Francamente

07 / 12 / 2011 Elisa Beni
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Es un lugar espeluznante. Cuelgamuros. Estremece. Tanto como la primera vez que me llevaron a verlo con trece años. Siempre supe que visitaba la tumba del dictador. Ya se encargaron de contarme los trabajos forzados y las muertes que había detrás de aquellos muros que sólo transmitían frialdad y desolación. De los cadáveres anónimos trasladados para darle fúnebre cortejo. Y desde entonces, cada vez que lo diviso, veo la gran obra megalómana de un tirano que, como todos, quiso inmortalizarse en piedra grande y techos altos.

Eso es el Valle. Lo demás son subterfugios. Fundacionalmente escribirían que era un lugar de homenaje a los caídos. No lo es. Es un aullido de soberbia, un aviso sobre los regímenes teocráticos, una denuncia sobre la complacencia de la Iglesia. Todo ello con una carcajada siniestra vertida sobre miles de muertos anónimos cuyas familias jamás podrán velarlos. Descarnada muestra del descaro de los totalitarismos.

No lo saquen. Sin él el grito de la historía deja de oírse tan certero. El Valle existe por y para Franco. Esa es su vergüenza. Sólo tienen que explicársela a todos aquellos que lo vean. Como lo hicieron conmigo. Tendrán la memoria de la ominosa mezcolanza de lo divino y lo despótico. No le hagan el favor de llevarse sus huesos a un lugar recóndito donde generaciones futuras puedan olvidar que aquel viejecito endeble fue un dictador megalómano y teocrático cuyo poder se asentó sobre muchas muertes.

Francamente, no priven a las generaciones futuras de esa enseñanza de escalofrío, como no privaron durante años, a los que así lo desearon, de la pequeña venganza de pisar la tumba del asesino de sus libertades.

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