La Europa que odia

15 / 06 / 2012 12:42 Borja Ventura
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

La inmigración, el euroescepticismo y la crisis han dado alas a numerosos grupos de ultraderecha en Europa. El caso de los neonazis griegos no es el único.

La Unión Europea ha reaccionado con estupor a la irrupción de un partido neonazi en el Parlamento griego. Los ultras de Chrysi Avgi han sacudido un continente incapaz de poner orden en un país cuyo caos económico no solo pone en jaque la supervivencia de su economía, sino también que es el caldo de cultivo para que resuciten viejos fantasmas. Y ya han empezado a hacer de las suyas; lo último, una agresión en directo durante un debate televisivo. Pero estos movimientos no son nuevos ni exclusivos de Grecia: muchos países tienen representantes ultras en instituciones nacionales, regionales y locales.

El primer error es hablar de la ultraderecha, porque no hay una, sino muchas: tantas como países e incluso más. Una treintena larga de ellas, con algún tipo de representación parlamentaria. Son movimientos en su mayoría euroescépticos y xenófobos, restrictivos con las libertades individuales y las políticas sociales. A excepción de los partidos neonazis, estos movimientos actuales son modernos, con un discurso civilizado en las formas y populista en el fondo, con líderes de trajes elegantes y sonrisa en los labios, hombres, mujeres y jóvenes. El enemigo ya no es el judío, sino el inmigrante, en especial el musulmán.

Pocos rasgos en común.

Pero ahí empiezan las diferencias. Algunos apuestan por el proteccionismo económico, otros por el ultraliberalismo. Unos son ultranacionalistas y otros, incluso, reclaman territorios que anexionarse en su proceso de “construcción nacional”. Algunos son religiosos y otros laicos. Hay movimientos motivados por un conflicto lingüístico o migratorio propio, y otros que nacen en zonas que no se sintieron incómodas con el nazismo. Unos encuentran sus nichos de voto en regiones ricas que quieren independizarse de otras pobres, otros en zonas obreras de periferias urbanas y entornos rurales.

Euroescépticos en Europa.

También hay paradojas, como el hecho de que grupos de diferentes países mantengan relaciones más o menos fluidas entre ellos a pesar de su naturaleza nacionalista y discriminatoria respecto al extranjero. Y lo más llamativo, que muchos hayan encontrado en las instituciones europeas la plataforma para dar pábulo a su mensaje euroescéptico.

La gran referencia continental sigue siendo el Frente Nacional francés de Marine Le Pen. Tras el impacto que supuso a principio de la década pasada que un partido de extrema derecha llegara a la segunda ronda de las elecciones, ha acabado por consolidarse como tercera fuerza política del país, con especial fuerza en el sureste, en la región de Gard, y en el entorno de Nîmes y Marsella. En las últimas elecciones casi uno de cada cinco electores les ha votado, lo que ha hecho que alcancen su récord con casi seis millones y medio de papeletas.

En España la ultraderecha es un vestigio en comparación con los movimientos emergentes europeos. Dividida en una galaxia de formaciones y con claros vínculos con el pasado franquista, militar y nacionalcatólico, solo dos formaciones han logrado despuntar. La más importante es la xenófoba Plataforma Per Catalunya de Josep Anglada, con apoyos en el entorno de Barcelona que a punto estuvieron de darle representación en el Parlament y que prepara su salto nacional con Plataforma por la Libertad. En menor medida ha irrumpido España 2000, que tiene cuatro ediles en la Comunidad Valenciana y uno en Alcalá de Henares. Su líder, José Luis Roberto, es un empresario que dirigía hasta 2011 la patronal de los clubes de alterne y que hace fortuna con negocios como la empresa de seguridad Levantina, que goza de buen número de contratas con instituciones públicas valencianas.

Los núcleos donde la ultraderecha es más fuerte son Suiza, donde el xenófobo Partido del Pueblo gobierna y controla núcleos como Zurich o Berna, y Hungría, donde la Fidesz (Unión Cívica Húngara) disfruta de una amplísima mayoría absoluta y un control local casi unánime que le ha llevado a emprender reformas para restringir la entrada de inmigrantes, las libertades individuales o la actividad de la prensa. Sin salir de Hungría la tercera fuerza es Jobbik, que busca retomar antiguas fronteras en su búsqueda de la “Gran Hungría” postimperial.

En Italia Silvio Berlusconi dio cobijo a formaciones ultras como la Liga Norte, un movimiento soberanista de la zona industrial y rica del país que controla la región del Véneto, es la segunda en Lombardía y la tercera en enclaves como Liguria, Emilia-Romaña, Venecia o el Piamonte. Junto a la Liga concurrieron coaligados fascistas como la Fiamma Tricolore, el Movimento Idea Sociale o Alternativa Sociale, de Alessandra Mussolini, hoy destacada diputada en la formación del ex primer ministro.

Algunos países tienen a formaciones xenófobas en la oposición, como sucede en el norte de Europa. Es el caso del Partido del Progreso noruego y el Partido de los Auténticos Finlandeses, segundas fuerzas en sus países, y del Partido del Pueblo en Dinamarca y los Demócratas Suecos, terceros en los suyos.

En Polonia los ultraconservadores del Partido Ley y Justicia de los gemelos Kazyński gobernaban hasta hace poco y ahora han pasado a ser el principal partido de la oposición, conservando su influencia en las zonas aledañas a Varsovia y Cracovia, así como en el sudeste del país, cerca de Ucrania y Eslovaquia.

Holanda, siempre tomada como referente de avance social, ha visto caer a su Gobierno después de que su socio, el Partido de la Libertad del xenófobo Geert Wilders, no apoyara sus recortes. En Austria dos formaciones comparten el legado del fallecido Jörg Haider, el Partido por la Libertad de Austria y la aún más conservadora Alianza por el Futuro de Austria, tercera y cuarta fuerza del país respectivamente.

En Bélgica el Vlaams Belang (Interés Flamenco) lucha por la escisión del país entre sus dos comunidades lingüísticas: el Norte, rico y flamenco y donde la formación es fuerte, y el Sur, más pobre y valón. Su poder en centros urbanos como Amberes, la segunda ciudad del país, contribuyó a la crisis que mantuvo al Estado año y medio sin Gobierno.

Spots y documentales xenófobos.

La ultraderecha ha puesto en evidencia algunos trapos sucios europeos. Suiza no resulta ya tan neutral, con un partido en el Gobierno que imprime carteles representando como ovejas negras a los extranjeros y prohibe la construcción de minaretes en su territorio. Holanda ya nunca ha vuelto a ser tan progresista desde que los asesinatos de Pim Fortuyn y Theo Van Gogh dieron alas a la ultraderecha, esa misma que rodó Fitna, un documental satanizando el Corán y que ha sido la aliada del Gobierno ahora caído. Y Bélgica, el corazón de Europa, estuvo sin pulso político por las tensiones lingüísticas de un país que transmite una imagen de unidad artificial.

Los ultras también han revelado algunas miserias de los gobiernos democráticos. Es el caso de Alemania, que en tiempos de Gerhard Schröder intentó ilegalizar a los neonazis del Partido Nacional Democrático. Toda la operación se vino abajo cuando se supo que gran parte de la cúpula del partido estaba infiltrada por miembros de los servicios secretos. Hoy siguen en activo y con fuerza en Sajonia y Mecklemburgo-Pomerania. Su líder, un profesor de mediana edad, dista mucho del Hitler carismático y militarista, pero ha sacudido el país con gestos como negarse a homenajear a los asesinados en un campo de concentración nazi.

El este de Europa tampoco escapa al empuje ultra. En Bulgaria los neofascistas de Ataka se han convertido en la cuarta fuerza, con especial empuje en el entorno de Sofía y Plovdiv. La misma posición disfruta la Alianza Nacional de Letonia, que defiende homenajes a las SS en un país que prohíbe por ley los símbolos comunistas pero respeta la esvástica. La crisis ha hecho también que estos movimientos afloren en el Mediterráneo. Aurora Dorada, los neonazis griegos, han sorprendido en Tesalónica, Pireo y Atenas, donde sufrieron un atentado en su sede poco antes de las elecciones que los han encumbrado.

Además de todas estas formaciones con representantes en sus parlamentos nacionales, algunos partidos extraparlamentarios se han hecho un hueco en las instituciones europeas, en gran parte beneficiados por la elevada abstención que suele producirse en este tipo de elecciones. Es el caso del Partido por la Independencia del Reino Unido, la segunda fuerza más votada en las últimas europeas con un mensaje euroescéptico y ultraconservador que sólo dos nobles en la Cámara de los Lores y un puñado de pueblos en las zonas obreras secundan. Junto a ellos, los neonazis del British National Party, con dos escaños en el Parlamento Europeo. Los mismos representantes consiguió LAOS, los ultraortodoxos griegos que se hundieron con la irrupción de Aurora Dorada. Completan la nómina de partidos xenófobos en Bruselas el Partido Nacional Eslovaco y los rumanos Partido de la Nueva Generación y Partido de la Gran Rumanía.

Fuera de las instituciones existen movimientos latentes. Es el caso del Partido Nacional Renovador de Portugal, el Frente Nacional belga o los emergentes Griegos Independientes, con apoyo en Atenas o Ática. También los neonazis Partido de los Suecos, Partido de la Independencia en Estonia, Partido Nacional esloveno o el Partido de los Trabajadores de la República Checa. Todos esperan su turno escondidos tras la crisis.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

No hay comentarios

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica