Violencia sobre la primavera egipcia
Los analistas egipcios manejan las más diversas hipótesis sobre los dramáticos acontecimientos de Port Said, pero en todas ellas sobrevuela la sospecha de los militares.
En Egipto, los caminos que llevan a la democracia son más sinuosos que los que conducen al paraíso de Alá. Las primeras noticias sobre la tragedia que se estaba viviendo en el estadio de fútbol de Port Said al término del partido entre el equipo local Masri y el cairota Ahli, con el resultado de 3 a 1 a favor los locales, las tuve cuando charlaba con el joven Talmat, hijo de un viejo y querido amigo egipcio, al que frecuenté en El Cairo cuando Talmat era un adolescente. Talmat estaba colocando un vídeo de las masivas y coloristas manifestaciones de hace un año en la plaza Tahrir y después me pondría otro de las manifestaciones llevadas a cabo hace unos días para celebrar el primer aniversario de lo que entonces llamamos Primavera árabe. Quería que viera las diferencias. Ante las noticias que llegaban de Port Said dejamos de visionar los vídeos y él comenzó a comunicarse a través de Internet con varios amigos y a entrar en los medios de comunicación, que se habían concentrado unánimemente en lo que había sucedido y seguía sucediendo en Port Said, desde donde había saltado a El Cairo y a otras ciudades como Alejandría. Era tarde cuando se despidió para volver al día siguiente para contarme cómo seguían desarrollándose los acontecimientos. Una desordenada pelea que causa 74 muertos y cerca de 1.000 heridos en un campo de fútbol deja un rastro de iras, odios y rabias vengativas que resultan muy difíciles de controlar, desde entonces hemos visto cómo las manifestaciones y las represiones iban sumando muertos y heridos. El caos.
“Estas represiones van a tener serias consecuencias políticas, no sé en qué sentido”, me dijo Talmat con tristeza una semana después de lo de Port Said y las dramáticas violencias de El Cairo, Alejandría y Suez.
Las interpretaciones, a falta de resultados de una investigación profunda como prometieron el primer ministro, Kamal Ganzuri, y el presidente de la Junta Militar, el mariscal Hussein Tantaui, son distintas y opuestas. El problema es que la mayoría de los egipcios no confía en la Junta Militar y piensa que está buscando fórmulas para mantenerse en el poder. Los militares se resisten a regresar a los cuarteles. Son como la camisa de fuerza que impide e impedirá una verdadera democracia, opinan los más pesimistas. Un régimen militar que dura desde hace 60 años no se resigna a esfumarse de la noche a la mañana, el ejército no renunciará a los privilegios que ahora tiene. No faltan quienes sostienen que lo de Port Said fue planificado por la policía de Mubarak, con la vista gorda o el visto bueno de los servicios secretos militares. Si se siembra el caos, los militares saben cómo imponer el orden. Los defensores de esta tesis llegan a decir que si se repiten estos violentos altercados pueden proporcionar la coartada para un golpe de Estado, militar por supuesto. Desde el golpe que en 1952 derribó al rey Faruk para proclamar la república, los presidentes han sido siempre militares: Naguib, Nasser, Sadat, Mubarak y ahora Tantaui. Se calcula que controlan una tercera parte de la economía del país: además de las fábricas de armas gestionan importantes sectores de las industrias alimentaria, hotelera, hospitalaria y petrolífera. Sin contar los 74 cadáveres de Port Said, los muertos en choques con el ejército o la policía suman unos 80 desde octubre, contando también los de estas revueltas a causa de lo de Port Said. Los analistas egipcios y los observadores de la política egipcia manejan las más diversas hipótesis, pero en todas hay una cierta sospecha sobre los militares.
Fresca espontaneidad.
Una semana después de lo programado, el joven Talmat me puso los vídeos filmados hace un año en la plaza Tahrir. Era un movimiento de rebeldes que se movían con una fresca espontaneidad, había muchas mujeres agitando sus brazos y gritando contra la dictadura. Buena parte de las manifestantes iban sin velo. Eran gentes liberales, no invocaban el Corán, simplemente gritaban por la libertad. Era una protesta contra su desesperada situación sin horizontes laborales, no querían conquistar el poder. Carecían de una estructura para hacerlo. A medida que pasaban los días fueron apareciendo los Hermanos Musulmanes, se ve en el vídeo, lo hacían muy discretamente, permanecían en un segundo plano, asegurando las infraestructuras de intendencia. Estaban muy bien organizados, lo que les faltaba a los otros. La Primavera árabe empezaba a tomar el color de primavera islámica y aparecieron las primeras pancartas con la inscripción de “Dios es grande”.
En los vídeos de la conmemoración del primer aniversario, las imágenes nos muestran unas manifestaciones totalmente diferentes. Frente a la desordenada espontaneidad de hace un año, en esta ocasión llegaron a la plaza Tahrir los distintos grupos perfectamente encuadrados, provenientes de doce lugares diferentes, la mayoría de las mujeres llevaban los pañuelos islámicos, muy bien colocados por cierto. Llamaba particularmente la atención la armónica coreografía de los Hermanos Musulmanes, todos muy puestos, como corresponde al partido que ha ganado ampliamente las elecciones y aspira a gobernar. Cerca de ellos, pero sin mezclarse, estaban los salafistas, orgullosos de los resultados en las elecciones, en las que obtuvieron el 24% de los votos para su nuevo partido, El-Nur, lucían barbas ortodoxas y no había una sola mujer. Son fundamentalistas, están contra la música, el alcohol, las playas mixtas, o el biquini. Desean un Estado islámico donde el Corán y los hadiches se sigan al pie de la letra conforme a su interpretación. Los liberales y laicos sueñan con ser la vanguardia de una revolución que ya no existe.
Los Hermanos Musulmanes rechazan cualquier alianza con los salafistas, consideran que la alianza con ellos comprometería su talante democrático y prefieren acuerdos con los grupos minoritarios laicos y liberales. Los Hermanos Musulmanes llegan después de un largo peregrinaje de luchas clandestinas, a veces perseguidos, otras tolerados, pero siempre vistos desde el poder con los ojos de la sospecha. Se organizaron muy bien y crearon eficaces redes asistenciales en las zonas más pobres generando una agradecida simpatía que se ha trasformado en votos. Admiran al AKP, el partido turco de Erdogan que combina islam y democracia, pero también tienen claro que no promoverán una sociedad liberal, aunque han renunciado a cualquier tentación yihadista. Con los militares mantienen una paciente ambigüedad estratégica, quieren que vuelvan lo más pronto posible a sus cuarteles, pero no lo gritan como ciertos grupos laicos o los salafistas fanáticos.
En una encrucijada.
Esperan que la Junta Militar cumpla el calendario establecido. Una comisión parlamentaria se ha puesto en marcha para redactar la futura Constitución, que debe estar terminada y aprobada en referéndum antes del verano, ya que para esa fecha están señaladas las elecciones presidenciales. Muchos son los que dudan de que se cumplan esos plazos, y también son numerosos los que temen que los militares quieran meter mano en la redacción para salvaguardar sus privilegios y proclamarse garantes de la democracia. Antes de terminar cabe hacer una observación y resaltar que las mujeres egipcias han perdido presencia en los retablos del poder. En un parlamento de 508 miembros solo hay diez diputadas. Por mucha retórica que desplieguen para justificar la ausencia femenina de las instituciones, resulta evidente que en Egipto existe discriminación por razones de género. Después de este análisis hay una pregunta inquietante: ¿se pueden encender violencias para provocar un golpe de Estado? A todo esto se suma la gravísima crisis económica. El turismo no llega y el comercio está paralizado. No cabe duda de que Egipto está en una encrucijada.


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