La vida de un símbolo: los milagros del santo Fidel

02 / 12 / 2016 Luis Reyes
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Fidel Castro, el último icono del siglo XX, murió el 25 de noviembre en La Habana ocho años después de su retirada de la primera línea política. 

Fidel Castro dirigiéndose a sus partidarios en la base militar de Columbia

Fidel subirá a los altares. Puede que no a los de la Iglesia católica, aunque con un Papa que acaba de rendir homenaje a la Reforma de Lutero todo es posible, pero sí a la de la santería, el culto sincrético entre religión yoruba y catolicismo que inventaron los esclavos negros, y que en cierto modo ha sido la religión oficial de la Revolución cubana. De momento las masas que le dieron su adiós en la Plaza de la Revolución no han visto el cadáver del Comandante, como pudieron hacer los seguidores de Franco y Perón. Ni siquiera la urna con las cenizas ha estado presente en el homenaje funerario, la gente lloraba ante una vieja fotografía de Fidel en la sierra, eso sí, rodeada de flores y con guardia de honor. Los dos millones de cubanos que habían esperado largas horas de cola veneraban un icono, que es el principio de la santificación. La veneración de las imágenes, vituperada por los protestantes, es una característica de la religión católica y la pura esencia de la idolatría santera. Tras el rito de adoración vino el de la procesión, una travesía de toda la isla hasta su extremo oriental, cubriendo el camino inverso al de la marcha triunfal que hizo Fidel, al frente de su columna rebelde, para entrar en La Habana tras la victoria de la Revolución. Ha sido un recorrido tan simbólico como pragmático fue aquél de enero de 1959, pues si el Comandante tardó seis días en llegar a La Habana, si solamente entró el 8 de enero, ocho días después de la fuga de Batista, fue para dar tiempo a los hombres de Camilo Cienfuegos y Che Guevara, que desde el día 2 estaban en la capital, para “limpiar La Habana”, para eliminar a los partidarios de Batista, neutralizar a otros partidos políticos de la oposición y, en fin, asegurar la ciudad antes de que llegase el jefe. Alguien le había dicho “acuérdate de Sandino”, y Fidel se lo tomó muy en serio, porque Sandino era el caudillo de la revolución nicaragüense que, tras llegar triunfante a Managua, fue asesinado en 1934.

La referencia a Sandino nos puede ayudar a comprender el misterio Fidel, porque Sandino es un arquetipo, el de revolucionario nacionalista latinoamericano del siglo XX, que en el fondo es lo que era Fidel Castro. El peso en la historia de la Revolución rusa y de la de Mao nos hace creer en Europa que en el siglo XX las revoluciones tenían que ser marxistas, pero en Hispanoamérica no sucedía así. No hay más que fijarse en la biografía de Fidel en sus primeros 33 años para caer en la cuenta.

EL GALLEGO

Nació en 1926, hijo extramatrimonial de un miserable emigrante gallego, que amasó una fortuna a base de tesón y trabajo. Su padre era analfabeto, y precisamente por eso quiso darle a Fidel la mejor educación: los jesuitas. Esa vivencia escolar fue fundamental, porque desde hacía siglos la Compañía de Jesús, las mentes más brillantes del orbe católico, se había especializado en formar dirigentes. Los jesuitas pulieron en Fidel un carácter indomable, una capacidad intelectual sobresaliente y un deportista de élite; solo les falló engancharlo para que entrase en la Compañía, pero si lo hubiera hecho no habría cambiado nada: habría sido un cura guerrillero y habría encabezado una revolución triunfante.

A falta de ingresar en la Compañía de Jesús, Fidel lo hizo en el Partido Ortodoxo, un partido nacionalista (que en Latinoamérica significaba antiyanqui y progresista) dirigido por el carismático Eduardo Chibás, gran fustigador de la corrupción (ver Historias de la Historia “La iniciación política de Fidel”, en el número 1.747 de TIEMPO). Fidel se destacó como líder estudiantil, pero una pulsión interior le pedía algo más que hablar en asambleas universitarias. Era la llamada de la insurgencia en armas, la misma que sufría aquel coronel de Cien años de soledad, que promovió 32 levantamientos y no ganó ninguno. En 1947, con 21 años, Fidel se alistó en la Expedición de Cayo Confites, una invasión bajo etiqueta política democrático-liberal para derrocar al dictador dominicano, Trujillo. Ese bautismo de fuego guerrillero de Fidel en un país extranjero ayuda a entender las posteriores aventuras militares cubanas en África. No hace falta profesar el internacionalismo comunista, seguramente al día siguiente de entrar en La Habana Fidel Castro estaba pensando ya en exportar la Revolución.

Lo de Cayo Confites fue un desastre absoluto por culpa de la intervención norteamericana, y los cruzados de la libertad cayeron presos, pero el joven Fidel escapó lanzándose al mar y nadando vigorosamente. No en vano los jesuitas lo habían proclamado “mejor deportista del colegio”.

Al año siguiente Fidel Castro volvió a ponerse la chaqueta de líder estudiantil del Partido Ortodoxo y organizó el Congreso Latinoamericano de Estudiantes en Bogotá. Era en realidad una réplica a la IX Conferencia Latinoamericana que, manejada por Estados Unidos, se reunía en la misma capital colombiana. Y era la segunda vez en su vida, con solo 22 años, que Fidel se enfrentaba a Washington sin necesidad de ser comunista. En la asamblea antiyanqui de Fidel debía intervenir el caudillo liberal colombiano Jorge Eliezer Gaitán, pero no pudo, pues sicarios del Gobierno conservador lo asesinaron. Como si fuera una señal del destino, una de las últimas personas que vio vivo a Gaitán fue precisamente el estudiante cubano Fidel Castro.

El crimen de Estado provocó el Bogotazo, una rebelión popular capitaneada por el Partido Liberal Colombiano, y Fidel volvió a tomar las armas por la causa de otros que no eran cubanos. Curiosamente tuvo como compañero de combate –aunque no se encontraran– a un joven campesino liberal de su edad, luego conocido como Manuel Marulanda, Tirofijo, fundador y jefe de las FARC. Marulanda sería una especie de alter ego de Fidel Castro, o una prefiguración bíblica del Mesías, como San Juan Bautista respecto de Cristo. Empezaría como insurgente liberal, se echaría al monte –en 1949, 7 años antes que Fidel–, mantendría la guerrilla con una fe sobrenatural y en un momento dado, cuando los vientos soplaron en esa dirección, se proclamó comunista.

Con esa capacidad camaleónica de pasar del debate político a las armas y regresar luego a la vida convencional, que es en realidad una característica general en Hispanoamérica, tras el aplastamiento del Bogotazo –su segunda derrota militar– Fidel regresó a La Habana y se casó con una señorita de la alta sociedad, Mirta Díaz Balart. Sin que su ideología antiyanqui pareciese causarle dudas, se fue de luna de miel a Miami y luego se instaló en Nueva York. Alquiló un piso en Manhattan, se compró un lujoso automóvil Lincoln, aprendió la lengua del enemigo y estuvo a punto de irse a terminar la carrera en Harvard.

En vez de eso regresó a Cuba para hacer carrera política en el Partido Ortodoxo. Se presentó a diputado en las elecciones de 1952, en las que la victoria de su partido parecía segura, pero el golpe de Estado del coronel Batista impidió los comicios. Ya se pueden imaginar lo que hizo Fidel Castro cuando vio que le birlaban el escaño de diputado: la Revolución. Justo es señalar que primero lo intentó por las buenas, pretendió enfrentarse al golpe por la vía legal y denunció a Batista ante los tribunales por violar la Constitución. Los jueces, temblando, no admitieron a trámite la querella, dándole al abogado Castro justificación moral para acudir a la guerra. Era la misma historia que se repetía en Latinoamérica desde la independencia, derechos atropellados, Constituciones holladas, y los demócratas levantándose en armas para defender la libertad.

 

26 DE JULIO

Fidel, que ya era un líder carismático entre las Juventudes Ortodoxas, reclutó en ellas al armazón de su ejército. Aquellos jóvenes formaban lo que habían bautizado “Generación del Centenario”, en referencia a Martí, el apóstol de la independencia cubana, y le servirían a Castro para crear un movimiento clandestino, con estructura celular de sociedad secreta. A principios de 1953 contaba con unos 1.200 jóvenes militantes, en su mayoría de clase modesta, y por muchos esfuerzos que hicieron no pudieron comprar más que 165 armas, casi todas escopetas de caza o carabinas deportivas de pequeño calibre.

Y en ese momento se produjo un hecho decisivo en la elevación de Fidel a la santidad. Con la misma fe que encendió en los apóstoles la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, Fidel se lanzó a intentar su primer milagro, el asalto al Cuartel de Moncada en la madrugada del 26 de julio de 1956, que luego sería el nombre adoptado por el movimiento. La primera acción de la revolución armada se realizaría en Santiago de Cuba, en el Oriente de la isla, donde ahora se ha instalado el templo del santo Fidel. Eran solamente 131 jóvenes armados, y solo uno de ellos era comunista. No estaba allí como tal, pues el Partido Comunista Cubano había condenado el plan como “aventurerismo”, sino por la llamada de la sangre, pues era el hermano pequeño de Fidel, el hoy sucesor Raúl Castro.

Los hechos son ya muy conocidos y no vamos a repetirlos. El milagro no salió, la operación fue un desastre, la mitad de sus participantes perdieron la vida, y a Fidel lo juzgaron, pero ante el tribunal ganó todo lo que había perdido en el asalto. Su discurso La Historia me absolverá traspasó las fronteras e hizo políticamente imposible para Batista fusilar al revolucionario. Fue puesto enseguida en libertad, marchó al exilio a México y al día siguiente estaba maquinando cómo volver al combate. Intentó un segundo milagro, invadir Cuba con 82 hombres que iban en el yate Gramma. Nuevo fracaso, perdió a toda su tropa menos a 12, pero el santo Fidel estaba tocado por la divinidad, era imbatible. Con esos 12 –entre ellos el Che Guevara y Raúl– inició la conquista de la isla. Batista tenía 70.000 soldados, pero a la tercera el milagro se produjo. Al cabo de un año los guerrilleros entraron triunfantes en La Habana.

El Comandante estaba al mando, y lo estaría casi medio siglo, hasta que cedió el poder–“provisionalmente”, decía la fórmula empleada– a su hermano Raúl. Uno de sus primeros afanes fue viajar a Estados Unidos, lo que hizo a los tres o cuatro meses, a invitación de la Sociedad Americana de Editores de Periódicos. Era un viaje privado, pero Fidel pronunció alto y claro una contundente declaración política: “I am not a comunist” (no soy comunista), lo que no le sirvió para llevarse bien con el Council on Foreign Relations, la organización privada con más poder en política exterior de Estados Unidos, puro establishment. En cambio, sedujo a los estudiantes de la Universidad de Princeton y de la Escuela de Lawrenceville, y sobre todo fascinó a los medios de comunicación. Eisenhower no quiso verlo, pero sí lo hizo el vicepresidente Richard Nixon, que hizo una curiosa observación sobre él: pensaba que era “increíblemente ingenuo sobre el comunismo”.

 

ENEMIGOS

La siguiente visita de Fidel a Estados Unidos, para asistir a la Asamblea General de ONU de 1960, sería ya con el hacha de guerra desenterrada. Unos días después comenzó el embargo norteamericano a Cuba, y a principios del 61 se rompieron las relaciones diplomáticas y se produjo la invasión de Bahía Cochinos organizada por la CIA. La guerra fría cubano-norteamericana fue bastante caliente, no vamos a entrar en su relato, pero ya que estamos hablando de milagros del santo Fidel, no es menudo el de lograr que desafiaran el bloqueo estadounidense quienes lo hicieron.

En primer lugar el Papa, cuyo viaje a Cuba en 1998 rompió el ostracismo diplomático de Occidente. Y no hablamos de Francisco, al que algunos llaman “el Papa rojo”, sino del Papa Wojtyla, cuyo anticomunismo era notable e incluso tuvo un papel destacado en la caída del comunismo en Europa. Por cierto, Francisco y Benedicto XVI también han visitado Cuba, mostrando la continuidad de la diplomacia vaticana en este sentido.

Pero mucho antes del gesto papal, Fidel Castro encontró en Occidente un inesperado amigo: Franco. Sería una frivolidad argumentar que Franco simpatizaba con Castro porque ambos eran gallegos –eso le sucedió sin embargo a Manuel Fraga–, aunque los lazos sentimentales existentes entre España y Cuba sí influyeron en la decisión del franquismo de no seguir las consignas de Washington y romper el embargo comercial. España siguió manteniendo relaciones con Cuba, soportando todo tipo de presiones diplomáticas, y más allá. En 1964 el mercante Sierra Aranzazu, con bandera, capitán y tripulación españoles, tras ser hostigado por aviones militares estadounidenses, fue bombardeado y ametrallado por una lancha de anticastristas con base en Miami, matando al capitán y a otros dos tripulantes. El Sierra de Aranzazu regresó a España remolcado por un buque cubano y escoltado por un submarino nuclear soviético, y Franco demandó a la CIA, logrando un millón de dólares de indemnización del Gobierno norteamericano. Esto ya no se sabe si es un milagro o puro realismo mágico caribeño.

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