Europa y el oso ruso

06 / 03 / 2009 0:00 Miguel Ángel Liso
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Europa tiene el deber de atraer a Rusia hacia un proyecto y una ilusión compartidos por todos. Y ese enfoque común debe ser independiente de EE UU.

Hay un axioma diplomático que dice que una Rusia débil o enfrascada en problemas internos siempre ha mantenido con Occidente mejores relaciones que en el caso contrario, ya que en virtud de esa situación nunca habría competencia en la disputa del liderazgo mundial. Un competidor menos. Hoy por hoy las relaciones entre Occidente y Rusia, al margen de los recelos tradicionales, son correctas y cordiales. ¿Pero eso significa que el país de las estepas está debilitado y no aspira a reconvertirse en una potencia mundial? En absoluto. Todo lo contrario. El propio Karl Marx ya se preguntaba en el siglo XIX si alguna vez el gigante Estado ruso se pararía en su marcha hacia el poderío mundial. Y uno de los hombres más influyentes del siglo XX, como ha sido el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, no ha dudado en afirmar que Occidente nunca ha entendido el pensamiento geopolítico del Kremlin, aunque para él era cristalino como el agua. Gestos de que Rusia quiere resurgir como imperio están en el propio escaparate del mundo, a la vista de todos los países interesados y analistas internacionales. No puede ser casual, por ejemplo, la ofensiva que Moscú dirigió hace apenas unos meses a sangre y fuego contra su vecina Georgia, lanzando así el mensaje al mundo de que en su patio trasero manda ella y que está dispuesta a recurrir sin complejos a las armas para defender sus áreas estratégicas. Tampoco puede ser casual que Rusia haya impedido a Ucrania beneficiarse de sus recursos naturales por no abonar un precio equitativo, dejando de paso a media Europa muerta de frío por la escasez del gas ruso en sus hogares.

Y tampoco pueden ser casuales el reinicio de los vuelos de sus bombarderos estratégicos sobre el Índico, su regreso al Mediterráneo con su nueva base naval de Tartus, en Siria, o su intensa actividad diplomática en África e Hispanoamérica. Vladimir Putin, el antiguo coronel de la elitista KGB, es muy consciente del mensaje que está mandando a quien le quiera oír: Rusia, al margen de problemas coyunturales y después de dos décadas de postración y zozobra, vuelve a contar a escala mundial y recurrirá a cualquier medio para marcar su zona de influencia y restablecer su prestigio mundial.

Un sistema de seguridad común

Ante estas circunstancias, Europa debe preguntarse si Rusia es ahora mismo o puede ser un socio estrecho y leal, pese a las divergencias, o un rival estratégico. Cada vez hay más expertos y dirigentes políticos europeos que creen que el papel de la nueva Rusia, por su vecindad geográfica y cultural, debe desarrollarse en una Europa unida. Que la OTAN, el poderío geoestratégico de Occidente, debería desechar su carácter de alianza militar antisoviética e integrar los legítimos intereses defensivos de una potencia militar capaz de superar sus pasadas reticencias ideológicas. Joschka Fischer, el ex ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, se ha atrevido a formular lo que antes parecía imposible: “¿Por qué no pensar en transformar la Alianza Atlántica –ha dicho- en un sistema de seguridad europeo real que incluya a Rusia?”. La Europa del siglo XXI tiene que definir de una vez su relación con Rusia, una Unión Europea que no quiere enfrentamientos con el Kremlin, que ya no está tan preocupada por el oso ruso como antaño y que debería encontrar su propia voz, su propia política, al margen de Estados Unidos. Desde la caída del Muro de Berlín, Europa busca adoptar una postura más equilibrada ante la antigua URSS, pero existe conciencia –mala conciencia- de que durante 19 años no ha tenido ni una posición ni una postura verdaderamente común ante los problemas internos de su antiguo enemigo. La ampliación de la UE al Este tampoco ha ayudado a definir una doctrina adecuada en la relaciones con Rusia.

Los vínculos, sin embargo, son cada vez más sólidos e importantes. En 2007 Rusia suministró a la UE el 38_de sus importaciones de gas y el 33_de las de petróleo. La Agencia Internacional de la Energía cree que para 2030 esas cifras se habrán duplicado. Hoy, la UE es el principal socio comercial de Rusia. Más del 51_de su comercio se efectúa con la UE. También esta es la principal inversora en el país –el 75_de la inversión directa- y un socio tecnológico e industrial que los rusos necesitan de forma desesperada.

Un mundo multipolar

Por eso hay que insistir en la pregunta que deben plantearse urgentemente los europeos respecto a su colosal vecino: ¿o socio político-económico o rival estratégico a la vieja usanza de ese modelo que se vertebró desde la guerra y post guerra fría? Parece que el mundo unipolar en el que hemos vivido estos últimos años toca a su fin. Las reglas de juego –con el nuevo presidente estadounidense, Barack Obama, hay un claro indicio de ello- están cambiando, y no necesariamente para peor. Ese mundo nuevo necesita nuevas respuestas. Y que las respuestas sean coherentes con los objetivos estratégicos de seguridad, cooperación económica y política y desarrollo humano que configurarán la nueva agenda mundial. El mundo, también es claro, debe contar con el concurso, de creciente importancia, de países como Rusia, China, India, Suráfrica o Brasil. Ese es uno de los enfoques más positivos de la actual diplomacia española que impulsan decididamente el presidente José Luis Rodríguez Zapatero y un puñado, todavía escaso, de líderes continentales que han desechado el espejo retrovisor por una mirada más abierta y comprensiva de los problemas del mundo actual. Se trata, sin duda, de un pequeño paso adelante, pero que nos hace confiar en que un día no muy lejano Europa tenga un enfoque común e independiente de Estados Unidos de cómo actuar y tratar con Rusia y otros centros de poder emergentes.

La búsqueda colectiva de un mundo más seguro, más justo e integrado, con una mayor capacidad de comprensión y de respuesta ante muchas catástrofes humanas y naturales, que la acción coordinada de las personas y los gobiernos podría evitar o minimizar, exige un replanteamiento generoso, imaginativo y libre de prejuicios de cómo queremos que sea el mundo de pasado mañana. En esa clave, Europa tiene en el momento actual el deber y el derecho de atraer a Rusia hacia un proyecto y una ilusión compartidos por todos.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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