Guerrilleros y paramilitares, SA

10 / 06 / 2013 11:05 J. Marcos (Cali, Colombia)
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Desertores de los grupos armados colombianos trabajan juntos en sus propias empresas. El Gobierno contabiliza más de 55.000 reinserciones en la última década.

No se conocían pero se odiaban a muerte. Entonces decidieron saltar de un tren en marcha que comprendieron no iba a ninguna parte. Y precisamente ese final fue el principio de estos muchachos, que hoy siguen dependiendo los unos de los otros pero ya no en la muerte sino en la vida. Podrían llamarse Nelson, Julio César, Héctor, Giovani y Manuel, entre otros muchos nombres, como forma de proteger a estas cinco identidades del suroccidente colombiano de la violencia en forma de represalias y venganza. Quienes otrora se disparaban en nombre de las guerrillas de izquierda, los de un bando, y del paramilitarismo de extrema derecha, los del otro, son ahora empleados y socios de la misma sociedad. En Colombia. Todos a una.

La oportunidad la brinda la Alta Consejería para la Reinserción (ACR). El proyecto surgió en 2006, aunque las reinserciones comenzaron a cuantificarse tres años antes. Desde entonces, el Gobierno ha contabilizado 55.203 desmovilizaciones, con un 80% de éxito, procedentes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), organización paramilitar de extrema derecha, con 35.316 personas; las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), autoproclamados marxistas y leninistas, con 16.167; el Ejército de Liberación Nacional (ELN), también autodefinidos como marxistas-leninistas y con 3.242; y otras disidencias extintas, que suman 478 desmovilizados. Han dejado las armas pero todavía no se sienten a salvo. Ni de su pasado ni de su presente. Lo aclara Nelson, quien ingresó en las Autodefensas tras una experiencia previa en el ejército: “Todavía tengo miedo a que me reconozcan en la ciudad. Y el monte, ni pisarlo; si regreso me matan. Los unos por desertor y traidor; y los otros, porque nunca estuve con ellos”.

 

Ellos y nosotros como polos de una guerra que dura ya más de 60 años, la más dilatada de toda América Latina. “Entras con pura psicología y con el tiempo te das cuenta de cómo es en realidad. Pierdes la libertad y te privas de la familia. Yo me limitaba a cumplir órdenes. La fábrica me exige disciplina, pero para hacer las cosas bien. Trabajo duro, pero para mí. Antes ni siquiera sabía para quién trabajaba”, reflexiona Julio César, que abandonó las FARC en 2007, temeroso de estar firmando su sentencia de muerte.

Una muerte que antes Héctor concebía como la culminación de una gesta, como una excitación, un vuelo sobre la nada. La idea de que pocos segundos y menos detalles podían suponer la muerte impregnó durante mucho tiempo su comportamiento. Padre de tres hijos –de los que estuvo “muy alejado”–, lleva seis años sin disparar una sola bala: “Antes la muerte era una cuestión de respeto, pero lo que más valoro ahora es preservar la vida. No quiero saber nada de la violencia. Mi etapa como soldado ya llegó a su fin. Quiero mantenerme alejado del odio”.

Del odio al amor hay un puente llamado dependencia. Lo cruzaron por vez primera, explican –y en esto coinciden todos–, espoleados por las circunstancias e influenciados por su entorno más cercano. “Me prometieron un trabajo bien pagado que luego no resultó y empecé a pensar en otras salidas. En la guerrilla me dijeron que el país iba a cambiar y los comentarios de los compañeros fueron el impulso final”, recuerda Giovani. La gran mayoría se inició en la violencia en torno a los 18 años y hoy apenas supera la treintena. Saben que su destino siempre estuvo en las manos del otro.

Las manos del otro ahora ya no empuñan armas sino estibas (palés) y troqueladoras. No son adversarios sino “compañeros” y “amigos”, como se les escucha interpelarse. “Con todos me llevo correcto y hay algunos que hoy son mis hermanos, cuando de habérmelos cruzado antes los hubiera tenido que matar”, dice Manuel, desmovilizado en 2005 de las AUC. Tutelados por la Fundación Carvajal, entidad privada sin ánimo de lucro que opera en el valle del Cauca, es el ambiente que se respira tanto en Ganchos y Amarras como en Mundo Maderas.

De guerrillero a empresario.

Mundo Maderas es una cooperativa dedicada a la construcción, el mantenimiento y la reparación de palés de madera. Fue en mayo de 2010 cuando 18 reinsertados iniciaron un camino por el que hoy transitan once. “Algunos volvieron a las armas y otros fueron expulsados por motivos disciplinarios. Uno cambió de ciudad y otro quiso seguir capacitándose. Además, montar una empresa requiere unas habilidades especiales”, subraya Carlos Fernando Torres, el gerente pagado por la fundación. Porque el acompañamiento, previsto para unos siete años con asesoría educativa, empresarial y psicosocial, implica la figura de un supervisor que al mismo tiempo es el empleado de los verdaderos socios, los reinsertados.

Los reinsertados de Ganchos y Amarras, enfocada a la fabricación y comercialización de artículos de fijación, compiten con los precios y las exigencias del mercado. “Fue difícil porque veníamos de regiones y de grupos diferentes. Pero luego te das cuenta de que todos somos seres humanos. Merecemos caminar como personas. No soy guerrillero. Soy empresario”, aclara Julio César, que encadena frases de forma entrecortada, como para dejar que cada idea repose por sí sola: “Aquí valgo como persona. Allá el fusil es más importante que uno”.

Que uno de los periodos en los que más reinserciones hubo fuera 2005-2006, con 12.925 y 20.319 desmovilizaciones respectivamente, lo explican los responsables de la Alta Consejería para la Reinserción por las negociaciones del anterior Gobierno con las Autodefensas. Actualmente hay 31.000 personas en proceso de reintegración y la Consejería “está muy enfocada en propiciar reintegración y reconciliación, fundamentales para que haya una paz duradera y estable”, indica Nelson Felipe Montoya, desde el centro de servicios de Cali. Cuando los muchachos comparten sus experiencias se sorprenden de las similitudes: extrañan el no tener horarios y coinciden en no querer saber nada de la guerra.

De la guerra recuerda Nelson que todos los días eran iguales. Coca, desconfianza, miseria, guerra, represión, sangre, fusiles, muerte; otra vez desconfianza, otra vez represión, otra vez fusiles; siempre la guerra, siempre la sangre, siempre la muerte. Un carrusel con paradas concretas. Siempre las mismas.

Las mismas cifras que ofrece el Gobierno son, sin embargo, puestas en cuestión por parte del movimiento popular, que ve al Estado como un actor más de esa guerra. Desde la ACR lo tienen claro: “La mejor prueba de que este Gobierno apoya la reintegración es que la ha convertido en una política de Estado. Se ha institucionalizado y eso es fundamental para el éxito del proceso”. Con presencia en cerca de 800 municipios a lo largo y ancho del país, el Gobierno ha destinado este año 156.546 millones de pesos (más de 65 millones de euros) al programa.

De euros, pesos y, en definitiva, de la procedencia del dinero que hay detrás de estos proyectos versan el resto de las críticas. Además de la ACR, la Fundación Carvajal ha encontrado aliados muy diversos para su estrategia de negocios inclusivos, como la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID); las empresas Bavaria, Eternit, Coltabaco y Sidoc; y las multinacionales Monsanto (mediante su fundación) y Coca-Cola Femsa, estas dos en el punto de mira de movimientos sociales, que las acusan de violar los derechos humanos en diferentes países.

Las denuncias en Colombia vienen por ejemplo del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria de Alimentos (Sinaltrainal). Sin más dilación, el coordinador de Comunicaciones y Relaciones Externas de la Fundación ataja las críticas: “No trabajamos con empresas que violan los derechos humanos o que tengan interés en lavar su imagen mediante la inversión en programas sociales. Coincidimos con aquellas que han decidido hacer inversiones de sostenibilidad serias y reales”.

Reales son los avances de Nelson, entre otros muchos nombres, que trabaja para sacar adelante su sociedad. Pudo no ser muchas cosas, pero eligió ser empresario. “Todavía sufrimos muchos prejuicios, pero estamos demostrando que sí es posible. Mira quiénes somos ahora, mientras que cuando no nos conocíamos nos odiábamos a muerte”.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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