Kennedy y Obama, analogías carismáticas

20 / 11 / 2013 12:50 Alfonso S. Palomares
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La capacidad verbal para crear nuevas fronteras de convivencia y cultura une a los dos presidentes. JFK es un mito, Obama, un milagro.

Cuando John F. Kennedy juró como el primer presidente católico de los Estados Unidos, el 20 de enero de 1961, impregnó el aire y los sueños americanos de un clima de esperanza. Lo mismo ocurrió cuando juró Barack Obama, el primer presidente negro, también el 20 de enero, pero 48 años después. En 2009. Los dos eran jóvenes, los dos desprendían seducción y carisma, los dos eran apuestos y guapos. Habían hecho promesas y pronunciado frases anunciando futuros radiantes. Kennedy había dicho una frase que era un llamamiento a la generosidad americana: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país”. Desde entonces esta frase se ha repetido millones de veces, incluso Obama la citó en uno de sus discursos de primarias en Illinois.

Aparte de otras diferencias, hay una que salta a primera vista: Kennedy era blanco, Barack es negro. Cuando Kennedy alcanzó la presidencia, ni en los sueños más atrevidos e iconoclastas se pensaba que un negro pudiera llegar a la Casa Blanca. El racismo vivía en el Sur un apogeo discriminatorio cargado de violencias. Por las noches, el siniestro Ku Klux Klan salía con las cruces del terror encendidas a cazar negros. Tiempos de infamia. El doctor Martin Luther King predicaba y luchaba por los derechos civiles, para que los negros tuvieran los mismos derechos que los blancos, pudieran compartir autobuses y sándwiches en las cafeterías, y por supuesto, escuelas y universidades. Se planteó un movimiento pacífico para lograrlo, lo que le costó duros ataques por parte de los movimientos negros más radicales que optaban por la violencia. Recuerden a Malcolm X y a Angela Davis. John Kennedy se atrajo a Luther King y apoyó su movimiento, lo que encrespaba a los racistas blancos, son muchos los que atribuyen el asesinato de Kennedy a su apuesta a favor de la integración de las gentes de color. El asesinato de King fue la trágica consecuencia de su lucha.

Los avances hasta poder convertir a Obama en presidente no fueron repentinos, pero fueron mayores que los retrocesos. Barack Obama es la encarnación del sueño de Luther King, el mero hecho de que un negro ocupe el Despacho Oval es por sí mismo una revolución. Un milagro.

A pesar de este éxito todavía existe en la sociedad estadounidense un poso de racismo que rechaza a Obama por el color de su piel, aunque lo disfracen con otros discursos. El millonario Donald Trump ha invertido importantes sumas de dinero para demostrar que Barack Obama no nació en Estados Unidos y el inefable rey del juego, Sheldon Adelson, lo considera amigo de los árabes con escasas simpatías por la causa judía. A los racistas que tanto proliferaron en los primeros años de mandato de Kennedy, podía ir dirigida la famosa frase en que decía: “Los que hacen imposible una evolución pacífica harán inevitable una revolución violenta”. La historia de Obama fue posible porque fueron muchos los americanos, blancos y negros, que apostaron por una evolución pacífica. Ya en la cúpula del poder pudo afirmar: “Para mí el patriotismo es más que la fidelidad a un lugar en el mapa. Es el respeto a unos valores, a una forma de pensar. Creo que una historia como la mía solo puede suceder en un sitio como Estados Unidos”.

Hay una paradoja en Estados Unidos, en ocasiones es una sociedad abierta, pero también son bastantes los indicadores que la señalan como una sociedad cerrada, el mayor ejemplo lo tenemos ahora en el Tea Party, ese movimiento individualista e insolidario que defiende entre otras cosas que la propia seguridad se basa en la capacidad que tenga cada uno de matar, por eso defienden que los ciudadanos se armen hasta los dientes, y el resultado es evidente, más de 30.000 asesinatos al año.

Las coincidencias entre Kennedy y Obama radican en la capacidad verbal de ambos para crear nuevas fronteras de convivencia y de cultura, así como de justicia social. Caroline Kennedy pidió el voto para Obama porque le recordaba a su padre y esperaba que pudiera cumplir algunos de los sueños que él no había podido cumplir. Manifestó que le votaría por razones patrióticas, personales y políticas. Con los dos hubo un nuevo nacimiento de la libertad. El “juntos podemos” de Obama implicaba la exigencia de un compromiso amplio para cambiar la historia. Un planteamiento análogo lo hizo Kennedy con “El cambio es ley de vida”. Cualquiera que mire solamente al pasado y al presente, se pierde el futuro.

 

Futuro ha sido una palabra determinante en sus discursos, dos futuros muy diferentes, el que se planteaba a principios de los sesenta y el que ahora se plantea. Kennedy también quiso conseguir que se aprobara una ley universal de salud, pero fracasó frente al muro negativo del Congreso. Barack Obama, dejándose muchos pelos en la gatera, logró que aprobaran su ley de servicio hospitalario público. Tal vez el logro más visible de su presidencia hasta ahora.

Fracasos en el exterior.

Kennedy se ha convertido en mito por uno de esos azares sangrientos de la historia, cuando aún no había cumplido tres años en la Casa Blanca. ¿Cómo serían sus dos legislaturas si ganaba la segunda? Nadie puede contestar a esta pregunta. En sus tres años de poder tuvo luces y sombras, fracasos y éxitos. Cuba se señala como éxito y como fracaso. Jugó con habilidad la Crisis de los Misiles, tuvo la suerte de que enfrente tuviera un hombre tan razonable como Jruschov. En cambio, cosechó un sonoro fracaso al amparar la invasión de Bahía Cochinos, los cubanos exilados dicen que les traicionó y Castro le calificó de gánster. La gran incógnita se plantea a la hora de analizar el tema de Vietnam, ya que fue él quien aumentó el apoyo a las tropas francesas enviando asesores, que después se convirtieron en combatientes. Vietnam fue la tragedia de América hasta que en los setenta Nixon firmó una paz que fue percibida como derrota.

En la geografía cubana también se sitúa un claro incumplimiento de las promesas de Obama: la base de Guantánamo, que prometió cerrar tan pronto como llegara al poder. No la ha cerrado. Allí siguen prisioneros, en un siniestro limbo sin ley, docenas de islamistas acusados de terrorismo, pero sin que nadie les juzgue, ni les acuse de delitos concretos y bien tipificados.

Obama heredó de George W. Bush dos guerras terribles, la de Irak y la de Afganistán. Ha conseguido cerrar ambas con una secuela de problemas: en Irak sigue muy activo el terrorismo y en Afganistán los talibanes terminarán haciéndose con el poder. Fracasos imputables a la gestión de Bush, ya que eran fracasos anunciados.

Las circunstancias familiares antes de llegar al poder fueron absolutamente diferentes. Obama es hijo de un keniata sin fortuna; Kennedy, de un multimillonario que depositó a su nombre diez millones de dólares cuando dio el salto a la política. Kennedy se casó con Jacqueline Bouvier, nacida en el seno de una aristocrática familia neoyorquina. Michelle nació en una familia pobre de Chicago. Michelle se convirtió en una abogada brillante, Jacqueline brilló en los elegantes salones de medio mundo.

John Fitzgerald Kennedy es un mito. Barack Hussein Obama fue un milagro.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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