Gran coalición y vieja política

18 / 01 / 2017 Agustín Valladolid
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Legislatura larga y grandes pactos. PP y PSOE parecen convencidos de que este es el camino.

Ese producto del oportunismo político –también de la oportunidad– llamado Alberto Garzón acaba de decir que “2017 va a ser el año de la gran coalición” entre PP y PSOE. A Garzón le gusta el concepto “izquierda domesticada” para referirse al PSOE, pero si no fuera tan aficionado a los titulares imaginativos de lo que debería hablar es de “izquierda necesitada”, que no es exactamente lo mismo. Ya pronosticamos hace tiempo en estas páginas que la legislatura sería larga, que, tras desmontar la operación Frankenstein de Pedro Sánchez, lo que los socialistas necesitaban por encima de cualquier otra cosa era tiempo para recomponerse. Y es en lo que están, intentando de paso aplicar del modo más conveniente el conocido precepto estoico que dice aquello de “hacer de la necesidad virtud”.

Casi a la chita callando, el PSOE en funciones de Javier Fernández va haciendo su trabajo, y ha conseguido modificar en parte la imagen de partido roto e inservible por la de útil y responsable, recuperando de paso perfil de izquierdas gracias a los acuerdos arrancados al Gobierno (sin demasiado esfuerzo, dicho sea en honor a la verdad) en temas tales como el aumento del salario mínimo o la modificación de la ley para impedir que las eléctricas corten el suministro a las familias más vulnerables.

En este proceso regenerativo, el PSOE está contando con la impagable colaboración de un Podemos abismado en una pelea tan trascendente e inevitable como para muchos incomprensible. Está por ver cuál será el resultado final, pero todo indica que el partido morado va a renunciar definitivamente al flanco del centro izquierda por el que de algún modo se está partiendo la cara Íñigo Errejón, lo que acabará por convertir a Podemos en algo muy parecido a la versión evolucionada de Izquierda Unida, producto a través del cual queda demasiado lejos hacer algún día efectivo el ansiado sorpasso pablista. El pacto que parece adivinarse entre Iglesias y Errejón apunta más a remiendo que a otra cosa, y no son pocos los que desde dentro de la organización prefieren ruptura y criterios claros a una alianza entre las partes que no resuelva las contradicciones internas y esté cogida con pinzas.

Así que el PSOE tiene el balón donde quería, por mucho que el bueno de Odón Elorza y el sanchismo menguante se empeñen en acortar los plazos y no aprovechar la erosión de sus colindantes. Y el PP también, ejecutando en la práctica la que desde el primer momento Mariano Rajoy convirtió en su prioridad: la consecución de un gran pacto que devolviera la estabilidad –y la credibilidad– al país y permitiera afrontar con un cierto sosiego los desafíos de la legislatura. Con la economía estabilizada, el españolito de a pie, por encima de los programas electorales, obligadamente sesgados, acabará por recompensar la flexibilidad en favor del interés general, el acuerdo ajeno a intereses partidistas, la percepción de que debajo de los pies hay algo más que un suelo de cartón piedra.

Recuperar la agenda

Con el horizonte electoral despejado –salvo el catalán–, a Gobierno y PSOE se les ha presentado la oportunidad de recuperar el mando de la agenda política; de, solos o en compañía de otros, abordar en serio, desde la pluralidad y la prudencia, reformas sistemáticamente aparcadas a causa de la pobreza a la que la mayoría absoluta somete al debate. La aritmética electoral (y la corrección a tiempo de la inclinación suicida del PSOE) ha concedido a populares y socialistas una ocasión no programada de pactar las discrepancias para alcanzar trascendentales acuerdos, eternamente aplazados.

La revisión consensuada del pacto territorial; el logro inédito de alcanzar un amplio acuerdo que dote de estabilidad al modelo educativo; la revisión del sistema de pensiones para hacerlo sostenible; la reforma pendiente que convalide nuestra administración de justicia con la de los países europeos más avanzados; el gran pacto nacional por el empleo. La tarea es tan aparentemente descomunal como atractiva en clave de país y también de estrictos y legítimos intereses de partido, ya que si PP y PSOE son capaces de llegar a acuerdos en estas capitales materias, incorporando a otras fuerzas, estarán en la mejor de las situaciones para dejar atrás el estigma de la “vieja política”.

Escribía hace poco Alfredo Pérez Rubalcaba en El País que, en contra del pesimismo de los que vaticinan una legislatura breve, “es posible que al final no sea corta y que acabe siendo útil. Que eso, y no otra cosa, es lo que demandan los españoles”. Pues sí, va a tener razón Alberto Garzón.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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