Jacqeline Kennedy, la muerte en rosa

19 / 11 / 2013 12:50 Luis Rivas
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Era culta, elegante y bella, “una misteriosa dama de un buen caso de asesinato en La Riviera”, en profética y fatídica definición de Norman Mailer.

Era la Jackie de Jack, la madre de sus hijos y la primera dama de su pueblo, el epítome de la elegancia al que la viudedad sorprendería con un vestido de Channel de color de rosa. “Fueron los años de Camelot”, reconocería, antes de enclaustrar su distinguida figura en un año de luto. No en vano los tabloides británicos, con su hiriente sentido de la adjetivación, habían proclamado que “Jacqueline Kennedy ha dado al pueblo estadounidense algo que siempre había deseado: majestuosidad”. Lo augusto y lo regio, huelga decirlo, son atributos proscritos para el iconoclasta y libertario pueblo americano, el cual, a falta de majestuosidad, siempre se ha mostrado orgulloso de haberse sacudido la autoridad de la corona y de su nobleza aparejada, además de la del Papado. Y Jacqueline Lee Bouvier (Southampton, Nueva York, 1929-Nueva York, 1994), huelga decirlo también, era católica. Como Kennedy. Pero a nadie le amarga un cuento ni una corona, y menos a la selección de alumnas del Holton-Arms School. Como Jackie, en la prestigiosa institución de Washington estudiaron Elinos Wylie, Ann Schein o Christine Lagarde, por cantidades equivalentes a los 50.000 euros que la escuela cobra hoy por la formación primaria y secundaria. El centro se vanagloria hoy de que casi la mitad de su alumnado sean “chicas de color”.

En Holton-Arms Jacqueline Bouvier recibió “no solo alimento para la mente, sino también de alma y espíritu”, y, con semejantes vituallas, a pocos extrañó que fuera elegida por la prensa local como Debutante del Año 1947 entre la alta sociedad de Nueva Inglaterra. Cursó estudios de Literatura Francesa en Grenoble y la Sorbona, obteniendo la licenciatura por la George Washington University. Como homenaje a sí mismas, Jackie y su hermana Lee recorrieron Europa en el verano de 1951, y de aquellas vivencias surgió lo más parecido a una autobiografía de Jacqueline: One Special Summer. Con 22 y 28 años, respectivamente, y una autobiografía en la cabeza, las hermanas parecían encaminadas a materializar las ensoñaciones de su abuelo, que llegó a publicar una genealogía de la familia en la que se relacionaba a los Bouvier con los Bonaparte. Lo único cierto de aquella amistad era que los Bouvier habían sido franceses, si bien no del todo, pues se apreciaban reminiscencias de Inglaterra y Escocia. En América, por tanto, la princesa tenía que ser a la fuerza Cenicienta, pues los privilegios de cuna no estaban tan bien vistos allende los mares como los del mérito.

Para colmo, la madre de Jackie procedía de tierras tan ordinarias como las de Irlanda, pero aquel origen tan tosco le había dado algo en común con aquel congresista y veterano de la Segunda Guerra Mundial, John Fitzgerald, que le ponía ojos desde la Colina del Capitolio. Los había presentado un periodista durante una de esas cenas repletas de lobbying y comentarios ingeniosos que trufan la noche de Washington. Jacqueline completaba por entonces su formación en Historia en la Universidad de Georgetown. Era culta y elegante y bella, “una misteriosa dama de un buen caso de asesinato en La Riviera”, en profética y fatídica definición de Norman Mailer, quien intentó seducirla sin conseguirlo du-rante los tres años de presidencia de JFK. La compañera perfecta, en definitiva, para todo caballero con aspiraciones políticas. Pese a ello, Jack y Jackie solo se casaron cuando este dio su salto al Senado, elecciones mediante, por aquello de la estabilidad y las garantías del bienestar económico. El arzobispo de Boston los declaró marido y mujer ante 1.200 invitados, y se comieron la luna de miel en Acapulco.

Poco después comenzaron los malos augurios, con la enfermedad de Addison para Jack y un aborto natural para Jackie. Aun así, en 1957 nacería Caroline (única superviviente de la dinastía, que acaba de ser nombrada embajadora de EEUU en Japón) y el 25 de noviembre de 1960, John-John. Dos semanas antes, JFK se había convertido en el trigésimo quinto presidente de la nación barriestrellada. Y Jackie, embarazadísima, en la trigésimo quinta primera dama –título que detestaba, pues se le asemejaba “al nombre de un caballo”, cosas de amazonas–, la más joven de la historia, con 31 años, madre y esposa abnegada, silente y doliente, arquetipo de consorte moderna. Mientras su marido combatía el comunismo y legislaba con Marilyn Monroe y otras como ella, ella ponía la Casa Blanca patas arriba, dándole “sentido histórico” y sensibilidad artística, y le quitaba ese olor a austeridad polvorienta y almidón militar que habían dejado los Eisenhower, organizaba cenas en honor de los premios Nobel y protagonizaba reportajes melifluos sobre el mobiliario de la Residencia.

Había corrido, y mucho, y el atentado la frenó en seco. Los disparos, cruenta paradoja, se efectuaron desde un depósito de libros, pero ella se refugió en la cultura y rehízo su vida cinco años más tarde con un hombre llamado Aristóteles, armador de Grecia y antiguo amante de Maria Callas. Rico hasta lo extraordinario, como aquel heredero de la Standard Oil con el que se casó su madre tras divorciarse de su padre. Se casaron, y ella se aplicó a aliviarle a su marido el peso de su fortuna, desparramando sus dracmas en extravagancias que a veces revestía de esnobismo cultural. Hasta que Onassis se cansó y se acordó de Maria Callas. Jackie murió de cáncer y de recuerdos en 1994, aunque, eso sí, como heredera de Onassis y en un apartamento de la Quinta Avenida, cerca de Tiffany & Co. Su cuerpo fue enterrado junto al de Kennedy en el cementerio de Arlington, donde llamea un cirio desde 1963 y un guardia pide silencio cada hora. Al menos, no vio morir a su hijo John Fitzgerald Junior.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

No hay comentarios

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica