El rebelde
Enrique Pollán Monasterio ha acumulado más de 200 denuncias y considera indigno abandonar un restaurante o un bar para fumar en la calle.
Desde que entró en vigor la ley antitabaco, el 1 de enero de 2010, Enrique Pollán Monasterio ha acumulado más de 200 denuncias y un considerable número de sanciones. Pollán Monasterio considera indigno abandonar un restaurante o un bar para fumar en la calle. Me lo confesó sin excesivo pudor: “Mira, oye, a ver si te enteras. Acabo de heredar a la tacaña de mi tía Rita y me ha dejado un pastón. El dinero hay que saber invertirlo, y yo lo estoy haciendo en calidad de vida. Fumo donde me sale del níspero y si hay denuncia que la haya, y si me llega una multa la pago y se acabó. Pero nadie me va a obligar a fumar en la calle como si fuera un vicioso vencido”.
Pollán, además de la fortuna que ha heredado de la tía Rita, mide 210 centímetros de altura y a pesar de su descarado vicio, es carne de gimnasio. Su físico impresiona. Dos meses atrás, en uno de los más renombrados restaurantes de Madrid, Pollán encendió un cigarrillo. Una señora extranjera, sentada en la mesa colindante, llamó al maître.
“Pog favog. Ese señog está fumando”. El maître, lógicamente, se vio obligado a intervenir. “Señor Pollán, por imperativo legal tengo que rogarle que apague inmediatamente ese cigarrillo”. Pollán asintió. Apagó el cigarrillo. Pero encendió un Montecristo y exhaló el humo en dirección a la señora chivata. “Dígale a esa señora de lejanas tierras que Pollán fuma donde le apetece. Y que a Pollán le molesta sobremanera el hedor de su pachulí”.
A los diez minutos apareció la policía. Pollán fue invitado a cambiar de actitud. Unos comensales le apoyaron y otros se pusieron del lado de la ley. Pollán fue claro. “De aquí me sacan esposado o no me muevo”. Fue esposado, pero mantuvo el habano entre los labios. Al ser introducido en el coche policial, Pollán demostró un acentuado miramiento hacia las fuerzas del orden. “Por favor, agente, baje la ventanilla para que el humo no les moleste”. El agente lo hizo, y Pollán llegó fumando a la comisaría. Liberado de las esposas, Pollán firmó el atestado sin apagar su cigarro, aceptando la sanción. Pidió un taxi y volvió al restaurante. Se sentó en su sitio, encendió otro cigarro, el maître se hizo el sueco, la extranjera abandonó el local y la mitad de los comensales rompieron en una unánime ovación. “Mil euros menos de la tía Rita”, comentó divertido. En el despacho del comisario, mientras tanto, el jefe de la comisaría, dos policías y un denunciante anónimo que había sido objeto de un robo, fumaban sus respectivos Montecristo. A costa de la difunta tía Rita, claro está. Respeto al gran Pollán, el rebelde.


Imprimir





























COMENTARIOS
No hay comentarios