Empresas politizadas

05 / 01 / 2018 Patrick Foulis
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Cada vez será más difícil mantenerse neutrales.

A comienzos de 2017 los líderes empresariales de Estados Unidos tomaron una gran bocanada de aire y se sumergieron en la refriega política. Al unirse a los consejos de negocios de la Casa Blanca, muchos pensaron que estaban cumpliendo con su deber patriótico. Pero estos consejos saltaron por los aires tras los titubeos de Trump a la hora de condenar los ataques de los supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia. Para estos líderes empresariales, esta experiencia confirmó una regla de oro: si diriges una gran empresa que cotice en bolsa, jamás te metas en política.

Pero en 2018 los grandes ejecutivos volverán a ser empujados a la arena política. Muchos se sienten como Michael Corleone en El padrino: “Justo cuando pensaba que estaba fuera, vuelven a involucrarme”...

La crisis financiera de los años 2008 y 2009 hundió la imagen de las grandes empresas en Occidente, y desde entonces los grandes ejecutivos son mirados con lupa por el público. Ahora, en vez de celebrar sus juntas anuales en grandes edificios de Manhattan, los bancos de Wall Street lo hacen en pequeñas ciudades y acude mucha menos gente. Los ejecutivos se mantienen en silencio cuando son abroncados en comparecencias parlamentarias. Y los que dicen lo que piensan pagan un alto precio. En 2011, Bob Diamond, presidente de Barclays, les dijo a los británicos que el tiempo del remordimiento se había acabado. En 2012 fue despedido.

Este periodo de penitencia terminó a comienzos de 2017. Tras ser evitados por la Administración Obama, la mayoría de los ejecutivos se sintieron halagados cuando fueron invitados a la Casa Blanca de la mano de Trump. Se pretendía que compartieran ideas acerca de cómo realizar la reforma fiscal o aligerar la burocracia. Empresarios como Elon Musk, de Tesla, integraron consejos de expertos. Desde el principio hubo acusaciones de amiguismo, y para agosto la cercanía al presidente Trump era ya tóxica.

Aun así, en 2018 a muchas empresas globales les será imposible no verse implicadas en cuestiones políticas. Hay tres razones que lo explican. La primera es que, de manera global, los Estados se han vuelto más intervencionistas. China, por ejemplo, ha puesto fin a la pantomima de que eran los accionistas los que controlaban las empresas estatales. Jean-Claude Junker, presidente de la Comisión Europea, estudia implantar nuevas normas para regular las inversiones extranjeras. El nuevo ministro de Economía francés se ha comprometido a proteger a las empresas de los “depredadores”, mientras que Australia ha prometido que el gigante de la minería BHP Billiton seguirá en manos australianas.

La segunda razón es que muchos Parlamentos y partidos políticos ya no consideran una prioridad el generar un clima favorable para las empresas. El resultado es que muchas de ellas han de exponer sus problemas ante ciudadanos corrientes. David Farr, por ejemplo, presidente de Emerson Electric, una empresa industrial, está liderando una campaña pública para lograr una reforma fiscal en Estados Unidos. En la medida en que arrecian las preocupaciones sobre los monopolios tecnológicos, los jerarcas de Silicon Valley tendrán que convencer a los ciudadanos de Europa y Estados Unidos de que sus empresas no deben ser troceadas o sometidas a una regulación excesiva.

Por último, y por más que las empresas de todo el mundo traten de adaptarse a los políticos populistas, tendrán que lidiar con una nueva tormenta. Los conflictos sobre raza, género y libertad de expresión que incendian las universidades estadounidenses se extenderán a las oficinas y salas de juntas de las empresas a escala global. El escándalo generado este año por el despido del empleado de la empresa informática Alphabet que escribió un tratado sobre el sexismo muy ofensivo apunta a un futuro en el que las empresas se convertirán en campos de batalla culturales. La mayoría de las grandes empresas occidentales son mucho menos diversas que el público al que se dirigen.

Candidatos a político

La idea de tener que comprometerse, plantar cara o persuadir al público horroriza a la mayoría de consejeros delegados. Si dirigir una empresa ya es complicado, lidiar con las obsesiones de las sociedades occidentales es simplemente imposible. Aun así, en 2018 habrá algunos grandes ejecutivos que atenderán a un requerimiento más alto. Jamie Dimon, de JP Morgan Chase; Howard Schultz, de Starbucks; y Bob Iger, de Disney, tienen todos inclinaciones políticas, y tendrán que decidir si se presentan a las elecciones presidenciales de 2020. La política es un infierno, pero en 2018 algunos grandes empresarios harán a los votantes una oferta que no podrán rechazar.

Patrick Foulis: jefe de la corresponsalía de Nueva York y columnista del blog Schumpeter de The Economist

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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