Hermana sufragista

04 / 01 / 2018 Anne McElvoy
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Aún hay cosas que mejorar en el derecho de las mujeres a votar.

Mary Poppins, que sorprendentemente no ha envejecido desde que encarnara a la conocida protagonista de la película de 1964, volverá a volar entre las chimeneas de Londres en 2018. La primera niñera voladora que recomendaba un poco de azúcar para solucionar todos los problemas estaba interpretada por Julie Andrews. Emily Blunt la encarnará en la nueva película Mary Poppins Returns. Ahora su misión será combatir los problemas del pasado, que conforman un triste dúo con los males actuales.

Este revival de la odisea de Poppins, en la que salía la feroz sufragista Betty Banks, coincidirá con el centenario del reconocimiento del sufragio femenino en el Reino Unido. La Ley de Representación Popular, aprobada en el Parlamento en 1918, garantizaba el sufragio a las propietarias de casas mayores de 30 años, y la extensión total del voto llevó toda otra década. Canadá reconoció el derecho a voto de las mujeres ese mismo año. Ambos fueron adelantados por la Unión Soviética, aunque ahí el voto se hacía en términos leninistas. Sin embargo, todos ellos llegaron tarde a la fiesta, pues Nueva Zelanda concedió el sufragio femenino en 1893 y Finlandia en 1906.

Suecia fue la pionera en el siglo XVIII con la amplia participación de las mujeres en comicios y designaciones locales, aunque no reconoció el derecho pleno de voto hasta 1921. The Economist se adhirió por primera vez a la causa en 1870, al concluir que “se han aportado motivos buenos, irrebatibles, del lado del cambio”. Un año antes, la primera mujer estadounidense en votar lo hizo en unas elecciones estatales en Wyoming, pero llevaría cinco décadas que se pudiera votar en todos los Estados. Finalmente, en 1920 se reconoció este derecho en la Decimonovena Enmienda.

Contra la abstención femenina

¿Cómo le irá al movimiento sufragista en el mundo en 2018? La señora Banks tendría mucho de lo que alegrarse. Desde 2015 Arabia Saudí permite a las mujeres votar en elecciones locales, mientras que en Emiratos Árabes Unidos puede votar una pequeña proporción de las mujeres residentes con ciudadanía plena.

Hoy hay menos posibilidades que hace unas décadas de que restringir el voto a las mujeres pueda ser declarado constitucional. Tales restricciones suelen ser más bien de orden práctico o cultural, como ocurre, por ejemplo, en Líbano, donde solo vota el 16% de las mujeres.

Los estudios realizados en países con escasa participación electoral femenina, de Guatemala a Burundi, sugieren que la mejor forma de cambiarlo es facilitar el registro para la votación y mejorar el acceso a los colegios electorales. Una investigación de Naciones Unidas en Egipto, por ejemplo, demostró que la ausencia de carnets de identidad hizo que en algunos lugares del país votara menos del 20% de las mujeres en las elecciones celebradas en 2014. Y que en su conjunto votaran menos de la mitad de las mujeres.

Afganistán priorizó el voto de las mujeres en 2014 con cabinas de votación separadas por sexos para animar al voto en las regiones más conservadoras del país. Según la activista prosufragio Tova Wang, se debería presionar más a los Gobiernos para que impulsaran la paridad electoral de forma real y no solo de palabra.

En Estados Unidos, mientras tanto, las mujeres se han movilizado contra Trump. En las elecciones legislativas de noviembre una ola de candidatas demócratas tratará de desalojar a los cargos republicanos. Seguro que la señora Banks se hubiera movilizado por esta causa.

Anne McElvoy: editora senior de The Economist

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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