Gloria y caída de Camelot

18 / 11 / 2013 11:09 Luis Algorri
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Ningún presidente ha sido tan amado como Jack. Pero después de muerto. Fue el protagonista de un sueño.

En un gesto de infinita gracia, Kennedy levantó la mano derecha como para echar atrás sus alborotados cabellos castaños. Pero el movimiento falló. La mano cayó sin fuerza. Había tratado de llevarse los dedos a la parte superior de la cabeza. Pero su cabeza ya no estaba allí”.

Muerte de un presidente, de William Manchester, es muy probablemente el mejor libro que se ha escrito sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy. Se publicó en 1967, apenas cuatro años después del magnicidio de Dallas. Aunque deja abierta la puerta a todas las teorías, mantiene la tesis de la Comisión Warren: hubo un asesino que se llamó Lee Harvey Oswald, hubo una bala mágica que hizo verdaderas acrobacias después de matar al presidente y, esto sobre todo, con aquel gesto de la mano en busca de una cabeza que ya no existía concluyó una época en la historia de Estados Unidos.

Fue el final de Camelot, que era el nombre que los propios Kennedy y sus allegados daban a una manera de entender la política y el Gobierno de la Unión (articulado en torno a una poderosa familia) que tenía glamour, dinamismo, juventud y un aroma aristocráticamente republicano que recordaba a las leyendas artúricas. O ellos lo querían así.

Pero fue más que eso. Con los balazos de Dallas murió la inocencia (aunque fuese relativa) que la política estadounidense había mantenido hasta entonces. Una pureza que procedía de los Padres Fundadores, de Lincoln y de Roosevelt, y cuya existencia misma estaba en peligro desde finales de la Segunda Guerra Mundial.

El antecesor de Kennedy en la presidencia, el general Dwight D. Eisenhower, lo había advertido en su tremendo discurso de despedida: la democracia norteamericana estaba en peligro, amenazada por un poder gigantesco que era capaz de manipular votaciones, comprar voluntades y someter a toda la nación a sus planes. Ese poder era entonces (1960) el trust de los fabricantes de armamento, que habían logrado una pujanza colosal en la segunda gran guerra y que no estaban dispuestos a renunciar a ella. La auténtica democracia –dijo Ike Eisenhower aquel martes, 17 de enero de 1961– podía convertirse en una ficción manipulada por los fabricantes de armas. El país estaba a punto de caer, literalmente, en sus manos. Contra eso luchó Camelot. Contra eso lucharon los aristocráticos, elegantes y católicos Kennedy. Y aquel 22 de noviembre de 1963, el presidente fue asesinado.

Hoy sabemos que esa perversión de la pureza democrática se consumó y que, con el tiempo, a los fabricantes de armas se unieron otros poderes igualmente avasalladores: los todopoderosos clanes financieros, cuyo catarro ha provocado la mayor catástrofe económica que ha visto el mundo occidental desde 1929; las grandes compañías farmacéuticas; y, desde luego, las aseguradoras médicas, que son las que ahora mismo tienen maniatado, gracias a sus obedientes peones del Tea Party, al presidente Barack Obama, el último de los muchos (demócratas y republicanos, como Nixon) que han intentado proporcionar a los estadounidenses una sanidad pública digna.

Camelot fue, pues, el último intento de que la democracia de Estados Unidos fuese en realidad, en toda la realidad, lo que dice su Constitución. Pero cuando el último hombre que trató de lograrlo hizo un gesto para sujetarse la cabeza, esta ya no estaba allí.

Del mismo modo que un rey previsor no educa para sucederle solo al heredero legítimo, sino que forma también a sus hermanos, el empresario Joseph Patrick Kennedy incluyó en sus planes a sus cuatro hijos varones, no solo al mayor. Sus planes eran muy sencillos: lograr la presidencia de Estados Unidos y convertirse en una familia indispensable en el país. El patriarca Kennedy, bostoniano de ascendencia irlandesa y católico, había determinado dar a la nación casi tantos presidentes como papas dieron a la Iglesia las familias Medici, Orsini o Colonna.

La fábrica de presidentes.

Las armas que decidió usar Joseph Kennedy fueron las mismas que emplearon los nobles italianos: la intriga y el dinero. Pero añadió una más: una formidable preparación intelectual. No bastaba con sentirse aristócrata; había que serlo, y la aristocracia es el gobierno de los mejores.

El habilísimo empresario de Massachusetts hizo una fortuna inimaginable montando negocios por todo el país, desde las tierras o la construcción hasta el comercio del whisky. Gracias a eso (en buena medida) obtuvo del presidente Franklin D. Roosevelt la designación para el puesto más preciado de la diplomacia norteamericana: embajador en Londres. Antes había sido, siempre con Roosevelt, presidente de la Comisión de Comercio y luego de la Marítima. En esos años se consolidó su fortuna. Pero la embajada en Londres le dio, por fin, la nobleza de la diplomacia.

Joseph Kennedy, el patriarca, designó a su hijo mayor, que se llamaba también Joseph, futuro presidente de Estados Unidos. Salió mal. Joe, que había estudiado en Harvard lo mismo que su padre, que se había formado en la London School of Economics y que ya había sido delegado demócrata en la Convención del partido en 1940, se mató en un accidente aéreo durante la Segunda Guerra Mundial. El título de príncipe heredero pasó pues, automáticamente, al segundo hijo varón, John. Él sería el presidente.

Su formación fue, como la de sus hermanos, impresionante. Escuela pública, colegios privados (uno de ellos se llamaba, curiosamente, Noble & Greenough), internados de altísima exigencia a los que iba con su hermano mayor y en los que se graduó con las máximas notas. Fue boy scout pero no masón; eso no lo consiguió el presidente Roosevelt, que sí lo era. Por supuesto, Jack (así le llamaba todo el mundo) se graduó brillantemente en Relaciones Internacionales en Harvard, pasó por la fábrica de economistas de Stanford y, también por supuesto, dedicó años de servicios a la patria. Si su hermano iba para aviador, John era marino.

De adolescente su salud era muy frágil. Anduvo de hospital en hospital por diversas causas: anemias, ictericias, problemas digestivos, apendicitis, hepatitis y algo que parecía leucemia. Solución: ejercicio, trabajos en el campo (con pico y pala) y mucho mar. Un futuro presidente debía conocer mundo: recorrió media Europa de vacaciones, con un amigo, al estilo de los viajes que los jóvenes nobles británicos hacían para completar su educación; luego, en los tiempos en que su padre fue embajador, recorrió todos aquellos países y muchos más (incluidos los de Oriente Próximo y la Unión Soviética) como representante de su padre. El resumen de su tesis doctoral en Harvard (un osado ensayo sobre el Congreso de Munich de 1938), se publicó con el título de Por qué Inglaterra se durmió y el libro se convirtió en un asombroso éxito de ventas. El príncipe estaba más que preparado.

La célebre PT-109.

Antes de la movilización juvenil contra la guerra del Vietnam (el siguiente gran negocio de los fabricantes de armas americanos), era difícil que alguien llegase a la presidencia sin una hoja de servicios militar impecable. Cuanto más héroe se fuese, mejor. Jack Kennedy se presentó voluntario a la Armada en la primavera de 1941. Lo aceptaron en septiembre gracias a las influencias de su padre, porque el joven andaba mal de la columna vertebral. Estados Unidos no estaba en guerra aún: el ataque a Pearl Harbor se produjo en diciembre de ese año. Pero al joven Kennedy lo destinaron al Pacífico.

Era ya teniente cuando se produjo el célebre episodio de la PT-109: así se llamaba la lancha torpedera que él mandaba y que, en una misión nocturna en las islas Salomon, fue arrollada por un destructor japonés. Jack volvió a herirse en la columna, pero ayudó a sus diez compañeros y salvó personalmente a varios. Le condecoraron con la Medalla de la Marina “por una conducta extremadamente heroica” y, a lo largo de la guerra, lo cargaron de medallas, incluida la Purple Heart. El episodio de la PT-109 se convirtió en una leyenda. Incluso se buscó la lancha en el fondo del mar, años después. El propio Kennedy siempre le quitó importancia.

Jack Kennedy albergaba el sueño de hacerse periodista. Su padre le quitó de la cabeza semejante locura en cuanto murió su hermano mayor: el puesto de heredero y futuro presidente quedaba vacante, y le correspondía a él. A los 29 años era miembro del Congreso (un dolor de cabeza para el presidente Truman y para los demócratas, porque votaba lo que le parecía oportuno) y seis años después logró el escaño para el Senado por Massachusetts, derrotando nada menos que al republicano Henry Cabot Lodge Jr., una leyenda de la diplomacia norteamericana con la que se volvería a encontrar. Cuatro años después, en 1956, el chaval a quien ya llamaban JFK quedó segundo en la carrera por la nominación presidencial de su partido. Tuvo suerte de perder. El republicano Eisenhower lo habría machacado, como machacó a Adlai Stevenson. Jack ya se había casado con Jackie, Jacqueline Bouvier. Camelot alzaba sus elegantes estandartes.

Presidente por la mínima.

En 1960, tras ganar la candidatura de su partido con la sola oposición seria del demócrata conservador tejano Lyndon B. Johnson, Kennedy derrotó a Richard M. Nixon por 112.827 votos de un total de 68,3 millones: la diferencia más escasa de la historia después de la de las elecciones del 2000, cuando Al Gore sacó más votos populares que George W. Bush, pero menos votos electorales, y perdió la presidencia.

Kennedy obtuvo la ventaja decisiva en uno de los debates televisados: su presencia física y su telegenia hundieron a Nixon, que ni siquiera quiso maquillarse. Pero es fama que el padre del nuevo presidente, uno de los grandes financiadores de la campaña demócrata, dejó tirado a su hijo en algunos Estados: “No quiero gastarme más de lo que sea necesario –dicen que dijo–. Quiero que Jack sea presidente, no que sea el presidente más votado de la historia”. Lo logró. Sonaron, por fin, las trompetas de Camelot.

Analizada hoy, la presidencia de Kennedy fue irregular. Tuvo claros y oscuros. Entre los primeros, sin la menor duda, el apoyo a los derechos civiles (había dicho que lo haría y eso, junto con su catolicismo, estuvo a punto de costarle la presidencia) y su concepto de “nueva frontera”, con el que buscaba, entre otras cosas, una sanidad pública digna para la tercera edad. Lo mismo que hoy busca Obama. También llenó de ilusión a los estadounidenses al impulsar como nadie antes el programa espacial. Fue él quien prometió que antes del final de la década un americano pisaría la luna. Así fue.

Pero sobre todo fue el primer genio contemporáneo de los gestos y las palabras. Arropado por su hermano menor, Robert, a quien hizo fiscal general (el sistema dinástico de Camelot) y que era, según se ha repetido tanto, quien le escribía los discursos, dejó a la historia frases inolvidables (“No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país”) y momentos teatralmente perfectos, como su discurso ante la Puerta de Brandemburgo en Berlín.

La nación se unió sin fisuras tras él cuando plantó cara a Jruschov y logró detener los barcos rusos cargados de misiles nucleares que se dirigían a Cuba. Fue la ocasión en que el mundo ha estado más cerca de un cataclismo nuclear que podría haber borrado del mapa a países enteros y a cientos de millones de seres humanos. Ganó Kennedy.

Trató de mantener en un tono bajo la presencia norteamericana en Vietnam; los fabricantes de armas no se lo perdonaron. Fracasó en la invasión de Cuba con el patético desembarco en Bahía de Cochinos; los cubanos en el exilio de Florida tampoco se lo perdonaron. Hizo lo posible por pararle los pies a la mafia, incluso a aquellos capos que le habían apoyado; había ya demasiada gente que no le perdonaba.

Camelot era glamour en estado puro, pureza, nobleza: los americanos no debían saber, y no supieron hasta mucho después, que su presidente dependía de fármacos y pastillas hasta límites que entraban de lleno en el terreno de la drogadicción, y que Jack padecía de satiriasis: una pulsión sexual indomeñable (Marilyn Monroe no fue más que un ejemplo) que hizo sufrir extraordinariamente a Jackie.

Todo acabó a las 12.30 horas de aquel 22 de noviembre, en una calle de Dallas. La bala que le reventó la cabeza, y que venía de delante (Oswald estaba detrás), como demostró el juez Jim Garrison y como difundió Oliver Stone en su célebre film JFK, hizo ver al mundo que el joven y magnético presidente tenía demasiados enemigos.

El fin de la dinastía.

Camelot trató de sobrevivir con el tercer hermano, Robert, quien también buscó la presidencia; fue asesinado cuando estaba a punto de lograrlo, en 1968. El cuarto de los varones Kennedy, Edward, lo intentó años más tarde: no hizo falta matarlo, solo desacreditarlo con un affaire sexual (el incidente de Chappaquiddick) que lo recluyó en el Senado; allí logró un prestigio inmenso, quizá el mayor que ha tenido cualquier senador en un siglo, hasta su muerte, en 2009.

La dinastía se deshizo. Ninguno de los jóvenes sobrinos y nietos conservó el concepto de excelencia que
 mantuvieron siempre los cuatro hijos del poderoso Joseph Kennedy. Solo quedó en pie, como un mástil, la abuela Rose, que era para los estadounidenses lo mismo que la reina madre fue para los británicos. Ambas murieron centenarias.

Camelot es hoy objeto de añoranza. Nada más. Los Pendragon de Estados Unidos no volverán. Ni ellos ni su país son ya los mismos. Pero jamás serán olvidados. Como todas las hermosas leyendas.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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