Garzón como síntoma

17 / 02 / 2012 Agustín Valladolid
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Una izquierda incapaz de sacar la cara por aquellos que no han hecho más que aplicar la ley es una izquierda menor.

La mayoría de las opiniones que sobre Baltasar Garzón hemos oído y leído estos días pecan a mi juicio de falta de imparcialidad. Tanto las favorables como las contrarias a la siempre polémica figura de nuestro juez más internacional. Se habla y se escribe en exceso desde las tripas, sin que la buena y exigua costumbre de documentarse, de leerse las sentencias, logre abrirse paso en el tumulto de clichés, despropósitos y futilidades varias que invaden corrillos y tertulias.

Se descalifica o alaba al interfecto con monosílabos, a lo sumo con frases cortas y cortantes, sin ningún matiz al que agarrarse si lo que se pretende es aproximarse a la verdad. Una verdad compleja, que nada tiene que ver con las dobles o triples intenciones de los que consiguieron sentar en el banquillo al magistrado, pero tampoco con los reiterativos exabruptos regalados al Tribunal Supremo por un exfiscal que ganó su plaza de acusador popular en pleno franquismo, aunque nadie pueda negar el mérito de su posterior transformación; ni con la falta de reflexividad y pedagogía demostrada en este trance por el casi siempre reflexivo y pedagogo Gaspar Llamazares.

La izquierda, otra vez en su laberinto. Una parte recuperando el franquismo como arma arrojadiza ya antes de que se terminaran de escribir los fundamentos de derecho, y proclamando que estábamos ante un día triste para la justicia. La otra parte casi en silencio. Poco importa que la sentencia haya sido unánime, que los magistrados firmantes hayan redactado un texto escrupulosamente respetuoso con la doctrina del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. O que entre esos mismos magistrados haya biografías que harían enrojecer a la masa ignara y vociferante. Ruido. O silencio; por encima de los principios, de las convicciones. No entiendo la extrema beligerancia de Llamazares, ni de Cayo Lara, ni de Joan Tardà. Pero aún entiendo menos el silencio de Pérez Rubalcaba. Un partido que ha sido de Gobierno y que aspira a volver a serlo no puede permanecer mudo ante la desproporción de los ataques dirigidos contra una institución básica de nuestro sistema constitucional. Una izquierda que por un puñado de votos no es capaz de sacar la cara por aquellos que no han hecho otra cosa que aplicar la ley es una izquierda menor.

Populismo y demagogia.

Si el Gobierno, escudado en su sagrado deber de no injerencia, tampoco reacciona, ¿quién le dice a los ciudadanos que los encausados de la Gürtel no se van a intentar beneficiar de la sentencia del Supremo, sino de unas escuchas que nunca debieron ser autorizadas? ¿Quién se atreverá a explicar a la opinión pública que de la lectura completa del texto en el que se condena al juez Garzón lo que se desprende es una cerrada defensa de un derecho civil esencial, un derecho irrenunciable y arraigado con cemento armado en las democracias más antiguas, el derecho a la defensa? ¿Y de dónde sacamos al que esté dispuesto a dar un paso al frente y diga de una vez lo que muchos piensan pero consideran políticamente incorrecto? Esto es: que la anomalía no es la sentencia; la anomalía es que Baltasar Garzón se haya convertido en un símbolo de la justicia. Y lo es, sin duda, para las buenas gentes que al no encontrar consuelo ni respuesta en las instituciones que tenían la responsabilidad de cerrar de forma sensata y justa las heridas aún abiertas del franquismo se echaron en sus brazos. Y lo es también para los que recuperaron la fe en el género humano cuando conocieron que un juez español había ordenado detener a Pinochet. Pero así como el fin nunca justifica los medios, las buenas obras tampoco tienen siempre su origen en la defensa de las causas justas. No citaré aquí, por pudor, ningún párrafo de la sentencia condenatoria, ni del posterior auto exculpatorio por prescripción.

Decía Miguel de Unamuno que “cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”. Y en eso, desgraciadamente, parece que estamos. La condescendencia de los que mandan con el populismo y la demagogia suele traer de vuelta la desafección de los ciudadanos para con sus instituciones. El caso Garzón es un buen ejemplo de lo que digo. Y es también el síntoma inequívoco de una izquierda empequeñecida, que apenas sabe distinguir entre lo accesorio y lo importante, y en la que parece haberse instalado un verdadero pavor a enfrentarse, en este y otros asuntos de envergadura, con la verdad.

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