada grupo de malhechores de acuerdo con la magnitud de sus fechorías y no por el sesgo ideológico de sus justificaciones. Incluso supongo que a la gente de izquierdas deberían sublevarle especialmente los violentos que se dicen izquierdistas, a los de derechas los que se reclaman de la derecha y a las personas religiosas quienes cometen desmanes en nombre de la religión, porque enturbian los ideales que ellos consideran más dignos.
Sin embargo, las valoraciones no suelen funcionar así. Aunque se desaprueban los métodos criminales e intimidatorios, se está dispuesto enseguida a lanzar un manto protector y benevolente sobre aquellos cuyos argumentos nos suenan más próximos al ideario propio. Se ha visto recientemente en el caso del dudoso cese definitivo de la violencia anunciado por ETA (alguien lo ha comparado con gracia al famoso minicuento de Augusto Monterroso: cuando se despertó, el dinosaurio etarra todavía estaba allí). Ante el ya célebre y bien orquestado comunicado, ha habido una ampulosa explosión de optimismo por parte de medios de comunicación y políticos considerados progresistas. Por lo que nos cuentan, solo la derecha más reaccionaria y cavernícola se ha negado a compartir ese júbilo... que significativamente no ha tenido más que muy tímidas expresiones entre la recelosa y atemorizada ciudadanía vasca. Bueno, en casos como este cada cual tiene derecho a ofrecer su interpretación, sea de buena fe o interesadamente oportunista.
Pero no deja de sorprender la prontitud con que para algunos los rostros más visibles de Batasuna, empezando por el aún encarcelado Arnaldo Otegi, se han convertido de inmediato en gente pacífica y progresista, a quienes hay que extender cuanto antes y sin que ni siquiera lo pidan el certificado de buena conducta. Dudo mucho que si el País Vasco hubiera padecido durante décadas un terrorismo de extrema derecha que hubiese cometido cientos y cientos de asesinatos en nombre de ideales fascistas, el cual finalmente hubiera tenido que deponer las armas obligado por la contundencia policial y el repudio social, sus portavoces políticos encontrasen una acogida tan generosa y comprensiva por quienes se consideran portavoces de la esencia humanista de la democracia. En tal hipótesis, ¿se habría pedido también con vehemencia un diálogo sin exclusiones y la amnistía más o menos incondicional de sus presos? Permítanme dudarlo. Se diría que para algunos invocar principios izquierdistas, aunque sea de modo torticero, sigue siendo un salvoconducto que garantiza la absolución al menor gesto positivo, con olvido del daño causado y de los derechos conculcados del resto de la ciudadanía.


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