¡Pero hombre, Ledesma!
Ledesma comentó a sus amigos que, años atrás, en Atenas, le habían presentado a Onassis, pero que no era lógico que le reconociera. Sus amigos no le concedieron ninguna importancia.
Aristóteles Onassis hablaba un español perfecto con un deje porteño adquirido en sus años argentinos. Cuatro españoles, aficionados al juego, se habían reunido en el Hotel de París de Montecarlo. Cenaban opíparamente para acudir más tarde al casino. Uno de ellos, después de visitar el cuarto de baño, llegó a la mesa con la noticia en la boca: “¡Está Onassis en el hotel!”. Ledesma se incorporó y abandonó la mesa. En el salón principal del hotel, en efecto, estaba Onassis.
Ledesma le saludó. “Señor Onassis, le pido un favor. Estoy en el comedor con tres amigos españoles. Voy a decirles que usted y yo nos conocemos. Si va usted a entrar en el comedor, y cuando me vea me saluda por mi apellido, me llamo Manuel Ledesma, le quedaré agradecido toda mi vida”. Onassis sonrió y no prometió nada. Ledesma retornó a la mesa. Comentó a sus amigos, que años atrás, en Atenas, le habían presentado a Onassis, pero que no era lógico que lo reconociera. Sus amigos no concedieron ninguna importancia a la revelación de Ledesma. Y de golpe, Onassis hizo acto de presencia en el comedor, en medio de un reverencial recibimiento por parte del maître y los camareros.
No miró hacia la mesa de los españoles, pero al sentarse en la silla, lo hizo. Y se incorporó con una sonrisa abierta. Llegó hasta la mesa de los jugadores y abrazó a Ledesma. “¡Pero, hombre, Ledesma, que fortuna encontrarte aquí!”. Ledesma hizo la presentación. “Mi amigo Aristóteles Onassis...”. Los tres amigos de Ledesma quedaron petrificados. A la mañana siguiente, Onassis dejó un recado en recepción. Quería ver a Ledesma. Lo esperaba en su habitación. Fue conciso. “Necesito caraduras osados como usted. ¿Quiere trabajar en mi grupo?”.
Ledesma se jubiló, 30 años más tarde, en una empresa de Aristóteles Onassis.


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