Coches con carisma

17 / 01 / 2018 Ann Wroe
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En 2018 desaparecerán los Jeepneys, los cars rapides y los escarabajos. Los lloraremos a todos.

Durante siglos, los humanos han viajado en animales con cara, nombre y carácter propio. Cuando adquirían carros, estos también tenían ojos y escupían fuego. Desde entonces, desde el carromato al landó, la calesa y el ómnibus, los vehículos han ido perdiendo poco a poco su personalidad. El vendedor de coches puede presumir de un par de torsión y una aceleración dignas de Superman, y un publicista novato puede convertir un simple utilitario en una diosa sexual, pero la verdad es que la mayoría de los vehículos modernos no tienen alma. Se puede culpar a Henry Ford, de cuyas líneas de producción en cadena salía el modelo T, todos iguales. Su legado se puede ver en los aparcamientos de cualquier centro comercial, donde la mayoría de los coches son berlinas plateadas o SUV negros y donde el desesperado conductor se pierde entre ellos sin distinguir el suyo.

Lo más triste es que 2018 traerá la desaparición o, mejor, el retiro planificado, de tres vehículos de inconfundible carisma: el Volkswagen escarabajo (arriba), el Jeepney de Filipinas (en el medio) y los mal llamados cars rapides (coches rápidos) de Senegal (abajo). Sí, todos tenían una competencia más elegante, espaciosa y verde. Sí, todos han tenido una larga trayectoria, demasiado larga para algunos críticos. Y sí, todos tenían un pasado humilde, un poco dudoso incluso. Pero da igual: de ellos se habla con la emoción sincera con la que se habla de los amigos.

Cada especie –porque eran especies y no marcas– tenía su encanto. Bajo el sol africano, los cars rapides, un minibús Renault monótonamente azul y amarillo, se llenaron de árboles, flores extravagantes, pájaros, caballos, retratos de santos sufíes y lemas islámicos (hay uno en el Museo del Hombre de París para pasmo de antropólogos e inspiración de artistas). Los Jeepneys de Manila, jeeps monocromos en sus comienzos, llevaban retratos familiares, imágenes de santos, vistosos paisajes, águilas en picado y mujeres semidesnudas representadas con exactitud fotográfica. El escarabajo, de seductoras curvas, fue repintado como una tortuga, como un arco iris, como la cresta de una ola, como una alfombra persa, como un pañuelo indio; en los días del flower-power (época hippy), se transformaban en un prado o en un campo de margaritas. Si no hay dos personas iguales, ¿por qué deberían serlo sus coches?

Estas muestras de cariño pintadas a mano reflejaban las pasiones del conductor y del pintor, pero también del vehículo como modo de transporte casi humano. Muchos tenían nombres: Jade, Goodluck, Saint Jude, Jayson, Beowulf y Gentle Devil. Renqueantes y ruidosos, recorrían las calles de Manila. El escarabajo se convirtió en Herbie (un personaje de televisión y películas de Disney) y Bug (cariñosamente, “bicho”); alrededor del mundo fue Frog (rana), Flea (pulga), Turtle (tortuga), Cockroach (cucaracha), Bubble (burbuja) o Fritz. Herbie también sabía su nombre y hubiese brindado por él. Los cars rapides tomaban su nombre de sus conductores (Neyoo, Bakh Yaye), seguidos del grito de Alhamdoulillah! (“alabado sea Dios”). Con esas pinturas exultantes, si el recorrido era impreciso, la confianza en sí mismo del conductor era innegable. Los Jeepneys, además, iban llenos de accesorios: retrovisores, pegatinas, figuritas, signos del zodiaco y abundancia de cromados.

También tenían ojos. Si los faros del escarabajo eran grandes para su tamaño, como los de un insecto o una rana, los de los Jeepneys y los cars rapides, incluso agrandados con llamativas pestañas multicolores, no eran lo suficiente y se les pintaban ojos enormes: “Tienen ojos porque el hombre tiene ojos”, explicaba un pintor en Dakar. Sabiamente se ponían en los guardabarros delantero y trasero, vigilando al conductor de detrás, por el mucho tiempo que pasaban tirados al borde de la carretera averiados.

No eran orgullosos ni se daban ínfulas. Eran serviciales, siempre listos para ayudar. Sabían que sus orígenes eran humildes: el de los cars rapides, un envío masivo a una colonia lejana; el del Jeepney, descartes del Ejército estadounidense y el escarabajo era el “coche del pueblo” ideado por Adolf Hitler para las masas alemanas. Los cars rapides y Jeepneys, continuamente reparados y parcheados por sus dueños, eran autobuses para pobres: tarifas baratas, paraban donde querías y estaban siempre disponibles. El escarabajo prometía lo mismo: estar siempre ahí para llevarte al trabajo o al placer, a la oficina o al campo, esperando cumplidamente fuera de tu casa como un perro fiel, como lo definió un propietario. Después de la guerra se convirtió en el epítome del “buen alemán”: deliberadamente retraído, útil y amable.

Autos locos

Su comportamiento no era siempre impecable. Herbie resumió el lado oscuro del escarabajo zigzagueando por San Francisco, adelantando por el medio, haciendo caballitos y escupiendo aceite negro por el tubo de escape cuando se enojaba. Los cars rapides y Jeepneys convirtieron ese mal comportamiento en arte. Se bloqueaban unos a otros a la caza de clientes, nunca se preocuparon de cinturones o medidas de seguridad y llevaban pasajeros colgando de los lados. Lo malo es que ambos funcionaban con diésel. Cada Jeepney emitía 40 kg de CO2 al día. Se les podría echar en su (antropomórfica) cara la terrible contaminación de Manila y Dakar.

Fue su sentencia final. En Senegal, blancos autobuses de China o India sustituyen los cars rapides. En Filipinas, un “ecosistema de transporte completo” reemplazará a los Jeepneys. En nombre de la modernización, la seguridad y la salud (y de una pulcra uniformidad), los conductores deberán cambiar a vehículos nuevos más costosos y aprender a apreciarlos. Mientras tanto, en las líneas de producción de Volkswagen, el escarabajo, apenas contaminante, dejará paso a vehículos más ecológicos, sobre todo, eléctricos.

De esta historia triste quedarán destellos. ¿Quién sabe lo que pueden hacer con estos insulsos vehículos los pintores en sus patios de Dakar al amparo de la noche? Y, ¿quién sabe qué nuevas personalidades asumirán los automóviles cuando se conduzcan solos?

Ann Wroe: jefa de Obituarios de The Economist

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Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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