Admiración por la fiera

25 / 08 / 2011 Fernando Savater
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Desde hace años, Ratón se ha convertido en una leyenda sanguinaria: tiene en su haber numerosos heridos graves y al menos tres muertes, la última hace pocos días en Játiva.

Los agobios estivales son propicios a la aparición periodística de monstruos que entretengan la sequía de noticias. La serpiente de mar y su pariente escocés, la criatura del Loch Ness, eran en el pasado personajes asiduos de esta cita anual. Sin embargo este año han abundado en los noticiarios los monstruos menos conjeturales y más feroces, como el asesino de masas en Noruega, los crímenes del Gobierno de El Asad en Siria, la pavorosa hambruna de Somalia o los altibajos de la deuda que agravan la crisis en varios países. Entre ellos España. Ante tan formidables amenazas, la serpiente de mar parece tan tierna y familiar como el patito de goma que amenizaba nuestros baños en la infancia.

De modo que hemos acogido casi con alivio la crónica de las fechorías del toro Ratón, un peligroso veterano de las numerosas fiestas levantinas de recortadores, es decir voluntarios en exponerse ante los astados y burlarles arriesgadamente a fuerza de agilidad y sangre fría. Desde hace años, Ratón se ha convertido en una leyenda sanguinaria: tiene en su haber numerosos heridos graves y al menos tres muertes, la última hace pocos días en Játiva, un joven de ventinueve años al que la bebida impulsó al error fatal de enfrentarse a él sin estar en las debidas condiciones. Ratón es un toro lucero de nada menos que diez años y quinientos kilos, implacable por naturaleza y que acumula una experiencia de encuentros con los humanos que triplica el riesgo de ponerse ante sus astas. El caso de este morlaco casi sabio señala una de las razones por las que a los toros se les da muerte después de cada corrida: porque a lo largo de la lidia aprenden demasiado.

Pero también pueden deducirse otras consideraciones de este caso. La cotización de Ratón como estrella ominosa de esos festejos ha subido como la espuma tras sus hazañas sanguinarias: su caché se ha multiplicado y ahora se ha convertido en una saneada fuente de ingresos para su dueño, que naturalmente se resiste a jubilarlo. Su fama infame le ha ganado al toro feroz una popularidad indudable: le gente le reclama y su presencia en el ruedo aumenta la recaudación. Por lo tanto, quizá haya que poner en duda el clásico dogma de que los espectadores van a la plaza a ver sufrir al animal. Porque no es Ratón el que sufre. Más bien se diría que lo que gusta es ver a quienes se enfrentan a él jugarse de veras el tipo. Parece indudable que si todos los toros que se lidian fuesen tan resabiados y dañinos como Ratón, las corridas estarían probablemente mucho más concurridas y se recuperaría un cierto tipo de afición. Claro que el arte de las faenas, en su dimensión netamente estética, se vería seriamente comprometido por un adversario como ese.

Habrá muchos que se escandalicen ante un juego tan peligroso, hasta brutal si se quiere. Pero incluso en nuestro siglo aséptico e higiénico los humanos sabemos que nuestra vida es una danza irrepetible, frágil y arriesgada frente a la muerte. ¿Puede evitarse la admiración por la fiera que la representa y por la hazaña que consiste en burlarla. Cuando se puede?

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