El pasmo de Sicilia
Mucho pasmo he visto yo en el debate de investidura. Sorprendidos por la causa. Estupefactos porque Rajoy diga que quiere ser el presidente de todos los españoles. Item más, que no hay españoles buenos ni malos.
Extrañados de que Rubalcaba diga que va a hacer una oposición constructiva pero que se fajará si se pasan las líneas rojas del Estado del Bienestar. Desconcertados por el tono dialogante de Amaiur y hasta conmocionados por que se “expresen tan bien en castellano”. Los había confusos por la despedida entre Rajoy y Zapatero.
Asombroso que extrañe tanto la normalidad. De dónde vendremos, qué no habremos soportado para que ahora una vida parlamentaria que no sea a la coreana nos parezca un paraíso de coordenadas indescifrables.
Otros estaban desconcertados de que Rosa Díez usara su tiempo para hablar de lo suyo, de las circunscripciones y de su obsesión por crecer como partido y no del terrorismo, ni de todas esas cosas que la llevan al paroxismo en los mítines. O de que CiU se fuera al no después de poner por delante un pacto fiscal que han ofrecido como solución al páramo económico que se cierne sobre Cataluña. Como si el hemiciclo cambiara los genes.
Incluso muchos pasmados al ver que Rajoy, ya presidente de facto, tampoco nos decía qué senda de espinas nos va a hacer recorrer. Aconsejo a los asustados que vayan al Museo del Prado a buscar El pasmo de Sicilia, de Rafael.
Un nombre erróneo para una obra llamada en realidad La subida al Calvario. Se liaron porque fue pintado para el convento De la Spasimo, Nuestra Señora de las Angustias, traducido al castellano. Conveniente advocación mariana. Avisados quedan.


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