Los paraguas de la rebelión se cierran a medias en Hong Kong

15 / 10 / 2014 Alfonso S. Palomares
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El Gobierno chino podría negociar con los rebeldes pero no permitirá que el Ejecutivo de la ciudad salga de su órbita. Occidente, mientras, espera que nada cambie.

La puesta en escena de la rebelión en Hong Kong ha sido muy colorista y espectacular. Ríos de gentes con paraguas de diversos colores han llenado las principales plazas de la ciudad exigiendo democracia. Primero fueron los estudiantes, después les acompañaron decenas de miles de ciudadanos, especialmente de la clase media. En principio abrieron los paraguas para protegerse de la lluvia, después para neutralizar los gases lacrimógenos lanzados por la Policía hasta que terminaron convirtiéndose en el símbolo de la rebelión, que ya se conoce como la Revolución de los paraguas.

Las razones del éxito de las protestas, que sorprendió a todos, empezando por los convocantes, son varias y vienen de lejos. Pero la causa inmediata, la chispa que encendió la rebelión en los ánimos de gran parte de los hongkoneses saltó a finales de agosto, cuando el Parlamento de Pekín aprobó una reforma electoral para elegir a los mandatarios de Hong Kong a partir de 2017. Oficialmente, Hong Kong es una Región Administrativa Especial de la República Popular China. Así se decidió en los acuerdos de 1984  entre los Gobiernos de Londres y Pekín y la fórmula quedó consagrada al pasar  de colonia del Reino Unido a la soberanía de China. Las negociaciones de 1984 se llevaron a cabo sin la participación de los hongkoneses, a los que no se escuchó. El gran ideólogo de aquellas negociaciones fue Deng Xiaoping, el autor de la fórmula: “Un país, dos sistemas”, que respondía a su filosofía de “gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones”. En Hong Kong se mantendrían las libertades de prensa, reunión y manifestación, la independencia judicial y el libre mercado. El gobernador sería designado por Pekín.

Se produjeron tímidas protestas pidiendo el sufragio universal para elegir a los gobernantes, y los dirigentes chinos prometieron elecciones libres en un futuro sin fecha, hasta el pasado agosto, cuando proclamó lo que podíamos calificar de ley electoral para la Región Administrativa Especial. No era lo que los hongkoneses esperaban. El proceso electoral prevé la presentación de dos o tres candidatos designados por 1.200 miembros de un comité de grandes electores controlados por el Gobierno chino. En general, personas de su confianza, pertenecientes a los estamentos prochinos integrados en el sistema preconizado por Deng Xiaoping. A los candidatos se les exigirá la condición de patriotas, esto es, devotos del régimen chino. Los indignados saltaron a la calle y los pasados días hemos visto cómo la Policía cargaba contra ellos y eran agredidos por grupos prochinos, lo que ha hecho crecer la rebelión. Sin embargo, conviene precisar que una parte de los hongkoneses no apoya estas manifestaciones, no quieren perder su estatus.

Los protagonistas de la rebelión.

El movimiento más importante que ha desatado las manifestaciones prodemocráticas es Occupy Central con Amor y Paz, que preconiza la ocupación de las calles y plazas, de los centros financieros, comerciales y gubernamentales y que nació a principios del año pasado inspirado en el Occupy Wall Street de los estudiantes neoyorquinos. El fundador de Occupy Central es Benny Tai, un profesor de Derecho de la Universidad de Hong Kong, apoyado por el pastor baptista Chu Yiu Mink, hombre con experiencia en las luchas prodemocráticas (después de las manifestaciones de Tiananmen en 1989, se ocupó de trasladar a Hong Kong a los líderes supervivientes de la masacre, que causó unos 2.500 muertos). A ellos se han unido otras organizaciones, entre las que destaca la estudiantil Scholarism, dirigida por el joven de 17 años Joshua Wong, que se está revelando como el líder más carismático de las revueltas. Fue detenido por la Policía durante unos días, pero volvió a las trincheras con ánimo renovado. A pesar de su juventud, Wong tiene experiencia en la lucha contra las decisiones de Pekín, hace dos años fue uno de los promotores de las protestas estudiantiles que lograron que el Gobierno chino renunciara a imponer un programa de estudios de Educación Nacional donde se exaltaran los valores y logros del Partido Comunista Chino. También está jugando un papel importante la Federación de Estudiantes, encabezada por Alex Chow y que ha ocupado algunos edificios gubernamentales.

Todo este conglomerado de rebeldes pide dos cosas sustantivas: una ley de sufragio universal sin condicionantes para elegir al Gobierno y la destitución del gobernador Leung Chung-yin, la bestia negra de los manifestantes: le consideran sumiso a las políticas de Pekín y le desprecian por haber enviado a la Policía a reprimirles.

Paradojas de la historia.

China tiene a Hong Kong como su gran escaparate económico y no va a permitir perturbaciones serias, aunque puede acceder a negociar algunas salidas a la crisis actual. El presidente chino, Xi Jinping, podría incluso dejar caer al gobernador, pero nunca accederá a cambios sustanciales del sistema. Hong Kong es la tercera plaza financiera del mundo, después de Nueva York y Londres, y es la ciudad más desarrollada de Asia. Occidente mira con precaución lo que está sucediendo y no va a prestar apoyos sólidos a los rebeldes fuera de algunas declaraciones retóricas. El mantenimiento del sistema político de Hong Kong es muy importante para China y China es vital para el sistema financiero mundial. Paradojas de la historia, la China comunista es la que apoya las estructuras capitalistas mundiales. Una hipotética democratización de China hundiría los esquemas políticos y económicos del mundo tal y como ahora funciona. Es una tesis apasionante, ya que en el futuro no es descartable una revolución de los pobres y explotados de Asia. Desde China a Bangladesh, pasando por India. Es una hipótesis posible antes de terminar este siglo.

Pero volviendo a Hong Kong, donde no es oro todo lo que reluce dentro de los brillantes rascacielos de cristal y acero, la ciudad encabeza la lista de las urbes desarrolladas con mayor índice de desigualdad, según el Coeficiente de Gini (por el estadístico italiano Corrado Gini), que mide la distribución de la riqueza. En Hong Kong el número de pobres se eleva a 1.300.000 personas, casi el 20% de una población de 7.155.000 habitantes. Los contrastes son clamorosos: mientras unos buscan comida en la basura, otros viven con un lujo desaforado, pagando los precios más altos del mundo. La razón es que muchos millonarios chinos se están trasladando a Hong Kong lo que hace que los precios se disparen. En la exclusiva colina de Victoria Peak se acaba de vender una residencia de 427 metros cuadrados por 75 millones de euros. Tiene además un jardín de 416 metros, una terraza de 26, una gran piscina y plazas de aparcamiento para varios coches. Vértigo chic. La clase media, formada por trabajadores del sector terciario, cada vez pierde más capacidad adquisitiva y los jóvenes no ven futuro en esta estructura de economía de servicios, de ahí la crispación. Piensan que con unas elecciones totalmente libres podían cambiarse muchas cosas.

A la hora en que escribo todas las posibilidades están abiertas, desde la disolución de los manifestantes por la fuerza o negociaciones con el Gobierno. En cambio algunas cosas están claras: el Gobierno de Hong Kong seguirá dentro de las coordenadas de Pekín y no surgirá un Ejecutivo que se salga de su órbita de poder, ya que Pekín necesita a Hong Kong como visible pulmón económico. Una parte de los hongkoneses se sentirán permanentemente incómodos con el régimen comunista chino y su ultraliberalismo económico.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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