La piara
La pareja más guapa de España se casó en Madrid. Tuvieron hijos. Hasta siete. Pero uno más feo que el otro, de mayor a menor.
en la vida suceden cosas extrañísimas. Misterios de la genética. Así como de padres rotundamente feos nacen hijos guapísimos, lo contrario también ocurre. Fue el caso de los Olmareja Cantalú. Don Luis Olmareja y Amorrortu era un varón alto, guapo, distinguido y hembrero de cumbre alta. Y su mujer, doña Ana Cantalú Rodriméndez, no tenía rival en belleza en toda la provincia. En la actualidad sería Miss Universo.
La pareja más guapa de España se casó en Madrid, y el oficiante de la boda, un sacerdote agustino, se adelantó a los acontecimientos en la homilía nupcial: “Dentro de poco tiempo, y si Dios lo permite, tendréis unos hijos guapísimos y emprendedores”. Dios no lo permitió.
Tuvieron hijos. Hasta siete. Pero uno más feo que el otro, de mayor a menor. Cuatro varones y tres mujeres. Gordos, feos, achaparrados, muy rosados de piel y chatos como una chincheta. La gente, tan mala y forajida, le puso un mote al conjunto filial de los Olmareja Cantalú: la Piara.
“Darán el estirón y vas a ver cómo terminarán siendo tan guapos como nosotros”, le decía doña Ana a un don Luis cada día más apesadumbrado. Pero el estirón no se producía y la fealdad aumentaba al paso de los años. Para colmo, la tez rosada de los miembros de la Piara fue poco a poco invadida por una pelusa grisácea que derivó en negra acumulación de pelos. Les crecían pelos por todas partes, y pasaron de ser una amable y cariñosa piara de rosas porcinos a una piara de jabalíes.
Doña Ana falleció de unas fiebres extrañas y muy de la época, y don Luis quedó a cargo de sus amados suidos. Los jabalíes se comían hasta los marcos de los cuadros, y don Luis, ya declinado, sintió que sus fuerzas le fallaban. Llamó a su amigo, el conde de Frósnavo, un noble serbio y cazador formidable. “Alexander. Me muero. Pero no puedo hacerlo hasta saber que mi piara no va a sufrir. Te lo dejo todo, pero que a mis hijos no les falte nada. Son horrorosos, pero al fin y al cabo, sangre de mi sangre”. El conde Frósnavo aceptó la encomienda. Don Luis falleció a la semana siguiente. Los hijos, ya muy mayorcitos, no sufrieron. Fueron abatidos en la siguiente montería organizada por el conde Frósnavo, que tuvo un gran gesto de humanidad. No permitió que fueran disecados los trofeos.


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COMENTARIOS
Señores "conservadores" como este dicen que están en contra del aborto, y defecan artículos como este... viva la doble moral del facherío