El revés de la toga

28 / 02 / 2012 12:27 Fernando savater
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Para unos, Garzón es un mártir de la justicia inmolado por rencores fascistas; para otros, era él quien martirizaba la justicia con sus manipulaciones y todo le está bien empleado.

Solo las almas simples, tan espontáneamente sectarias y ciegas a los matices como los niños son aficionados a las golosinas, tienen claro en un sentido o en otro la compleja peripecia judicial que padece el juez Baltasar Garzón. Para unos, es un mártir de la justicia inmolado por rencores fascistas; para otros, era él quien martirizaba la justicia con sus manipulaciones y todo le está bien empleado. Los demás, aunque seamos pocos, padecemos una serie de contradicciones que nos hacen vivir este lamentable asunto con bastante más zozobra. Intentaré resumir la mía personal.

En primer lugar, creo que la figura de Garzón tiene a su favor dos méritos nada desdeñables: uno, la calaña especialmente nociva de los delincuentes que ha perseguido, fuesen terroristas de ETA o del GAL (con sus respectivas tramas civiles de apoyo, casi peores que los propios ejecutores), narcos, corruptos, criminales de la Guerra Civil o el abominable Pinochet; otro, su determinación y dinamismo en la lucha contra el delito, que volvió a reconciliarnos a muchos con una justicia que nos parecía desdeñable por apática, lenta y melindrosa. A mi juicio, las actuaciones de Garzón fueron decisivas para poner a ETA contra las cuerdas en la sociedad vasca, atajar de raíz la tentación de un terrorismo parapolicial amparado por el Estado, impulsar la necesidad de una justicia efectiva de ámbito internacional, etc... Reconozco tener con él una deuda de gratitud difícil de saldar.

También es cierto que desde antaño acompaña al juez Garzón cierta fama negativa, de instructor apresurado y chapucero de los casos. Lo que es más grave, se le considera poco escrupuloso a la hora de respetar procedimientos que obstaculizan los fines punitivos que persigue. Y quienes formularon contra él en primer lugar tales reproches no fueron ultraderechistas (como creen los desinformados, sobre todo de fuera de España) sino los abogados del entorno etarra, los izquierdistas que les jaleaban y los socialistas indignados al ver en la picota a ministros de Felipe González por culpa del GAL. Le llamaban “el juez Campeador”, “el juez de la horca” y lindezas parecidas. Aquellos días escribí un artículo en su defensa, titulado Gora Garzón. Ahora la acusación por escuchas telefónicas indebidas a abogados por la que ha sido condenado recuerda mucho a otras que se le hicieron antes. Por cierto, quizá los jueces guardaban alguna animadversión contra él, pero los juristas reconocen que la sentencia es formalmente impecable. De modo que lo peor del dilema recae sobre cada uno de nosotros: ¿queremos una justicia eficaz pero demasiado expeditiva o ponemos las garantías de la defensa por encima de otras consideraciones legales?

Algunos creemos que Garzón puede haberse equivocado por exceso de celo sin tenerle por prevaricador: nos duele su condena. Pero me indigna el despliegue de partidismo demagógico sublevado en su favor, que no retrocede ante el disparate –este sí, injusto y prevaricador- de condenar a todo el Tribunal Supremo como un nido de fascistas para rescatarle. Es comprensible que cierta izquierda esté obsesionada con la dictadura franquista: pura nostalgia de la única vez que estuvieron en el lado bueno de la historia. No excusa sin embargo a tantos gesticuladores de la virtud ofendida que pretenden condecorarse como únicos depositarios de la Verdad y el Bien, con pretexto de Garzón y aunque se hunda todo lo demás.

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