Islandia vuelve a ser vikinga

20 / 03 / 2009 0:00 Daniel Burgui
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Los pacíficos islandeses han echado a sartenazos al gobierno que les llevó a la bancarrota. Tras 16 semanas de protestas, la izquierda ha llegado al poder con el mandato de refundar el país.

Viva la revolución!”, decía sonriente Grétar Eiríksson, de 39 años, mientras aporreaba una cacerola frente al Parlamento islandés el lunes 26 de enero. “Vengo a celebrar que el Gobierno ha caído”, aseguraba. En la plaza tiraban petardos y fuegos artificiales. El Gobierno de Islandia se convertía en el primero en ser tumbado por la crisis. Y las masivas protestas han sido su estocada mortal. Para el que en 2008 era el país más desarrollado del planeta las últimas semanas han sido, de hecho, una revolución. Los islandeses han descubierto la magia de la presión social y han decidido coger la sartén por mango. Grétar Eiríksson lleva dieciséis semanas acudiendo con rigurosa devoción a las manifestaciones, desde que en octubre el país sufriese el peor terremoto económico de su historia. “Ahora tengo mucho tiempo libre”, comenta con ironía Eiríksson, cuya jornada laboral se ha reducido a cuatro horas y vive solo con sus dos hijas de 11 y 15 años. “Lo estoy pasando mal, no tenía grandes deudas pero tengo dos niñas”. Le acompaña su madre, una rechoncha jubilada afectada también por el azote bancario.

País en bancarrota

En octubre pasado los tres bancos principales se declararon en bancarrota y fueron nacionalizados, la Bolsa suspendió su actividad cuando sus valores se hundieron más de un 70%, la corona islandesa perdió más de la mitad de su valor y dejaron de cambiarla durante días porque sólo hacía paridad con la del Monopoly. La economía del país en el que Mercedes- Benz se jactaba de vender más coches de lujo por habitante respira ahora a trompicones, como un enfermo terminal a merced del oxígeno del Fondo Monetario Internacional. Islandia es el primer país occidental en recibir un préstamo del FMI desde 1976 y su deuda externa es ahora nueve veces su PIB. La periodista islandesa Iris Erlingsdottir ha bautizado el país como el “Zimbabue nórdico”. Hörður Torfasson, artista, escritor y cabecilla del movimiento ciudadano que organiza las manifestaciones, recuerda que a las primeras protestas apenas acudían 15 personas. En aquellos primeros días la gente se paraba y les preguntaba qué estaban haciendo. “Es increíble, pero hemos tenido que enseñar a los islandeses a manifestarse. No estaban acostumbrados”, relata Hörður, que es conocido por su activismo en el movimiento gay. “Crear las primeras asociaciones gays me costó años, organizar manifestaciones ahora ha costado un par de meses, no está mal para Islandia”, comenta jocoso. Conforme pasaban las semanas y llegaban las facturas, a las protestas acudía más gente. A los empleados de las sucursales bancarias cercanas al Parlamento les repartieron tapones para los oídos. Los islandeses llamaron a sus protestas la revolución de la sartén. “Me recuerda a las caceroladas que hubo en Buenos Aires cuando la crisis –dice María Eugenia, una argentina que vive desde 2000 en Reikiavik–.

Estas navidades gracias a los billetes de avión de mi madre hemos podido cambiar algunas coronas a dólares, si no no te dejan. Es como lo de Argentina”. Las manifestaciones cambiaron su curso el 10 de noviembre cuando un joven anarquista trepó al tejado del Alþingi (la sede del Parlamento) y sustituyó la bandera nacional por la enseña de la cadena de supermercados Bonus: un trapo amarillo con cerdo-hucha sonriente presidía la fachada del Parlamento más antiguo del mundo. La imagen noqueó a los islandeses. “Los políticos nos decían que no ocurría nada, que no era hora de buscar responsables. Me dijeron que por mucho ruido que hiciésemos, no iba a mejorar nada”, cuenta indignado Hörður. Tras una Navidad en la que muchas familias tuvieron sólo deudas de regalo, las manifestaciones que pedían la dimisión del Gobierno se volvieron multitudinarias. “Vanhaef Ríkisjórn!” (“¡Gobierno incompetente!”), repetían hasta la saciedad ancianos, familias y universitarios. El primer ministro, el conservador Geir Haarde, había asegurado que completaría el mandato hasta 2011. El 22 de enero 2.000 personas se encararon a la policía frente al Parlamento, al que lanzaron pintura, huevos y rompieron ventanales. La imagen fue insólita: la policía, nerviosa, no supo cómo gestionar la situación, en sesenta años no habían tenido ninguna carga policial. Veinte personas fueron arrestadas y otras veinte, heridas leves. Durante la madrugada de ese día unos jóvenes prendieron hogueras en la plaza de Austurvöllur y la policía lanzó gas lacrimógeno para disuadirlos. En Reikiavik no se recordaba algo así desde 1949, en las manifestaciones anti-OTAN. Para una nación sin ejército y con tantos habitantes como La Rioja (unos 320.000) es un shock. Al día siguiente, los manifestantes regalaron flores a la Policía en señal de paz. “Había mucha tensión, a mí un poli me dio una patada en la espalda, yo estaba con mis niñas. Pero compré flores y se las dimos.

La violencia no es necesaria”, relata Grétar Eiríksson. “No digo que sea bueno, pero hasta que no hubo altercados no se han acelerado las cosas”, confiesa Stefan Valber, dueño de una tienda de ropa y diseñador de una camiseta con el rostro del primer ministro británico, Gordon Brown, y la leyenda Brown es el color de la caca, que ha sido un éxito de ventas debido a la irritación islandesa con el Gobierno inglés. En octubre los británicos aplicaron a Islandia la ley antiterrorista para congelar los movimientos de sus bancos y salvar el billón de libras que ahorradores e instituciones inglesas habían invertido. Los islandeses, además de arruinados, eran humillados, entrando a una lista donde figuran Corea del Norte, Sudán o Al Qaeda. En otra de las camisetas se lee Islandia, república bananera y en otra se tacha la cara de Davíð Oddsson, el gobernador del Banco Central islandés desde 2005 y la persona que más tiempo ha estado tocando poder en la isla: fue primer ministro de 1991 a 2004, ministro de Exteriores y alcalde de Reikiavik durante casi diez años. Tras los disturbios, el primer ministro reculó y convocó elecciones para el 9 de mayo. Además anunció que sufre cáncer y que no se presentará. Pero para las 7.000 personas que abarrotaban la plaza del Parlamento era muy tarde. “¡No podemos esperar más, los queremos fuera ya!”, aseguraba Arný Gudmundsdottir, que ha visto crecer su hipoteca en tres millones de coronas desde octubre. Horas más tarde, dimitía el ministro de Comercio y admitía responsabilidades. Finalmente, dos días después, la coalición entre el Partido de la Independencia (conservador) y los socialdemócratas se rompía y el Gobierno dimitía.

Revolución gubernamental

Después de una semana de incertidumbre, la socialdemócrata Jóhanna Sigurðardóttir ha tomado las riendas del primer Gobierno de izquierdas de Islandia, un Ejecutivo en minoría y de transición formado por su partido y Los Verdes izquierdistas. Para añadir novedad, Islandia será a partir de ahora el primer país del mundo gobernado por una persona abiertamente homosexual. “Vamos a tener mucha presión”, reconoce Katrín Jakobsdottir, nueva ministra de Educación. Los Verdes son una izquierda tradicional de clases y antieuropeísta, que nunca ha tocado el poder, lo que les convierte en las únicas manos inocentes. De celebrarse elecciones hoy, doblarían los votos y serían el principal partido. “Las encuestas son sólo encuestas, lo que tenemos que hacer es revisar el préstamo del FMI y ayudar a las familias. Hay que buscar métodos nuevos”, dice Katrín, la ministra más joven, con 32 años. La presión no sólo ha sido a cacerolazos. Sigurdur Sigurdsson, de 46 años, forma parte de un grupo ciudadano que aún ni tiene nombre pero sí muy claro lo que quieren: una nueva Constitución para Islandia. “Políticamente somos muy diferentes, no queremos ser políticos, pero nuestra prioridad es la reforma de la ley electoral con objeto de crear un sistema de democracia directa y representativa. Nuestra constitución es de 1944 y se ha quedado antigua, está pensada para un país más grande, ya que es una copia de la danesa. Hay que redactar una nueva”. La quimera de una nueva Constitución sonaba improbable en un país tan revuelto. Sin embargo, el presidente de la República, el carismático Ólafur Ragnar Grímsson, dando un golpe de efecto marcó entre los objetivos del nuevo Gobierno formar cuanto antes una comisión para mejorarla o redactarla de nuevo. Hablan de reinventar Islandia. Mientras, vuelven a los orígenes: los islandeses son hoy más pobres, más vikingos y acaban de ampliar la cuota de caza ballenera.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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